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La fábrica de chocolate era... una central nuclear

JORDI SIRÉ

Andreu Carranza volvió el pasado domingo a Ascó para manifestarse en contra la instalación del cementerio nuclear. Era un reencuentro con un pasado doloroso: su padre, Joan Carranza, el primer alcalde democrático de esta localidad de Tarragona, tuvo que abandonar del pueblo con su familia por oponerse a la central. "La persecución de que fue objeto por las eléctricas y el propio ayuntamiento cuando ya no era alcalde acabó con su vida", dice Carranza, convertido hoy en escritor de renombre.

Joan Carranza era el sastre de Ascó al final del franquismo, cuando llegó a la localidad un hombre "al que llamaban Gitano blanco y empezó a comprar terrenos", dice el hijo del antiguo edil. El caciquismo franquista expandió el rumor de que querían hacer "una fábrica de chocolate". Pronto supieron la verdad, y comprobaron que las obras comenzaban sin permisos.

Su padre se movilizó con la ayuda del párroco local, mossèn Miquel, quien cada año conmemoraba el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki con un vía crucis que acababa lanzando coronas de flores al Ebro delante mismo de la planta. La sala parroquial fue el primer lugar de encuentro de los antinucleares cuando leyeron en la revista Triunfo las advertencias de una serie de físicos.

Juntos crearon una asociación para presentarse a las elecciones, "algo pionero en ecologismo en un país que se manifestaba por la libertad y el Estatut". Su triunfo por mayoría holgada acabó provocando una fractura social que tuvo su momento álgido la noche del 23F. "Personas del pueblo ligadas a la extrema derecha salieron de sus casas con escopetas para liquidarnos". La escena, propia del far-west, fue vivida en casa de los Carranza con sus miembros distribuidos por las habitaciones con escopetas de caza. "Nos salvó Jaume de Grau, un hombre de derechas pero moderado".

Por aquel entonces "las eléctricas acabaron convenciendo con entrevistas uno a uno a los vecinos prometiendo lo mismo que ahora: progreso y puestos de trabajo". Carranza lamenta ahora, a un día de la votación de la candidatura a albergar el ATC, que la decisión recaiga en un alcalde que "continúa siendo trabajador de Ascó". La partitura, triste, termina con notas de optimismo. "En los 70 las manifestaciones antinucleares estaban llenas de personas de ideología libertaria de Barcelona. El domingo, los presentes eran de aquí".

Cuando la central empezó a funcionar, la familia Carranza y otra media docena se marcharon del pueblo. Mossèn Miquel fue retirado de su parroquia por orden del obispo y acabó sus días enfermo en un convento de monjas en Benicarló. Todavía no tienen epitafio: su recuerdo perdura entre los antinucleares de hoy.

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