Este artículo se publicó hace 17 años.
El largo camino para despertar tras el frenesí
Un día con los 46 ex toxicómanos que tratan de salir adelante en la comunidad terapeútica de Proyecto Hombre de Córdoba

El motor de un walkman, un alambre, un boli bic. Dos cables, positivo y negativo. Un cartucho de pilas. Un tenedor y una cuchara de plástico. En la cárcel está prohibido hacerse tatuajes pero los reclusos se buscan la vida para saltarse las normas. Hay que tener el cuerpo marcado con tinta para aparentar, para no ser un débil. Jonathan Rodríguez, de 31 años, tiene en su piel varios recuerdos de la década que se pasó en prisión. "Bad day: Mi vida loca", un genio saliendo del brazo, "Sandra" en el hombro izquierdo y "Pino" en el derecho.
Ahora Jonathan está rehabilitándose de su adicción a las drogas en un chalet de la ONG Proyecto Hombre, en Córdoba. Los tatuajes son lo único que le unen a su vida pasada. El Proyecto Hombre está prohibido llevar aros, cadenas, anillos de oro. Hay que tener el pelo corto y estar afeitados. Hay que cortar con las malas amistades. El ritmo en las comunidades de Proyecto Hombre es frenético. Los internos se levantan a las siete de la mañana y están todo el día ocupados. "¡Aseo dental!", anuncia una de las internas a gritos. Y todos van corriendo a sus habitaciones a lavarse los dientes. Luego, cinco minutos para un cigarrillo. Deprisa, deprisa.
Vidas al límiteManuel Jesús Gómez, de 24 años, lleva ya 11 meses en el programa por una adicción a cocaína y pastillas. En 2007 estuvo siguiendo toda la gira de su grupo musical del alma, Los Héroes del Silencio. Vivió al límite la experiencia. "Un viernes le robé a mi padre 3.000 euros para drogas, y el miércoles siguiente por la noche me vi por Jaén corriendo de un lado a otro por pisos de putas y me dije que ya no, que no podía seguir así", cuenta Manuel. Ahora está tranquilo, como la mayoría de los internos no tiene ningún miedo a mostrarse en este reportaje dando la cara.
La mayoría de los toxicómanos empezó a consumir en su barrioEs más, no quieren fotos al contraluz ni de sombras: piden posar. No se avergüenzan de nada. De lo que sí que tiene miedo Manuel es de lo que se pueda encontrar fuera de la burbuja en la que ha vivido en los últimos meses. Le queda apenas un mes para finalizar el programa. Manuel viene de una familia con dinero, por eso robaba a su padre, para poder comprar drogas. Otros, de familias modestas, terminaron delinquiendo para conseguir dinero. Y de ahí, a la cárcel. Allí a muchos se les encendió un chip que les hizo querer dejar la mala vida: una madre decepcionada, un hijo recién nacido. En el caso de José fue su empeño en recuperar a su hermano. José mezclaba ansiolíticos con alcohol y heroína. Daba tirones para poder consumir.
Estuvo dos años en prisión: "He recuperado a mi hermano, que lo defraudé".En el caso de Rafa, de 23 años, fue su hermana Estefanía la que le dio un toque. "Me dijo, ‘hasta aquí llegaste campeón". Rafa tiene "Estefanía" tatuado en su espalda y en el pecho el rostro de su madre cuando tenía 15 años, "vestida con el primer traje que se cosió ella misma".En Proyecto Hombre, el proceso de recuperación tiene una máxima muy sencilla. "Ordena por fuera para que luego puedas ordenar por dentro", explica Rafi Ruiz, coordinadora de la comunidad terapeútica de Córdoba. En este chalet hay 46 internos; 7 de ellos, mujeres. Nueve son menores. Muchos están internos por orden del juez. La media de edad es de unos 30 años, y las habitaciones están impolutas.
En Madrid existe el único centro específico para cocaínomanos"Si estás en un ambiente desordenado, tu vida termina siendo un desastre", señala Ruiz. Las camas tienen que estar perfectamente hechas. "Yo he llegado a hacer hasta 25 veces mi cama, porque no la hacía bien", explica un interno. El café está medido; de merienda, zumo y cinco galletas.
En la comunidad, cada uno cumple con un papel. Hay una jerarquía, de abajo a arriba están los Trabajadores, los Responsables, los Supervisores, los Coordinadores y los Ancianos. Cada superior puede echar la bronca si el inferior hace algo mal. Y las broncas, que forman parte de la terapia, son muy solemnes. Uno enfrente del otro. Mirándose a los ojos. El superior empieza a gritar al inferior, a reprocharle una actitud de dejadez, de pasotismo: "¡Me parece una vergüenza tu actitud...!".
El método parece que funciona, aunque a los más jóvenes les cuesta acostumbrarse. Tamara, de 16 años, acaba de llegar. El día anterior se escapó, pero su familia la ha obligado a volver. Es rubia, pequeña, con ojeras azuladas. "Esto es una mierda", repite sin parar de llorar. En Proyecto Hombre no se permite el colegueo. Lo sabe bien Miguel Mergalejo, de 36 años. "Aquí no hay eso de pásame una cuchilla de afeitar, o dame un cigarrillo. Los trapicheos recuerdan a la vida pasada", explica. Miguel empezó a tomar heroína con 12 años, de adolescente robaba coches. Se pasó 16 años en la cárcel. "Ahora, afrontar la calle cuesta", afirma este hombre, al que le hubiese gustado vivir en la Edad Media, "y ser un bárbaro, con mi espada y mi caballo".
Centro de cocaínaEn Proyecto Hombre acuden a rehabilitarse adictos a cualquier tipo de droga. Pero en Madrid existe el único centro de toda España específico para adictos a la cocaína. Depende de la Comunidad de Madrid y al frente está el psiquiatra Diego Urgeles.
La máxima es ordenar por fuera para luego poder ordenar por dentroAquí hay también talleres ocupacionales, comidas, descansos. Tienen la hora de tomar una Coca-Cola. "La adicción a la cocaína tiene que ver con los genes. No depende de la frecuencia del consumo. Hay gente que consume una vez al mes y es adicta", señala Urgeles. "El problema es cuando la cocaína se convierte en lo más importante y cambian las prioridades en la vida. Aparece la culpabilidad, se pierde la motivación", agrega este psiquiatra.
David tiene 36 años y se sabe de memoria los días que lleva ingresado en el centro: "56 con hoy". "Empecé a drogarme tarde, con 26 años... Pero lo cogí con ganas. Primero el consumo de cocaína fue esporádico, luego ya diario", explica David. Lo más dificil es controlar los craving (los momentos donde hay un deseo intenso de volver a consumir) y para ello los psiquiatras trabajan con los internos unas técnicas de prevención en recaídas. Luis, de 34 años, empezó a consumir con 17. "En Nochevieja y con el grupo de amigos". Entre los 21 y los 23 dejó las drogas, pero volvió a recaer. Se vio yendo a un poblado chabolista a por mercancía. Gastaba unos 50 euros diarios. No podía parar, se llevaba cosas de casa para venderlas. Hasta que no pudo más y dijo basta. "Hoy llevo 53 días interno".
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