El ladrón que robaba por amor al arte y convirtió su dormitorio en un museo valorado en 1.500 millones
Stéphane Breitwieser es considerado "el mayor ladrón de arte vivo" y "el más eficaz del mundo".

Madrid--Actualizado a
¿Cómo es posible salir de un museo con un cuadro, una pistola de chispa, un clarín, una ballesta medieval o un maletín con material quirúrgico para trepanar cráneos sin levantar la más mínima sospecha? Durante años, Stéphane Breitwieser (Mulhouse, 1971) robó unas 250 obras de arte, por valor de unos 1.500 millones de euros, en centros de arte, galerías e iglesias, sin levantar la menor sospecha ni sentir el más mínimo remordimiento. De aspecto anodino —ni alto ni bajo, ni feo ni guapo, de rostro afable y vestimenta sencilla—, pasaba tan desapercibido que llegó a sustraer un óleo de Lucas Cranach el Viejo tasado en cinco millones justo antes de ser subastado por Sotheby’s en el castillo nuevo de Baden-Baden.
Además del retrato Sibila de Cléveris, su objeto favorito era una talla de marfil de Georg Petel que no destacaba por su tamaño pero sí por el cuidado del detalle. Adán y Eva había sido esculpida por Georg Petel y robada en la casa museo de su amigo Pedro Pablo Rubens en Amberes. Podríamos pensar que estas y otras muchas obras circularon por el mercado negro y fueron a parar a manos de pérfidos multimillonarios, a salvo de las miradas ajenas y solo para el disfrute de sus ojos. Sin embargo, la talla del escultor alemán reposaba en la mesa de noche del dormitorio de Stéphane, que vivía en la casa de su madre, ubicada en la ciudad alsaciana donde nació, a pocos kilómetros de la frontera suiza.
Aunque trabajaba como camarero, la señora Breitwieser podía presumir de que su hijo era un coleccionista de arte exquisito, pues en su hogar se exponían cuadros, joyas, relojes, tapices, armas, jarrones, libros y cerámicas. Extraña que Mireille no se hubiese preguntado por el origen de tanto objeto decorativo, pero más todavía que Stéphane hubiese escondido bajo su ropa, sin llamar la atención, un cáliz de nautilus, que compartía espacio en la mesilla con una tabaquera encargada por Napoleón, un jarrón de Émile Gallé y otras tres estatuillas de marfil —un material por el que sentía debilidad— de Cupido, de la diosa Diana y de la santa Catalina de Alejandría.
Al otro lado de la cama, su pareja, la enfermera Anne-Catherine Kleinklauss, puede observar nada más despertarse que ya no queda un espacio libre en el escritorio, la cómoda y la vitrina, repletos de sables, frascos de perfume, hachas, juegos de té y la dichosa ballesta. ¿Dónde la escondió? ¿Cómo fue capaz de escabullirse con un casco de caballero medieval? ¿No abultaba demasiado bajo un abrigo? En 1995, cuando cometió su primer robo, desmontó un cuadro de Christian Wilhelm Ernst Dietrich, lo metió bajo su chaqueta y salió tan pimpante del castillo de Gruyères. En otras ocasiones, cortaba los lienzos con una navaja —suiza, por supuesto— mientras su novia despistaba a los guardias.
Cuando los objetos eran pequeños, los guardaban en los bolsillos, por los que durante seis años fueron pasando tarros de boticario, copas de plata, broches de oro y un largo etcétera. La casa materna se había convertido en un auténtico museo, con sus paredes repletas de cuadros de maestros de finales del Renacimiento y principios del Barroco, entre los que figuran Lucas Cranach el Viejo, Brueghel el Joven, Hans Holbein, François Boucher, Jean-Honoré Fragonard, Antoine Watteau, Jan van Goyen o Alberto Durero. Un tesoro valiosísimo que pudo ser esquilmado gracias a la precaución de Breitwieser, cuyo objetivo eran museos pequeños, aislados, poco frecuentados y sin apenas medidas de seguridad.
"Tenía una sangre fría tremenda y actuaba con total impunidad, porque se sentía muy seguro", afirma Ana Trigo, autora de Ladrones de arte (Ariel). "Sobre todo, lo que me llama la atención es lo increíblemente desprotegidos que estaban los museos que elegía, a veces custodiados por un solo guardia que, a la hora de la comida, se marchaba y dejaba las instalaciones totalmente desprotegidas", añade la tasadora de arte, libros y antigüedades, quien también recuerda en su libro como Erik el Belga arrasó décadas atrás con pinturas, relicarios, retablos, códices y tallas románicas y góticas de abadías, iglesias, catedrales y monasterios españoles.
Ana Trigo advierte de que, tras el robo a plena luz del día de nueve piezas de las joyas de la Corona en el Louvre el pasado octubre, podrían dispararse los hurtos. La clave es adoptar la estrategia del ladrón francés: "Los pequeños museos a veces exponen piezas realmente extraordinarias, dignas de cualquier gran institución, pero al contar con un presupuesto tan reducido tienen que hacer auténticas virguerías para preservar su seguridad. No se pueden permitir sistemas de alarmas sofisticados o vigilantes en todas las salas permanentemente, y eso fue lo que aprovechó Breitwieser, aunque la cuantía y la espectacularidad de sus robos dista de los grandes golpes".
Si The Guardian lo calificó en su día como "el ladrón de arte más eficaz del mundo", Ana Trigo lo considera "el mayor ladrón de arte vivo". En su descargo habría que subrayar que no usaba armas ni hirió a nadie, que usaba unos simples destornilladores y unas pinzas antes de dejarlo todo como estaba, que no vendía las piezas sustraídas y que "se limitaba a acumularlas para disfrutar de su belleza en privado". En cambio, es una de las historias de robos célebres de grandes obras "más increíbles a la par que alarmantes, pues pone en evidencia la fragilidad de las figuras sobre las que recae la protección de nuestro patrimonio y la impunidad con que actúan quienes delinquen contra ellas", escribe en el libro, donde analiza las motivaciones de otro gran saqueador de arte, Hermann Göring.
Si Stéphane Breitwieser robaba por amor al arte, el comandante en jefe de la Luftwaffe lo hacía para "tener más prestigio dentro del Tercer Reich, pese a que él presumía de ser un gran amante del arte", según la autora del libro. "Coleccionista sagaz y despiadado, su motivación era ser admirado por los demás", aunque para ello tuviera que convertirse en uno de los mayores expoliadores nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Así, el lugarteniente de Adolf Hitler convirtió su mansión de Carinhall en "un inmenso mausoleo destinado a la memoria de su amada esposa", según Ana Trigo, cuya búsqueda de la belleza quizás era un intento de "huir de sí mismo y del horror de su propia existencia".
No cabe duda de que Breitwieser también ansiaba la belleza. Por ello, sorprende el destino que corrió su tesoro cuando fue detenido en 2001 tras volver al escenario de uno de sus delitos, el Museo Richard Wagner de Lucerna. Entonces, su pareja avisó a la madre de Stéphane y, hasta que las autoridades francesas fueron alertadas casi tres semanas después, tuvo tiempo para eliminar todas las pruebas que pudieran inculparlos. Es decir, destruyó una colección de arte valorada en unos 1.500 millones de euros, rompiendo, quemando, triturando y tirando a la basura los cuadros, mientras que las estatuillas, las cerámicas y las joyas terminaron bajo las aguas del canal de Rhône-Rhin.
Anne-Catherine Kleinklaus fue condenada a seis meses de cárcel por el delito de receptación de objetos robados. La señora Breitwieser, a dieciocho meses por destruirlos. Y, pese a que su pena ascendía a tres años, Stéphane solo cumplió veintiséis meses de prisión. Pronto volvería a las andadas, lo que motivaría sendas detenciones en 2011 y en 2019, pese a que en la tercera ocasión simplemente lo condenaron a arresto domiciliario. Ya no robaba por amor al arte, sino para conseguir dinero y no tener que depender económicamente de su madre. Hace dos años, la Policía lo cazó vendiendo objetos por internet, aunque nada se sabe todavía de más de sesenta piezas de su primer y gran botín.
"Poseía un don especial para pasar desapercibido y que nadie se fijara en él. Y, si alguien lo hacía, caía bien, porque era educado, amigable y tenía pinta de buena persona, en la que puedes confiar", destaca la autora de Ladrones de arte. También sangre fría, ya que solía dejar una nota en los huecos que dejaba en las vitrinas y las paredes de los museos que señalaba la ausencia de un Objeto retirado para estudio, para evitar que nadie diese la voz de alarma. Y bastante morro, pues charlaba con los guardias, robaba en el mismo escenario con escasas horas o días de diferencia y, en una ocasión, llamó a la Policía porque le habían rayado el coche, en cuyo maletero escondía sus trofeos.
Ana Trigo recuerda que "empezó poco a poco y, como no le sucedía nada, se envalentonó y cada vez robaba piezas más ambiciosas en museos más importantes". Perdió su aura romántica, sin embargo, cuando salió por primera vez de la cárcel. "Entonces pasa a ser un ladrón vulgar, convirtiéndose justamente en lo que más odiaba". Antes, en cambio, podía disfrutar contemplando su colección con un gozo muy especial, consciente de que era arte robado, lo que "convierte a la pieza en un fetiche". La autora del libro lamenta, sobre todo, la destrucción de tan valiosos objetos, pero también que Stéphane Breitwieser no permanezca entre rejas: "Estoy segura de que volverá a delinquir".

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