Antonio Altarriba pinta cómic en las cuevas de Altamira
Anibal Malvar conversa con sus cigarras particulares para que le canten qué podemos leer en este verano de canícula y siesta.

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Antonio Altarriba (Zaragoza, 1952). Novelista, ensayista, catedrático de Literatura Francesa en la Universidad del País Vasco, guionista de historietas. Junto al dibujante Kim, recibió el Premio Nacional de Cómic 2010 por El arte de volar, novela gráfica sobre el suicidio de su padre en un geriátrico. El viejo Altarriba, antes de saltar por una ventana en 2001 a los 91 años, había dejado en un cajón 250 cuartillas garabateadas con recuerdos. Escribía para combatir la depresión: pensaba que su vida no había tenido sentido. Desertó de zona nacional tras el golpe franquista, y se alistó en las milicias cenetistas como conductor para transportar tropas al frente. Un trabajo peligroso: al primero al que se dispara es al conductor. Tras la derrota de la legitimidad republicana, fue internado en el campo de concentración nazi de Saint-Cyprien, en Francia, del que se fugó. Con aquellas 250 cuartillas que dejó el viejo que saltó por la ventana, Altarriba y Kim escribieron y pintaron El arte de volar. Un tebeo que, según dicen algunos, llega a la esencia de la memoria e historia de España. Que nunca vienen a ser lo mismo.
¿Cómo te ven?
Con buenos ojos. Persona afable que escucha a su interlocutor y hasta se pone en su lugar. Aprecian algunas de las cosas que conozco y hasta aceptan que les hable de ellas. Un poco pesado con algunos temas, sobre todo los más catastrofistas. Y es que no se dan cuenta de que el apocalipsis ya ha empezado. Procuro contenerme. ¡Pero cada vez hay más cosas que no tienen arreglo!
¿Cómo te ves?
Me veo mal. Tengo una miopía magna que me permite seguir mirando, pero viendo muy poco. Cada vez menos. De todas formas ya no me miro al espejo para afeitarme (lo hago al tacto). A mi edad, el espectáculo ya no resulta muy agradable. Me entusiasmo cuando escribo o cuando hablo, pero en seguida me doy cuenta que he dicho una tontería y me arrepiento mucho. Puedo pasar meses sin hablarme. Pero no me alivia porque, aunque no me lo diga, me lo escucho todo.
Una vez me contaste que el tebeo español del franquismo decía más de aquella sociedad pobre y temerosa que muchas grandes obras literarias o cinematográficas de la época. El tebeo eludía mejor la censura fascista: lo consideraban intrascendente. Pero Carpanta hablaba de la pobreza española, y con el desarrollismo pasó de vivir en una chabola a tener un pisito, pero seguía sin comer y soñando con un pollo asado al final de cada capítulo. En los Zipi y Zape se veía el maltrato infantil. Don Pantuflo les pegaba con la zapatilla, o los encerraba en un cuarto con ratones. Después, con el acecho de la democracia, Zipi y Zape empezaron a gozar de castigos menos severos.
Dentro del cómic, hay memoria histórica y sociología en general. Las viñetas han sido un buen espejo del mundo que nos ha tocado vivir. Incluso durante el franquismo, imperante la censura, los tebeos reflejaban las miserias del régimen. Quizá, al tratarse de publicaciones infantiles (en principio), no les prestaban mucha atención. Aunque no me lo pides, hablo también de los orígenes remotos del cómic. Es más, considero que la narrativa dibujada constituye el primer testimonio humano. La Historia no empieza con la escritura sino con la “inscritura” de dibujos por suelos y paredes. El logocentrismo lleva a estos errores. Antes que escritores, fuimos dibujantes y lo hicimos con más arte.
La cigarra Altarriba recomienda
Asterios Polyp, de David Mazzuuchelli (Salamandra Graphic, 2014): Trata de la improbable convergencia de un hombre y una mujer, muy distintos, y de cómo van destiñendo el uno sobre el otro para crear una bella historia de amor. Un proceso, un proyecto largo y delicado que estalla con la irrupción de lo imprevisible. Todas las posibilidades expresivas del cómic (formas, colores y hasta rotulación) al servicio de una gran historia.
Emigrantes, de Shaun Tan (Barbara Fiore Editora, 2016). Una larga historia en imágenes y sin un solo texto que consigue crear la sensación de extrañamiento que invade a todo emigrante en país lejano. Los dibujos y el baile de las viñetas transmiten con intensidad el amor, la nostalgia, el aburrimiento, el miedo... Todo un hechizo encasillado y de gran intensidad emocional. Sin palabras, porque el silencio está cargado de todos los sentimientos y de muchas sensaciones. Plasmado con esa belleza plástica, el silencio contiene todos los significados.
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