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Rajoy ha comprado el ‘aznarismo’ de Ciudadanos y ha pasado de intervenir la autonomía de Catalunya a suspenderla. 

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Un grupo de ciudadanos siguen desde una pantalla de televisión la declaración institucional del presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, tras la decisión del Gobierno de aplicar el artículo 155 en Cataluña. EFE/Quique García

La aprobación en Consejo de Ministros de un artículo 155 desarrollado con la mayor dureza posible por el Gobierno de Mariano Rajoy ha confirmado este sábado los peores presagios: el presidente ha comprado el ‘aznarismo’ de Ciudadanos y ha pasado de intervenir la autonomía de Catalunya a suspenderla. No habrá más Gobierno allí que el de La Moncloa y sus ramificaciones ministeriales; Parlament y Generalitat quedan completamente anulados.

El viernes 27 -Puigdemont mediante- el Senado celebrará el Pleno que aprobará este 155 constitucionalmente indigesto (están por conocer los análisis con perspectiva de los expertos y los posibles recursos ante el Tribunal Constitucional) y, sin duda, políticamente tóxico. Entonces, no habrá marcha atrás y frente a la “normalidad” y la “convivencia” que, en su infinita ceguera, dice Rajoy que pretende restablecer, buena parte del pueblo catalán (independentistas y no independentistas) se levantará y elevará aún más contra el golpe de los golpes, que hace pequeño, incluso, a aquel recurso de inconstitucionalidad contra un Estatut pactado entre Gobierno y Generalitat, aprobado en el Parlament y ratificado en el Congreso. Pocos podían imaginar entonces, en 2006, que el mismo Rajoy que pedía en las Cortes un referéndum sobre el Estatut (sí, un referéndum) sería el primer presidente de la Historia de España que aplicaría el artículo 155 de la vapuleada Constitución del 78 contra Catalunya. Así se le recordará en los libros.

El 155 duro hace pequeño, incluso, al recurso de inconstitucionalidad contra un Estatut pactado entre Gobierno y Generalitat, aprobado en el Parlament y ratificado en el Congreso

La comparecencia de Puigdemont este sábado noche no ha tranquilizado a quienes seguimos tratando de mentalizarnos de que no tocaremos fondo así; de que la agonía de una Carta Magna necesitada de reformas, modernidad, políticos/as de altura, consenso social y aire fresco no dará sus últimos estertores en Catalunya con un 155 parido en las cavernas de la corrupción, las cloacas policiales, la desigualdad, las mordazas y un largo etcétera que hacen indigerible el apoyo que le ha dado el otrora ‘nuevo PSOE’.

¿Cree Pedro Sánchez que un PP incapaz de cumplir su propio programa electoral va a reformar la vetusta Constitución en esa comisión territorial que habría sido una gran inciativa hace cinco años, pero que llega tan tarde e incompleta como la preocupación por el secesionismo de una Unión Europea de poca concordia y mucho sufrimiento en sus fronteras? Confiar en Rajoy a estas alturas o, incluso, hacer que se le cree para no perder el favor de los barones de la mitad sur denota una ingenuidad alarmante en quien sufrió -él sí- el peor golpe orgánico que en 40 años se recuerda, con permiso de Borrell. Hace un año. Ya. O todavía.

Para Sánchez, confiar en Rajoy a estas alturas o, incluso, hacer que se le cree para no perder el favor de los barones de la mitad sur denota una ingenuidad alarmante

Recuerde Sánchez que es esta Constitución a medida (135 agosteño incluido) la que quiere Rajoy, y no otra que haga tambalearse su impunidad de presidente del Gobierno con un partido imputado. Recuerde Sánchez que si Rajoy se sale con la suya con un par de bordados a la Carta Magna para justificar su compromiso, muchos/as le diremos -con razón- que, tal vez, lo que se ha pretendido es dar alas a un bipartidismo sentenciado a muerte, con más o menos dolor para este país, pero a muerte; y ésa es ahora la (su) cuestión: aferrarse a ese bipartidismo o cambiarse al tren de una nueva sociedad que nace en condiciones tan duras como meritorias; una sociedad a la que no abochorne sacar su bandera nacional porque se han apropiado de ella desde los que cultivan con esmero los lodazales de las cloacas y las ‘cajas b’ hasta los peligrosos fascistas de amenaza y paliza fácil.

Parlon, por ejemplo, lo ha entendido; es alcaldesa en Catalunya, y bien sabemos todos que es la política local la que hace mirar a los ojos a la gente a diario y ver sus alegrías o frustraciones; hoy, sobre todo, éstas, las de los/as catalanes que quieren irse y las de los que no. Todos/as abandonados por unas instituciones en decadencia, de un lado y del otro.

La vicepresidenta Sáenz de Santamaría se cuece desde hace semanas en el jugo de su fracaso como intermediadora, algo que en su propio partido recuerdan machaconamente

Quienes nos resistimos a desprendernos del último hilo de esperanza en esta semana que entra hemos pasado de pedir una consulta pactada y con garantías en Catalunya o en España a implorar casi que Puigdemont convoque elecciones en las próximas horas. Que las convoque él y no Rajoy en un gesto de generosidad hacia Catalunya y el resto de España que, sin duda, le será reconocido por la gente que clama por la Política (con mayúscula) desde hace años.

La vicepresidenta Sáenz de Santamaría se cuece desde hace semanas en el jugo de su fracaso como intermediadora durante todo un año entre La Moncloa y la Generalitat; algo que, por cierto, en su propio partido recuerdan machaconamente, alegrándose sin disimulo de la caída en desgracia de quien caminó de perfil por los escándalos de corrupción cuando otros/as se partían la cara ante la prensa. Con todo, en su tenacidad de aspirante a sucesora de Rajoy, libra una batalla casi personal con el independentismo, del que sólo aceptará una derrota sin paliativos.

Convoque Puigdemont elecciones y demuestre que derrota es la del gobernante que no tiene puñetera idea de política ni quiere tenerla. Deje la DUI a un lado, convoque elecciones y convénzanos de que el pueblo catalán quiere irse, porque nos cuesta creerlo. Aunque lo entendamos más cada día que pasa, visto lo visto.