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Un profesor de historia llamado Amenábar

'Ágora' ha sido recibida con aplausos en el pase de la película a prensa y crítica.

SARA BRITO

Los actores Max Minghella, Oscar Isaac y Rachel Weisz junto a Alejandro Amenabar. EFE

Imaginen. Un zoom gigantesco atraviesa la atmósfera, cruza las nubes, se acerca a Francia y desciende hasta llegar a la Croisette, donde la riada de gente se asemeja a una hilera de hormigas en busca de la reina de turno a la que toque adorar. Si seguimos bajando, a un lado del bulevar alfombrado, sentado en la terraza del hotel Majestic, está un hombre pequeño que se esfuerza por mantener la calma, minutos antes de presentar su primera película en cinco años: el filme más caro del cine español (50 millones de euros).

Alejandro Amenábar estrenó ayer su esperada Ágora en la sección oficial fuera de competición del Festival de Cannes. Una histórica épica, que recuerda a aquellos peplums (Ben-Hur, Espartaco) que siguen cayendo en las televisiones una vez al año. Rodada en Malta, donde Amenábar construyó una Alejandría que recuerda a las viejas producciones de los grandes estudios, Ágora cuenta con un reparto que encabeza Rachel Weisz, y que completan Michael Lonsdale, Ashraf Rarhom, Max Minghella y Oscar Isaac.

El director de Tesis ha dotado al filme de un deliberado pulso político, acción física e intelectual y toneladas de riesgo. Pero, a la vez, resulta una película excesivamente lenta y sin clímax, grandilocuente y distanciada, con un exceso de errores que la condenan a no ser el filme redondo que la llevarían de vuelta a los círculos que el director usa como metáfora.

De las mismas estrellas que le inspiraron cuando en un viaje a Ibiza se dio cuenta de la profundidad del firmamento, el director desciende a ras de tierra para acabar fijando su mirada en la Alejandría del siglo IV, en aquel momento en que los cristianos pasaron de perseguidos a perseguidores. “Al principio, Mateo (Gil, el co-guionista) y yo pensamos en hacer un recorrido por la historia de la astronomía desde Einstein hacia atrás, pero luego nos dimos cuenta de que era demasiado grande”.

Hasta que se topó con Hipatia, que le dio la clave para escribir un espejo del presente. En medio del trance de una sociedad pagana a una regida por un cristianismo de mano dura, Amenábar cuenta la historia de una filósofa, astrónoma, profesora en la Biblioteca de Alejandría y verdadera revolucionaria, que representa la razón frente al fundamentalismo, el conocimiento frente al pensamiento único. “No soportaría que todo el mundo pensara igual que yo”, confesaba ayer el director, “en la película convivíamos agnósticos, con cristianos, ateos, musulmanes, judíos, y todos teníamos que levantarnos por la mañana y hacerla”. Como subrayaba ayer: “Un filme humanista, que es comercial, pero a la vez mi película más personal”. Desde luego, y como dijo Amenábar, “esto no es ‘Troya’”.

Ágora es la historia de una mujer que fue precursora de Kepler y Copérnico, que no quiso atarse a ningún hombre sino al conocimiento, que fue libre hasta que la callaron con violencia los mismos que propugnaban el perdón. Pero también habla de una civilización que se entrega a los brazos de la intolerancia para darse de bruces con la oscuridad del medievo.

“Hay una conexión política con la actualidad, son dos mundos en crisis. He querido hablar de los ciclos y contar que no hemos avanzado tanto”, reconocía ayer. “Nuestra especie avanza haciendo bucles, a veces casi idénticos, como las estrellas errantes que volvían locos a los antiguos”, confesó a Público pocos días antes de llegar a Cannes.

El problema es que, como la sociedad, el filme no avanza. Sentimos que la narración se eterniza durante los 141 minutos de película, que acaba siendo una larga lección de historia y astronomía, con poca emoción, demasiado subrayado musical, y escasa química entre los personajes. Rachel Weisz es la única mujer en un mundo de hombres, que no están a la altura de su interpretación: ni Max Minghella, ni Oscar Isaac, hacen que la astrónoma brille como merece.

Ahora bien, Amenábar acierta en las coreografías de las secuencias de acción y en un manejo de la cámara sagaz que invita a que el espectador sea un visitante, o como confiaba el director ayer, como “un testigo oculto” de la historia. Además no le falta honestidad, al plasmar la violencia sin esteticismo y con elegancia, al no prescindir de la crueldad, ni de la mirada frontal y al ser profundamente humanista. “Es además”, decía el director, “una película feminista, porque habla de una mujer que defiende su integridad, que lucha desde la razón contra la intolerancia”.

Ágora no ceja de aproximar su épica al presente. “Intenté olvidarme de que estaba haciendo una película de romanos en el Antiguo Egipto, y sentirme allí, transportado en el tiempo y el espacio. Todos en el equipo hicimos un gran esfuerzo por huir de la impostura y buscar la realidad”. De hecho durante el rodaje, Amenábar solía pensar que que el Imperio romano era Estados Unidos y que Alejandría era Europa, dos mundos en crisis que ven cómo emerge algo nuevo que quiere hacerse con el poder”.

Ágora arrancó aplausos en el primer pase de prensa, aunque fuera más dificil encontrar corros de críticos que defendieran una cinta valiente, pero irregular. Mientras, Amenábar confesaba que se sentía como “un niño con zapatos nuevos”. Unos, que tal vez le aprieten demasiado.

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