'Ernest Cole: Lost & Found', el fotógrafo que contó al mundo la infamia del 'apartheid'
El cineasta Raoul Peck estrenó en Cannes la película, un trabajo que recupera la figura y la obra de Ernest Cole, el fotógrafo sudafricano que reveló al mundo los horrores del apartheid. Su trabajo se silenció durante décadas. Exiliado, terminó durmiendo en las calles de Nueva York.

Madrid-
"Nos han despojado de dignidad y nos han envuelto en odio". La barbarie del siniestro régimen del apartheid en Sudáfrica se conoció gracias a las imágenes que tomó Ernest Cole, un fotógrafo negro sudafricano que tuvo que exiliarse tras la publicación de su libro House of Bondage, testimonio de todo el horror. A pesar del enorme prestigio que alcanzó durante su vida, de su extraordinario talento y de la incontestable trascendencia que tuvo su trabajo, es una figura prácticamente desconocida que ahora recupera el cineasta Raoul Peck en Ernest Cole: Lost & Found, una película profundamente triste.
Cole tuvo que salir de Sudáfrica, a la que no pudo regresar nunca más (se le retiró la nacionalidad). Vivió en EEUU y Europa, donde sufrió hasta la paranoia la condición de exiliado. Vagabundo en las calles de Nueva York en sus últimos años, murió en esta ciudad en 1990. En 2017 se descubrieron 60.000 negativos de su trabajo en una caja fuerte de un banco sueco. Sus fotografías habían sido silenciadas. ¿Quién las guardó allí? ¿Quién pagó el depósito durante tantas décadas? "Tu trabajo no desaparece de pronto, así como así", señala el cineasta, que al final de la película añade la información de un nuevo descubrimiento en 2024 de otras 504 fotografías, que hoy tienen un valor de entre 10.000 y 30.000 euros cada una.

"Solo europeos"
El propio Ernest Cole, con la voz de Lakeith Stanfield, es quien narra su vida a partir de un guion escrito por Raoul Peck. Sus cuadernos, los testimonios de amigos y familiares, documentos a los que accedió el cineasta, unas grabaciones que Rune Hassner hizo de él, informaciones de prensa y, por supuesto, sus fotografías han sido el material para la creación del relato.
Imágenes en blanco y negro de hombres negros tirados en la calle, de blancos trajeados golpeando a niños negros, de todos los carteles de segregación –en fuentes, baños, ascensores, puertas… "Solo europeos"–, de los guetos de Sudáfrica entonces, de las excavadoras que arrasaron con todo su barrio –"depuración de arrabales", lo llamaron–, de policías deteniendo a mujeres, niños y hombres negros, de dueños y sirvientes –blancos, los primeros; negros, los segundos–… componen una buena parte de lo que fue "mi vida en Sudáfrica y la de millones de personas".
Cronista de la crueldad
Consciente de que no podía seguir viviendo allí, "me expulsaron in absentia", se fue a EEUU. "Llevas contigo el olor de la prisión", dice a su llegada a Nueva York, "la humillación no desaparece". Cargado, pues, con toda la ira y el dolor, Ernest Cole se entregó en América a la fotografía, se dedicó a capturar la realidad de la población negra en el país. Descubrió que el espejismo de libertad e igualdad no existía, sus fotografías reproducen escenas parecidas a las de Sudáfrica: hombres negros tirados en las calles.
"Tener que mostrar la realidad tal cual es una cosa, pero tener que vivir para siempre siendo un cronista de la miseria, la injusticia y la crueldad es otra distinta". El libro que determinó su destino, House of Bondage, y su propia raza le limitaron, las revistas americanas solo querían ese tipo de material. "Pensábamos que el mundo nos recibiría con los brazos abiertos, pero nos equivocamos". Su siguiente parada, 26 meses después, fue Suecia, donde también se tropezó con la segregación y donde había muy pocas personas negras. Regresó a Nueva York. Sus últimas fotografías recogían también imágenes de hombres blancos pobres, caídos en la acera, en los bancos: "Sí, yo os veo".
El peso de la exclusión
"Extraño mi hogar y no puedo volver". Lo siguiente en la vida de Ernest Cole es una bajada a los infiernos de la depresión y la paranoia. Otros exiliados, como él, tampoco lo aguantaron, unos volvieron, los hubo que se suicidaron y algunos resistieron. Él no lo consiguió. Había alcanzado el reconocimiento a su trabajo, fotógrafos y especialistas prestigiosos lo habían alabado, pero él terminó abandonando sus cámaras, dejó de hacer fotografías y se convirtió en un fantasma, un vagabundo por las calles de Nueva York. El "peso de la exclusión" lo venció. Cole murió en un hospital de la ciudad. Su madre pudo acompañarle los últimos días y regresó con sus cenizas a Sudáfrica.
Ernest Cole: Lost & Found, que incluye material de archivos de acontecimientos políticos importantes durante la vida del fotógrafo, no se olvida de subrayar el trabajo que marcó su vida para siempre, el de mostrar la realidad de los negros en los años del apartheid. Así, Raoul Peck añade a su película testimonios reales ofrecidos por miles de víctimas durante La Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica. "Me metieron un tubo de metal por el ano y me dieron una descarga eléctrica".
El espanto, la ferocidad y la barbarie del apartheid que Ernest Cole dio a conocer al mundo, el mismo mundo que dio la espalda a millones de sudafricanos durante años, reaparecen en el cine no solo como recuperación de la obra de este artista, sino como memoria necesaria de lo que no debería volver a ocurrir. "Estoy seguro de que África será libre", dice en la película Cole, que se lamenta: "Todo puede ser tan sencillo".


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