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Lugares comunes

PABLO BUSTINDUY

La gran falta de los ciudadanos sigue siendo hoy la misma de siempre:
la que consiste en dejarse desposeer de su poder.
Jacques Rancière

 

Nada más conocer los resultados de la elección presidencial, Marine Le Pen lanzó oficialmente su ofensiva de fascistización de la derecha francesa de cara a las próximas legislativas llamando a una "movilización total de los patriotas de izquierdas y derechas", con el fin de acabar "con la Europa de los tecnócratas y la austeridad, en favor de una Europa de los pueblos libres". Como el auge del neo-nazismo en las elecciones griegas, las palabras de Le Pen son un recordatorio de los peligros que supone entregar el monopolio de la rabia a las derivas del soberanismo xenófobo. En un escenario marcado por el colapso de la ideología de la deuda, la demonización de Europa actúa como un mecanismo de refuerzo de los repliegues identitarios y del autoritarismo de excepción, que se alimentan del descrédito generalizado de las instituciones de la troika y del sufrimiento creciente de la población. Le Pen, con la sonrisa malvada de quien sabe jugar sus cartas, se dirigió a los electores de Hollande: "Pronto os decepcionará".

Por eso una de las batallas decisivas en el futuro inmediato será la de resignificar la idea de Europa a partir de las luchas de resistencia que, desde el estallido de la primavera árabe hace algo más un año, se extienden reforzándose unas a otras por el mundo entero. Es la vieja lección del internacionalismo, que insiste en un problema de escala: la emergencia social que resulta del conflicto creciente entre capitalismo y democracia no podrá resolverse en un solo país. La amenaza fascista y la dictadura de la austeridad, de hecho, son dos caras de la misma moneda, y solo serán derrotadas conjuntamente, cuando las multitudes asedien las fortalezas blindadas de Frankfurt y Bruselas para refundar Europa como plano de lo que nos es común. Para ello, para romper la espiral infernal de los ajustes e interrumpir la lógica de la resignación, no es posible replegarse en un adentro: hay que unir en un mismo dibujo todos los puntos de la resistencia democrática, articularlos en un frente común que una sus fuerzas contra un mismo enemigo. La buena noticia es que hace tiempo que eso viene sucediendo. El próximo domingo el enjambre del nuevo antagonismo volverá a tomar las calles de medio mundo con ese juego de espejos cuya verdadera fuerza es aún difícil de imaginar.

Cualquiera que intente reconstruir la historia reciente de esas luchas se encuentra con un problema casi insalvable: sus trayectorias y sus ritmos no son simples ni lineales, sino que parecen desafiar el tiempo y el espacio mismos. Entre las plazas de Madrid, el Cairo o Nueva York se ha dado un juego de reflejos, de contagios y de mímesis en el que ya nadie sabe qué vino antes o después, ni quién inventó exactamente qué: apenas prueban su solvencia, los hechos, las ideas y las cosas pasan a ser parte de un repertorio común, como herramientas puestas a disposición de cualquiera, de quien quiera y pueda utilizarlas. Como los otros levantamientos, el 15-M es un polo en ese campo de fuerza mundial donde los relatos, los saberes y las prácticas fluyen constantemente de un lado a otro, desdoblándose y alimentándose recíprocamente, haciendo copias de sí mismas, para volver a activarse con más intensidad y más fuerza si cabe solo un instante después. Por eso en cada una de las plazas puede leerse las luchas de todas las demás.

El levantamiento democrático mundial de 2011 es en sí mismo el reconocimiento de la comunidad de los problemas que nos acechan, de esa lógica del capitalismo financiero que no conoce lenguas ni fronteras, y del esfuerzo común para darle respuesta y solución. Cada plaza (y cada cuerpo y cada voz en el interior de cada plaza) es una singularidad irreductible, dinámica y cambiante, que la hace imposible de representar; y sin embargo todas ellas participan de una solidaridad esencial que las coloca en el mismo plano de existencia. Aun siendo distintas, aun atendiendo a problemas aparentemente distintos y estando compuestas de gentes diferentes, todas las plazas son nudos de un mismo frente de resistencia, todas ejercen la misma fuerza contra un mismo enemigo que está en todas partes y en ninguna a la vez. Esa fuerza no es otra cosa que la fuerza del demos, precisamente aquella que toda forma de representación y todo repliegue soberanista intentan aniquilar.

Es la fuerza de la singularidad radical puesta en común, desinstitucionalizada, libre y autónoma, decidida a recuperar el poder del que ha sido desposeída. Ya no hay disimulación posible: la lucha es por la supervivencia, entre el demos y el capital. El mayor desafío de las plazas, en el momento de su reirrupción en el mundo entero, es seguir incrementando su poder y su efectividad en la lucha contra esa lógica perversa que no tiene espacio ni tiempo concreto, y a la que hay que combatir con sus mismas armas. Hobbes dijo que la democracia suponía en cierto modo una victoria sobre el tiempo porque, a diferencia de los monarcas, la multitud que gobierna nunca muere (por eso la democracia no tiene padres fundadores, ni lleva la firma de ningún autor, ni tiene partida de nacimiento). Frente a lo que se nos ha hecho creer, la democracia tampoco puede tener un espacio cerrado, pues no cabe en un Parlamento ni en las fronteras de un Estado, sino que existe siempre como el lugar común de esa resistencia, de ese intervalo en el que se afirma el poder de cualquiera. Este próximo domingo, Sol no será solo Sol sino todas y cada una de las plazas, igual que Grecia no es solo Grecia: somos nosotros también, mañana, porque compartimos el mismo problema y la misma necesidad de darle solución. Frente a los espacios y los tiempos estancos del fascismo, los lugares comunes ya existen. El desafío es que su voz siga creciendo hasta estar en medida de su fuerza.

*Pablo Bustinduy es profesor de filosofía en el St. Francis College de Nueva York

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