Este artículo se publicó hace 18 años.
Serge Gainsbourg, el irreverente inagotable
Exposición en París sobre el artista camaleónico que atravesó el siglo XX y los riñones de Brigitte Bardot

Ahora que Nicolas Sarkozy quiere prohibir los abucheos al himno patrio La Marsellesa, es refrescante la exposición sobre la inimitable figura de Serge Gainsbourg (1928-1991), el artista, compositor y cantante francés que atravesó peligrosamente el siglo XX y dejó algunos de los slows más tórridos y geniales del pop.
"Vivo a crédito desde que los nazis me pusieron la estrella amarilla", dijoEn España, durante años, Gainsbourg fue simplemente conocido por ser el envidiado amante de Brigitte Bardot, de Jane Birkin y de tantas otras. Y por haber compuesto aquella de Je taime, Moi Non plus, que inflamó a miles de parejas en las pistas de baile.
La muestra sobre Gainsbourg, diseñada por Frédéric Sanchez en la Cité de la Musique, profundiza más allá del mito del conquistador y pone al descubierto la complejísima personalidad de uno de los personajes clave del panorama musical francés.
Impactos en la memoriaLa exposición está concebida como un conjunto de paisajes sonoros y visuales destinados a "provocar en el espectador un despertar de su propia memoria sobre lo que Gainsbourg ha dejado, y de lo que se inspiró", explica el conceptor, Sánchez.
Así es: desde las imágenes pop de una Bardot en cueros bebiéndose una Coca-Cola sobre una roca, hasta las imágenes de los cabarets parisinos de los cincuenta, llenos de humo y de gente con pinta de Nosferatu.
Hay un episodio de su vida que revela su fuerte personalidad transgresora. En 1979, ya reconocido, desembarcaba en Jamaica para reunirse nada menos que con los músicos de Peter Tosh y con las coristas de Bob Marley para grabar un disco: Aux Armes et caetera..., versión reggae de La Marsellesa. Meses después, la derecha dura amenazó la gira de presentación del disco que se choteaba y sublimaba el himno patrio. Un grupo de paracaidistas ex coloniales quisieron agredir al cantante y su banda a las puertas del concierto en Estrasburgo si la tocaban. Gainsbourg ahorró el problema a los músicos, salió solo al escenario, plantó cara a los paracaidistas, cogió el micro y cantó La Marsellesa a capella. Y les lanzó un corte de mangas.
Provocador sin finEl cantante y compositor, cineasta, artista plástico, escritor y grafista tenía eso: un talante de provocador constantemente alimentado por multitud de influencias, siempre en el cruce de tradiciones. Entregado tanto a los excesos del alcohol y del sexo, como a los de la pasión literaria y la escritura, Gainsbourg había empezado frenéticamente su carrera de artista con la pintura; lo de la canción ligera en los cabarets, en los años cincuenta, lo hacía sólo para pagarse las telas y los tubos de pintura.
Cantante, cineasta, artista plástico y escritor, fue un eterno provocadorCreador prolífico y obsesivo, él mismo tenía una explicación para su arrebatadora pasión: "Vivo a crédito desde que, cuando era chaval, los nazis me pusieron la estrella amarilla". Así, quemó noches en los cabarets hasta que un encuentro con Boris Vian le reveló que sus letras tenían genio. Dejó la pintura, por considerarla un arte obsoleto.
Ahí arrancó su carrera de camaleón constante. De la canción de autor, al pop inglés. Luego, en los setenta, en pleno imperio punk, dijo de ellos: "Podrían haberme subyugado si no hubiera conocido 30 años antes a Dadá y a André Breton". Momento en que decidió, mucho antes que Police, que su camino era "reggae, reggae y reggae".
El camaleón había conseguido de nuevo ser precursor. Algo que le agradeciero en directo, al final de su vida, miles de adolescentes lanzadísimos, en el último concierto, en los años noventa, en el Zenith de París. A unos metros de la exposición que, ahora, consagra al monstruo delas mil caras.
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