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La anestesia europea, en manos de Haneke

El cineasta austriaco denuncia en ‘Happy End’ la indiferencia europea ante el sufrimiento de los demás a través del retrato de una familia de la alta burguesía que vive en Calais. Fría y con una apuesta por la dispersión, la película se va convirtiendo en una perversa farsa.

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'Happy End'

La Jungla fue el sobrenombre que se ganó el campo de refugiados de Calais (Francia), el mayor de toda Europa, hoy desmantelado. 10.000 personas vivían allí hacinadas en un espacio que el propio Consejo de Estado galo calificó como “inhumano y degradante”. Los personajes de la nueva película del Michael Haneke, Happy End, viven en esta ciudad completamente ajenos a la tragedia de esos seres humanos, encerrados en su propia miseria emocional. Alegoría atinada y muy agria que el cineasta, desde la forma, describe como una perversa farsa.

“El tema de la inmigración y nuestra ceguera ante los verdaderos problemas se ven encarnados en Francia en la palabra Calais. No puedo hacer una película en torno a los inmigrantes, no conozco su vida a través de mi propia experiencia. Pero sí puedo rodar una película acerca de nuestra indiferencia ante cualquier sufrimiento”, explica Haneke en la nueva edición del libro Haneke por Haneke, una serie de entrevistas realizadas por los periodistas Michel Cieutat y Philippe Rouyer, y que ha llegado a España gracias a Jaime Gona y Ana D’Atri, ahora editores de El Mono Libre.

Ni vive ni deja vivir

Isabell Huppert y Jean-Louis Trigtignant, extraordinarios, Mathieu Kassovitz, Franz Rogowski y la niña Fantine Harduin, que parece haber nacido para ponerse en manos del director austriaco, son los protagonistas de esta película, una obra singular en la filmografía de Haneke, que apuesta más por la dispersión que por su constante obsesión perfeccionista. Estos actores son, en la película, una familia rica, burguesa, que ni vive ni deja vivir, pero tampoco muere ni deja morir.

Los miembros de la familia Laurent están encabezados por el patriarca, un octogenario viudo que quiere que le ayuden a morir. Con él viven su hija Anne, heredera de la constructora familiar, y su hijo Thomas, jefe de cardiología del hospital más importante de Calais. Ella tiene un hijo, el único de todo el clan que es consciente del abismo que les separa de los niños, mujeres y hombres del campo de refugiados. Thomas, casado por segunda vez, acaba de ser padre de un niño y debe ocuparse de la hija de su primer matrimonio. También tiene una amante. Todo muy burgués.

La indolencia general

“Los personajes de la película muestran los diferentes aspectos de esta indiferencia europea. Basta con decir que es terrible y dar un poco de dinero, ¡pero a todo el mundo le da igual! Está claro que no me refiero a la minoría que se compromete y va a trabajar al sitio donde ocurre. Pero la mayoría, y me incluyo, se muestra indiferente”, sentencia el cineasta, que en la película explica la indolencia general como un estado en el que viven estas personas, impasibles ante las angustias de su propia familia.

Los refugiados que han llegado, de una u otra manera, a Calais solo aparecen ocasionalmente y jamás se les escucha hablar, aunque protagonizan dos escenas absolutamente descriptivas de la postura europea respecto de ellos. La arrogancia planea sobre una de ellas y la caridad, sobre la otra. No hay un solo gesto de bondad desinteresada hacia los ‘otros’, materializados en la gran casa en la familia de sirvientes marroquíes y en la viuda y el hijo de un obrero contratado por la constructora y que ha sufrido un accidente laboral.

Michael Haneke durante el rodaje

"Resentidos, tristes y solitarios"

“Todo el tema de la inmigración de forma visual”. Casi al comienzo de la película Isabell Huppert conduce con la barrera del campo de refugiados a su derecha, una valla de cuatro metros de altura y kilómetros de longitud, a la que ella ni siquiera mira. “De forma muy clara en toda la duración de la escena se ve a la derecha la famosa barrera blanca construida para impedir el paso a los inmigrantes. Le queda al espectador saber identificar la barrera y las imágenes en función de sus conocimientos”.

Haneke se moja mucho más con ‘sus’ burgueses, aunque en el libro asegura que su “perspectiva es ambigua en relación a todos los personajes de la película. Esa familia es como nosotros. Todos somos egocéntricos, falsos e hipócritas. Y, a la vez, unos resentidos, tristes y solitarios”. Y, efectivamente, el clan Laurent es una pandilla de ricos insensibles, herederos de la tradición capitalista y de la alta burguesía, incapaz ya de empatizar nada más que con el dinero.

Y la descendiente, la que mantendrá viva la estirpe de indiferencia, es la pequeña Eve, la recién llegada, con la que empieza la película. La niña graba con su móvil a su madre mientras explica que está harta de oírla quejarse todo el día. Lo siguiente es un experimento, supuestamente letal, con su hámster, al que da las pastillas antidepresivas de la madre. Para ésta prepara un cóctel que la lleva directamente al hospital. Hay más relatos de muerte en la película, historias que se narran el abuelo y la nieta, escenas medidas al detalle por el cineasta, impactantes, pero tan frías como el corazón de todos los Laurent. Como el corazón de toda Europa.