David Bowie, que llegó de las estrellas
En el décimo aniversario de su muerte este 10 de enero, recordamos las apariciones de David Bowie en el cine, donde ha sido refinado vampiro, soldado británico, viajero intergaláctico o malvado rey de duendes.

Madrid-
“Dijiste para siempre. Sin fin. ¿Te acuerdas? (…) Nunca envejecer. ¿Lo recuerdas? Por siempre joven”. Miriam Blaylock, la vampira más elegante, seductora y hermosa del cine, no cumplió la promesa que había hecho a su bello y refinado amante, John Blaylock, pero éste, en otra de sus identidades, la del artista David Bowie, sí alcanzó ese sueño de la eterna juventud, de la vida eterna "por los siglos de los siglos". Hoy, cuando se cumplen diez años de su muerte, le recordamos en sus apariciones en el cine.
Vampiro y violonchelista en El ansia, la película de Tony Scott de 1983, un universo cargado de erotismo y de tópicos que, sin embargo, con su trío de protagonistas -Bowie, Catherine Deneuve y Susan Sarandon- tenía todas las de ganar, el músico fue también en el cine alienígena, rey de duendes, soldado británico e incluso Poncio Pilato, Nikola Tesla y Andy Warhol.
"Espíritu indestructible"
Una estrella llegada de las estrellas, así fue su debut en el cine, en El hombre que cayó a la Tierra (Nicolas Roeg, 1976). Alienígena estiloso y listísimo, que necesitaba el agua de nuestro planeta para salvar el suyo, en esta película Bowie creaba un viajero intergaláctico, Thomas Jerome Newton, delicado, inocente y joven, siempre joven mientras todos los demás envejecían.
Y guapo y deseable y rebelde surgía en Feliz Navidad, Mr. Lawrence, donde coincidía con otro genio musical, Ryūichi Sakamoto, autor de la banda sonora por la que ganó el BAFTA que también trabajó como actor dando vida a Yonoi, el comandante del campo de prisioneros japonés irrefrenablemente atraído por el oficial británico Jack Celliers, en manos de Bowie. Probablemente, su mejor interpretación en el cine, este personaje le llegó gracias al éxito que tuvo en Broadway, donde encarnó al desdichado John Merrick, en un montaje de El hombre elefante, de Barnard Pomerance. El director Nagisa Ôshima vio este trabajo en Nueva York y quedó atrapado por lo que más tarde definió como el "espíritu indestructible" de Bowie.
Rodeado de marionetas
Indestructible y camaleónico, David Bowie pasó de un género a otro con el entusiasmo y la curiosidad del artista total. Y del horror de un campo de internamiento de guerra se lanzó poco después a compartir reparto con una fantástica panda de marionetas en Dentro del laberinto, donde se metía en la piel del rey de los duendes, Jareth, un personaje que secuestraba a un bebé para contentar a una jovencísima Jennifer Connelly.
Jim Henson, el creador de Los Teleñecos (The Muppets), era el director; Terry Jones, uno de los inigualables Monty Python, era el guionista; Bowie, además del rey villano, obsesionado por las pelucas, era el compositor de las canciones; Trevor Jones creó la banda sonora, y los duendes eran aquellas divertidísimas marionetas. Mucho talento reunido en una película que no conseguía del todo el equilibrio, pero que contenía mucha magia y muchos, tal vez demasiados, personajes correteando de aquí para allá.
"Reinas furiosas, travestis o marcianas"
Su época de personajes reales en la ficción cinematográfica despuntó con La última tentación de Cristo, en 1988. Martin Scorsese le llamó para que interpretara a Poncio Pilato después de que Sting rechazara el trabajo. El músico de The Police había estado también entre los nombres que se barajaron para Dentro del laberinto, pero en aquella ocasión fueron los hijos de Henson los que eligieron a Bowie de entre todas las opciones, en las que estuvieron también Prince, Mick Jagger y Michael Jackson.
En 1996, Julian Schnabel le convenció para que se convirtiera en Andy Warhol en Basquiat y en 2006 fue Christopher Nolan el que le sedujo para que interpretara al inventor Nikola Tesla en El truco final (El prestigio). “Nada es imposible”, decía Tesla al joven mago Robert Angier, en aquella película, en la que, una vez más, Bowie certificaba su extraordinaria cualidad camaleónica.
Por supuesto, David Bowie es mucho, muchísimo más que estos personajes que interpretó en el cine, pero con ellos demostró su insaciable curiosidad artística y cumplió uno de sus deseos, el de no "hacer del canto una ocupación a tiempo completo". El cine persiguió a la estrella de la música, al personaje público –"me ofrecen tantas películas malas. Y todas son reinas furiosas, travestis o marcianas"-, pero también buscó al artista apasionado, al ser humano con "hambre de experimentar todo lo que la vida tenía que ofrecer".




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