El ataque de Trump a Venezuela marca los pasos de Rusia en Ucrania y deja manos libres a China en Taiwán
La impunidad de EEUU para actuar contra Venezuela puede justificar a Rusia para ampliar su guerra en Ucrania y a China para aumentar la presión sobre Taiwán.

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Con su intervencionismo en Venezuela, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha abierto la caja de los truenos en el frágil equilibrio geopolítico internacional. Si Washington puede aplicar su doctrina de seguridad nacional al resto de países con toda impunidad y convertir a cualquiera de sus vecinos en eventual presa de sus intereses económicos y estratégicos, las otras dos superpotencias, China y Rusia, ya no tienen ninguna cortapisa para hacer lo mismo. Pekín puede redoblar su presión para doblegar a la díscola Taiwán y Moscú puede llevar su invasión de Ucrania hasta las últimas consecuencias militares y desoír desde este momento todos los intentos de conseguir una salida pacífica al conflicto.
La invasión de Ucrania hace casi cuatro años dio vía libre a las acciones militares de un régimen con rasgos profundamente autoritarios, Rusia, sobre un vecino que había manifestado su deseo de integrarse en Occidente, aunque pasando por alto las demandas de seguridad que Moscú venía reclamando desde la caída de la URSS en 1991. La acción del sábado de EEUU contra Venezuela contradice las proclamas que desde Washington se lanzaron entonces contra la ilegalidad de la invasión rusa y da un paso más allá. Este domingo, el diario británico The Guardian aludió precisamente a la “putinización” de la política exterior estadounidense, siguiendo los pasos del presidente ruso, Vladímir Putin, artífice del ataque a Ucrania.
El país que lideró esa batalla por la democracia que se jugaba supuestamente en los campos de batalla ucranianos es ahora quien barre de un manotazo el tablero de la seguridad en Occidente y vulnera de manera flagrante todo el sistema de garantías internacionales que pudieran impedir este tipo de agresiones contra Estados soberanos.
Escandaloso silencio europeo
Todo ello con el silencio bochornoso de Europa (salvo contadas excepciones, como el Gobierno español) y bajo la atenta mirada de Rusia y China, que han condenado tal agresión, pero que toman nota sobre este cambio de paradigma en la estabilidad global. En Moscú y Pekín no se contempla esta acción como una locura más de Trump, sino como la certificación de que EEUU está dispuesto a todo para asegurar sus intereses nacionales caiga quien caiga.
No es tampoco la primera vez que Trump arremete por la fuerza contra la cúpula de los enemigos de EEUU en el exterior. Hace seis años, el 3 de enero de 2020, Trump, por entonces presidente de EEUU en su primer mandato, ordenó el asesinato del militar más poderoso de Irán, el general Qasem Suleimani, cuando se encontraba en el vecino Irak. Este atentado empujó a Teherán al aislamiento y a una mayor confrontación con Israel y EEUU que derivaría en los choques de estos últimos años.
Impunidad y aislacionismo
Trump recordó este sábado, con su operación militar contra Venezuela, la esencia de esa política de impunidad en el mundo. “Creo que que nos habíamos olvidado de la doctrina Monroe [de 1823, que hacía suya la máxima de “América para los americanos”]. Pues ya no la olvidaremos. Bajo nuestra nueva Estrategia de Seguridad Nacional, el dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca más será cuestionado”, afirmó Trump en la rueda de prensa en la que comentó la acción militar contra Venezuela.
La operación autorizada por Trump y denominada Resolución absoluta no solo bombardeó y descabezó el régimen venezolano, con la detención del presidente Nicolás Maduro, acusado de terrorismo y narcotráfico. Además de prometer “dirigir” desde la Casa Blanca la eventual transición política en Venezuela, Trump dio a conocer el verdadero objetivo del ataque: el control del petróleo de ese país sudamericano poseedor de las mayores reservas de crudo del mundo, que ya habían suscitado, sin ambages, los deseos codiciosos de la Casa Blanca dirigida por el actual líder republicano.
De esta forma, el pretendido aislacionismo de EEUU abanderado por Trump desde que llegó al poder hace un año se quita su careta de una vez por todas. La cruzada arancelaria contra todo el planeta lanzada en 2025, los ataques a Irán y Siria, y su ruin apuesta para aprovecharse económicamente de la Gaza destruida por Israel y la Ucrania invadida por el Kremlin se complementan ahora con la injerencia en Venezuela. Incluso no ha descartado enviar tropas, con el fin de asegurar sin fisuras el patio trasero de Washington en Latinoamérica y supeditarlo a los intereses económicos estadounidenses. La añadida y abierta amenaza a Colombia, tras el ataque a Venezuela, no sonó esta vez como una de las muchas bravuconadas de Trump.
China y Rusia esperan su momento
Por eso, es necesario atender también a las repercusiones que el seísmo provocado por Trump en América, al resucitar la doctrina Monroe de intervencionismo en este continente, puede tener en el resto del mundo. Y en concreto, como se ha indicado, en sus dos rivales más importantes: Rusia, contrincante militar y geopolítico, y China, rival comercial y tecnológico, aunque también con un componente estratégico muy importante.
Sobre todo porque Moscú y Pekín son asimismo aliados y la acción de la Casa Blanca sin duda los acercará más. Ya de momento, el golpe asestado a Venezuela los salpica directamente. Moscú había impulsado en los últimos años las relaciones militares con Caracas, hasta el extremo de que el iluso de Maduro creyó que, tras cinco meses de incidentes con EEUU previos al ataque del sábado, disponía de una protección contra Washington. No era así, previsiblemente porque Moscú sabía con antelación lo que iba a suceder y prefirió la jugada más alta.
Pese a que el Kremlin siempre vio al régimen venezolano como una eventual cabeza de puente en la región, de mayor interés que anteriores bastiones de Moscú en el área, como lo fue Cuba en la época soviética, no era este el momento para apostar por una presión mayor sobre Trump para disuadirle de sus intenciones sobre Caracas.
Primero Siria, ahora Venezuela
La salida del factor venezolano de los planes rusos en América obligará al Kremlin a buscar alternativas y reconocer las pérdidas. Pese a la relación hasta ahora aceptable con Trump en la arena exterior, incluso aceptando a regañadientes el proceso de paz en Ucrania impulsado por el líder estadounidense, lo cierto es que desde la llegada hace un año del nuevo presidente de EEUU al poder, Rusia se ha visto desplazada de dos pivotes esenciales de la seguridad mundial: Siria, tras el derrocamiento del dictador Bachar al Asad –en diciembre de 2024– y la consolidación del nuevo Gobierno de exyihadistas en Damasco ya con Trump en la Casa Blanca, y ahora Venezuela.
Pero Putin sabe perfectamente que no hay vara torcida que no pueda ser enderezada, sobre todo en el nuevo mundo de incertidumbres que está forjando Trump. En los próximos días se acelerarán las presiones de Ucrania y sus aliados europeos para que Rusia ceda en sus posiciones más radicales en torno al plan de veinte puntos de Trump para traer la paz. Pero las cosas han cambiado un poco. La intervención estadounidense en Venezuela quita buena parte de la atención internacional sobre Ucrania y desinfla esa mayor involucración que Kiev quería de Washington para dotarle de poderosas garantías de seguridad ante Rusia.
Putin tiene también mas espacio para moverse en sus negociaciones directas con Trump. Este ha mostrado sus cartas y sus intereses. No solo en el continente americano, pues el asunto de Groenlandia y sus reclamaciones sobre este territorio administrado por Dinamarca están en el aire con alusiones también al interés nacional estadounidense. Y en el tema ártico, Rusia y EEUU tienen mucho que negociar, como ya adelantaron los dos dirigentes en su cumbre de Alaska, en agosto pasado, para nerviosismo de los europeos. Un nerviosismo que aumentará en 2026.
Ahora, en todo caso y en lo que se refiere a Ucrania, le toca el turno de mover ficha al Kremlin, que seguramente lo hará en el frente. Que Ucrania pierda un porcentaje mayor de su territorio en manos rusas si eso lleva a un razonable acuerdo en el que EEUU salga de alguna forma beneficiado, no parece que vaya a importarle demasiado a Trump, ahora entusiasmado por el éxito venezolano.
China contempla todas las opciones
Más complicado es el asunto de China, que reclamó este domingo la liberación inmediata de Maduro y está pendiente de las repercusiones que la injerencia de EEUU en Venezuela pueden tener en las relaciones entre Washington y Pekín. Una de las instancias recogidas en el documento sobre la nueva Estrategia de Seguridad de Estados Unidos deja bien claro que en Latinoamérica, sobre todo allí donde Washington puede ejercer una mayor presión, los países de la región deberán optar por las empresas estadounidenses como compañeras de viaje y socios preferentes en el desarrollo de sus riquezas.
En este sentido, se subraya que EEUU hará todo lo que esté en su mano “para expulsar a las empresas extranjeras que levantan infraestructuras en la región” latinoamericana. El mensaje es directo para China, en estos momentos empeñada en la construcción de obras de este tipo por todo el continente. Para América quizá no sea un aliado militar, pero sí uno de sus mejores socios comerciales. En el caso de Venezuela, China es hasta ahora uno de los mayores compradores de su crudo.
La propia doctrina de seguridad nacional estadounidense insiste en que China no es una nación enemiga, pero sí un “rival estratégico” al que se debe desgastar con aranceles, asociaciones con otros países y planes de industrialización. Esto puede pasar precisamente en Venezuela, con un eventual desplazamiento de los intereses chinos.
Taiwán, la pieza de dominó que puede empujar Venezuela
Pero Pekín puede presionar una tecla muy sensible de EEUU y la ofensiva lanzada en Venezuela le puede dar la justificación requerida: Taiwán. En la doctrina de seguridad nacional de EEUU, esta isla es calificada como un punto de alto riesgo en el que es muy importante la disuasión. La alianza con Taipéi, uno de los principales productores mundiales de tecnología de última generación, es una pieza clave para que Washington funcione en el resto de teatros mundiales.
Si China, llegado el caso, aumenta sus demandas y ejerce una mayor presión, incluso militar, para la reincorporación de Taiwán a su territorio (del que se separó en 1949, tras la victoria comunista en la guerra civil), EEUU vería desafiada su estrategia hegemónica en la otra región del planeta que más le interesa, la cuenca de Asia-Pacífico. Y no por un país que solo puede contraponer a sus portaaviones una flotilla de narcolanchas.
El crecimiento armamentístico de China en las últimas dos décadas ha sido exponencial, con tecnología bélica que ni EEUU posee. Su alianza estratégica con Rusia se ha visto además impulsada tras la invasión de Ucrania. Pekín puede asimismo ejercer una notable fuerza sobre los aliados regionales de Washington, especialmente Japón. Pero incluso un choque directo entre chinos y estadounidenses no se saldaría con una inmediata victoria del Pentágono ni mucho menos, como apunta el creciente número de estudios estratégicos elaborados en los últimos años y que admiten un eventual revés bélico en caso de guerra en el estrecho de Taiwán.
La operación lanzada por EEUU en Venezuela puede haber mostrado al mundo la impunidad de Trump y difundido el mensaje de que el más fuerte manda. Sin embargo, esta máxima afecta a todo el planeta y en el tablero geoestratégico mundial no es Washington el que tiene las mejores piezas en las mejores casillas.



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