Público
Público

Carme Chacón, un ejemplo incomparable (en respuesta a Arcadi Espada)

Publicidad
Media: 3.58
Votos: 31
Comentarios:

Fotografía mayo de 2011 de la ex ministra socialista de Defensa Carme Chacón. EFE/ Javier Lizón

El maestro de reporteros Ryszard Kapuscinski dedicó uno de sus últimos libros a intentar demostrar una sencilla hipótesis: no se puede ser buen periodista y mala persona al mismo tiempo. Estoy seguro de que Arcadi Espada conoce este breve compendio ‘conversado’ de sabiduría vital y ética profesional, que lleva por elocuente título Los cínicos no sirven para este oficio. Es más, casi me atrevería a afirmar que lo ha leído. Y sin embargo, el señor Espada, ilustre y cultivado periodista, no ha entendido por qué no sirve para el oficio que cree ejercer. Porque si lo hubiera entendido jamás habría escrito un artículo tan miserable como “Murió Rita Barberá” (El Mundo, 13 de abril de 2017).

Para quienes no lo hayan leído, les diré que el artículo del señor Espada trata de comparaciones. Lo que él desea comparar es, nada menos, que las “pompas fúnebres” de Rita Barberá, que, según él mismo nos dice, fueron “desoladoras”, con las de otra persona que no se cita –el cinismo siempre tiene algo de cobardía–, pero que todo el mundo entiende que no puede ser otra que Carme Chacón. “La comparación”, nos dice el autor del artículo, “es un procedimiento feo, que puede llegar a feísimo. La comparación es un método de conocimiento eficaz, y a menudo eficacísimo. Yo me dedico mucho a comparar”.

Pero utilizar la memoria de una persona absolutamente ejemplar, como Carme Chacón, para intentar rehabilitar el honor de otra es algo más que feo, es una infamia. Y hacerlo, además, cuando los admiradores, familiares y amigos de Carme aún estamos llorando su repentina muerte, infligir ese daño gratuito a cientos de miles de españoles de bien, es una muestra de vileza que no debía quedar impune. He sentido que mi deber era señalarla y pedirle, exigirle, al señor Espada que se disculpe.

“Es un error escribir sobre alguien con quien no se ha compartido al menos un tramo en la vida”, escribía Kapuscinski en Los cínicos no sirven para este oficio. Yo tuve la suerte de conocer a Carme hace casi veinte años, cuando llegó a Madrid para trabajar por el bienestar de todos los españoles y luchar por sus ideales, que también son los míos. Escribo estas líneas un 14 de abril, una fecha llena de simbolismo para la izquierda democrática, y otro 14 de abril de hace nueve años tuve el honor de asistir a la toma de posesión de Carme como ministra de Defensa, la primera mujer al frente de esa altísima responsabilidad.

No es este el momento y el lugar para hacer balance del magnífico legado político que ha dejado Carme con solo 46 años de vida. Voces más autorizadas que la mía lo han hecho en estos días. Tampoco quiero recordar aquí los injustos ataques que sufrió en vida por quienes no le perdonaron ser mujer, feminista, socialista y luchar por sus ideas. Solo quería dejar claro que escribo estas líneas desde la amistad, desde el cariño, desde el amor hacia una persona que ha sido importantísima para mí. Si el señor Espada quisiera hacer un elogio de su amiga Rita Barberá en esos mismos términos, sin establecer comparaciones odiosas, sin ofender a nadie, no tendría yo nada que objetar. Estaría en su derecho. Cada uno elige sus amigos. Y en cierto sentido, nuestras amistades nos definen.

En El cuaderno gris, Josep Pla, alguien a quien el señor Espada admira, dejó escrito: “Creer, sin ironía, en el propio talento, puede hacer daño. Pero esto tiene una gravedad relativa. Es más grave, aún, el daño que puede hacer a los demás”. Pues eso, señor Espada, aprenda de sus maestros. Pida disculpas.