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La difícil tarea de estudiar durante la pandemia en el asentamiento irregular más grande de Europa

Mientras Madrid da con cautela los primeros pasos para recuperar la normalidad, los residentes gitanos de Cañada Real temen el incremento de las desigualdades y estigma sobre su comunidad.

Una familia de Cañada del Real.- MARTA MAROTO
Manuel y su familia en Cañada Real. - BRUNO THEVENIN

Marta Maroto

En Cañada Real son pocos los ociosos que se atreven a desafiar el confinamiento. Las calles asfaltadas lucen prácticamente vacías, aunque en las de barro, salpicadas de las últimas lluvias de la primavera, sí comienzan a formarse pequeños grupos de hombres adultos. Sin salir de la entrada de baldosas de su casa, Tomás Montaño, de 45 años, reconoce que "algunos, de vez en cuando", se saltan el encierro en este sector del asentamiento irregular más grande de Europa.

Su marginalidad, 16 kilómetros que bordean los municipios de Coslada, Rivas y Madrid, ha servido de escudo contra la pandemia para sus más de 7.000 habitantes. En los dos meses largos que España lleva encerrada en casa bajo el estado de alarma, en Cañada Real Galiana apenas se han registrado dos muertes y no está claro que la causa sea la covid-19, explica Rocío García, directora de la Fundación Secretariado Gitano. Desde su oficina, resalta el compromiso de la comunidad gitana durante esta pandemia pese a que cada día son víctimas de bulos e insultos que tratan de estigmatizar aún más a los estigmatizados.

Cristian, de 14 años, explica que dentro de lo que cabe no lleva mal el estar en casa. A su lado, sin embargo, su madre Agustina le contradice en un murmullo: "Cómo que bien, con mucho ruido, todo el día peleando". Son cinco personas en una chabola de apenas 40 metros cuadrados, envuelta en un plástico sobre el que se ha rotulado el número que hace las veces de dirección, y cuya entrada precede una manta gruesa color morado.

Cañada del Real, el asentamiento irregular más grande de Europa.- BRUNO THEVENIN

Apoyados sobre un coche, madre e hijo reciben a dos trabajadoras sociales que han venido a entregar una tableta electrónica y algunos libros, hace unos días trajeron un montón de fichas y deberes impresos de la escuela. Sin ordenador ni conexión a internet —tampoco agua ni red eléctrica— y con una tasa de pobreza infantil que entre la población gitana se sitúa en un 89% en España, para muchos niños es casi imposible seguir con el curso escolar mientras las escuelas estén cerradas.

A la evidente falta de recursos, se le suma el poco conocimiento de las familias para el manejo de las herramientas y la deficiente adaptación de la escuela pública a las nuevas tecnologías. Un 43% de las familias gitanas no tiene acceso a internet y un 44% asegura no poder realizar las tareas que envían de los centros educativos, según una encuesta de Secretariado Gitano.

Todo esto abona el camino para que muchos estudiantes se desenganchen de su formación. "Intuimos que muchos chicos de edades más avanzadas, de 15 y 16 años pueden abandonar la escuela para colaborar en la actividad económica de la familia", apunta García, directora de Secretariado Gitano que, junto a Fundación La Caixa, han puesto en marcha un programa para ayudar a 280 menores entregando periódicamente estos tacos de deberes.

Los primeros días, recuerda Gina (una de las trabajadoras sociales), tuvieron que hacer un esfuerzo grande por tranquilizar y reducir la ansiedad de muchas familias por el miedo al virus y por el desconcierto y falta de información sobre cómo acceder a las plataformas digitales del colegio.

"Sobre todo las madres se están involucrando muchísimo para que los niños sigan estudiando", cuenta esta empleada, que estos días hace además labores de profesora explicando y ayudando a los niños a comprender las tareas que después envían a sus maestros para que las corrijan. "La de Biología dice que va a poner un trabajo, que no va a hacer examen", explica Cristian confiado, cuenta que de mayor quiere ser abogado.

Un 43% de las familias gitanas no tiene acceso a internet.- BRUNO THEVENIN

Los estudios, la prioridad después de asegurar la comida

Quizá lo que más recuerde Manuel, de 8 años, de estos meses encerrado será lo aburridas que le parecían las noticias sobre el coronavirus, que siempre están puestas en casa. Tímido, sonríe cuando le preguntan qué tal sin ir al cole. Abraza contra sí mismo varios libros de ejercicios, así como un estuche con colores, que le han dado las trabajadoras sociales para que rellene estos días. "Hace dos meses que no veo a mis amigos", acierta a pronunciar.

Con su otra hija en brazos, Saray, la madre de Manuel, pregunta por los plazos de la guardería de la pequeña. De momento están bien, "como se puede, pero bien", cuenta, tanto ella como su marido están en paro pero ella cobra la renta de reinserción. Más de la mitad de las familias tienen dificultades para acceder a alimentos, y ellos, como muchos aquí, comen gracias al reparto de la Cruz Roja y se espera que muchas de ellas sean perceptoras del ingreso mínimo vital, aprobado esta semana por el Gobierno.

La economía sumergida mueve Cañada Real, más del 70% vive de la venta ambulante

La economía sumergida mueve Cañada Real, más del 70% vive de la venta ambulante y prácticamente todos han tenido que parar la actividad por el estado de alarma. Volver trabajar de una forma segura es lo que pide Tomás Montaño, chatarrero y padre de seis niños, el más pequeño apenas un bebé que su mujer saca en brazos a tomar el aire.

"Tenías que apuntar ahí que los dejen salir a chatarrear", dice con grandes ademanes Pilar Grande, su hijo y su nieto de 20 años se dedican al mismo negocio. Ella está encantada en casa porque desde hace seis meses es tatarabuela, pero reconoce que compartir el confinamiento —y el hacinamiento— en una casucha de 60 metros cuadrados con siete personas no son condiciones para vivir. Melody, de 19 años y madre del pequeño, cuenta que querría volver a estudiar, pero que de momento tiene que ocuparse de su hijo.

"Nosotros no queremos tampoco estar aquí en el barro, por lo menos que nos den algo donde podamos meternos y recogernos, que las criaturas están yendo a los colegios. ¿Luego si no estudian quién tiene la culpa?", comenta indignada Nuria Montoya desde la ventana de su casa. El menor de sus hijos tiene 11 años, y se queja de que la chabola no reúne las condiciones para que el niño estudie. La abuela cuenta que pasan "el día a día viendo la tele, con los dibujitos, y jugando con ellos", pero sí puntualiza que los niños "están haciendo los deberes".

Manuel posa con sus libros para hacer los deberes que le manda el colegio.- BRUNO THEVENIN

Miedo a la enfermedad

Las madres reconocen la importancia de que sus hijos estudien para ir erosionando los prejuicios de absentismo y abandono con los que la sociedad mira al colectivo gitano, según indica García. "Nos sentimos ofendidas", asegura Montoya, "aquí no ha habido prácticamente casos de coronavirus, nos sentimos muy dolidos porque nos discriminen de esa manera, aquí te juro que hemos estado sin salir, esa puerta de aquí está con una cadena".

A excepción del sector 6 de la Cañada Real, apenas un kilómetro de violencia y drogas que estigmatiza a toda la zona, la mayoría de las familias de los primeros sectores han cumplido el confinamiento, recluidos en espacios muy pequeños, infraviviendas que suelen tener un porche o una parcela a su alrededor. El aislamiento dentro de la propia unidad familiar ha resultado casi imposible y ha sido el miedo a la enfermedad, en una comunidad que se sabe con pocos recursos para enfrentar los contratiempos, lo que ha metido a los habitantes de la Cañada en sus casas.

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