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"Carlos no pudo defenderse"

Siete testigos del crimen del menor antifascista desmontan la versión del agresor de que actuó por miedo: "Intentó acuchillar a todo el que había allí"

ÓSCAR LÓPEZ FONSECA

Detrás del biombo que les garantizaba el anonimato, los testigos protegidos del caso Palomino fueron desgranando ayer ante el Tribunal lo que vieron aquel 11 de noviembre de 2007 en la estación del metro madrileño de Legazpi. Uno tras otro, y con pocas divergencias en sus testimonios, siete jóvenes relataron tanto los minutos que precedieron a la muerte de Carlos como los momentos de confusión que siguieron al crimen.

Y, si en algo coincidieron todos, fue en hundir aún más la versión de aquellos sucesos que el pasado lunes, en la primera sesión de la vista oral, dio el único acusado: el militar profesional Josué Estébanez.

Éste intentó convencer entonces a los magistrados de que apuñaló al menor "por instinto" al sentirse amenazado por una multitud que, recalcó, le amenazaba con puños americanos y navajas.

Las siete declaraciones de ayer negaron, no obstante, todos estos extremos. "Fue todo muy deprisa. Cuando nos quisimos dar cuenta, ya le había apuñalado", señaló una chica menor de edad . "[A Carlos] no le dio tiempo a defenderse. Fue todo muy rápido", aseguró un amigo de la víctima que se encontraba junto a Carlos cuando fue mortalmente herido. "Sin mediar casi palabra, le asestó una puñalada en el pecho", recordaba un tercero. "Nada más tocarle [Carlos] la sudadera, el otro chico le apuñaló", aseguró un cuarto.

Todos ellos también destacaron la agresividad del acusado, muy lejana de la supuesta actitud defensiva que él dijo haber adoptado tras acuchillar al menor. "A todo el que se acercaba lo intentaba apuñalar", relató el sexto testigo que declaró ayer. "Intentó acuchillar a todo el que había allí", recordaba otro. "Temíamos que nos pasase lo mismo [que a Carlos]. Dijo que nos iba a matar a todos", rememoraba un amigo del fallecido. "Con el cuchillo en la mano nos decía: Venid, rojos", añadió otro.

Todos interpretaron el gesto del brazo levantado de Estébanez como el saludo hitleriano, en contra de la versión del acusado, quien se mostró impasible pese a que, uno tras otro, los testimonios derribaban los argumentos de su defensa.

La jornada terminó con la declaración de tres vigilantes del Metro, que acudieron al lugar instantes después del crimen. Uno de ellos, una mujer que bajó al andén al oír gritos, aseguró haber visto a Josué apuñalar en un costado a un segundo joven, que resultó herido de gravedad. Tras ser preguntada sobre si el militar le pidió ayuda o hizo ademán de entregarse, la vigilante fue rotunda: "No". El argumento de la defensa propia de Josué Estébanez terminaba, así, definitivamente por los suelos.