"¡Pasen y vean el mayor espectáculo del mundo!"
Trapecistas, payasos, acróbatas y domadores han desfilado por la gran pantalla desde los días del cine mudo. Este 18 de abril, Día Mundial del Circo, recordamos algunos de los títulos que los han acogido.

Madrid-
"En ese preciso instante supe que quería volar". Burt Lancaster, uno de los nombres que más ha brillado en el universo de Hollywood y una de sus más deslumbrantes sonrisas, vio un número acrobático cuando tenía cinco años y se enamoró del circo. De familia obrera, consiguió una beca deportiva, pero terminó abandonando la Universidad para montar un espectáculo con su amigo de la infancia Nick Cravat para actuar como acróbata y trapecista en el circo de los hermanos Kay en los años 30. Después de la guerra y tras una lesión, arrancó su carrera en Hollywood, donde los cazatalentos comprendieron al instante que había nacido una estrella.
Lució su talento circense en algunas escenas de El halcón y la flecha (Jacques Tourneur, 1950) y El temible burlón (Robert Siodmak, 1952) -en las dos actuaba junto a su compañero del circo-, pero donde por fin revivió sus años de carreteras y carpas fue en Trapecio, la película de Carol Reed de 1957, en la que compartió protagonismo con Tony Curtis y Gina Lollobrigida, y en la que él mismo hizo la mayoría de las acrobacias, con la excepción del peligroso triple salto mortal, que terminó en manos de un especialista único, su amigo Nick Cravat.
Una idea romántica
"Cuando el circo era de verdad, volar era una religión. ¿Y ahora qué tenemos? Luces rosas, bailarinas de ballet, serrín azul. ¡Mucho alboroto!", se quejaba Mike Ribble, el antiguo trapecista al que daba vida Lancaster (ganó el premio al mejor actor en Berlín por este trabajo). Aquella idea romántica del circo era la que se mostraba en El mayor espectáculo del mundo, una magnífica producción dirigida por Cecil B. DeMille en 1952 que le arrebató inmerecidamente el Oscar nada menos que a El hombre tranquilo, Cautivos del mal, Solo ante el peligro y ¡Viva Zapata! James Stewart era el payaso, Charlton Heston era el empresario y Betty Hutto y Cornel Wilde, los trapecistas.
Samuel Bronston trajo a España en 1964 el rodaje de El fabuloso mundo del circo, una película de Henry Hathaway que indagaba en las interioridades de una compañía intentando esquivar la quiebra. El propietario era John Wayne, Claudia Cardinale era su hija adoptiva, una joven que quiere ser trapecista, y Rita Hayworth era la madre de la chica.
La monstruosidad del ser humano
Todas estas películas explotaban, de una u otra forma, una imagen medio idealizada del circo, que estaba a años luz de la que Tod Browning había mostrado en 1932 en la osada, sombría, tristísima y genial Freaks. Titulada aquí La parada de los monstruos, era una historia brutal que, desde un circo habitado por seres deformes y tullidos, ponía en evidencia la auténtica monstruosidad del ser humano.
Ese sórdido mundo que albergan en el interior los hombres quedaba retratado en la oscura y fatalista El callejón de las almas perdidas (2021), con la que Guillermo del Toro firmaba su admiración personal por la película de Browning, y que, a su vez, era un remake de la película de Edmund Gulding de 1947. Tan retorcida como esta, la del cineasta mexicano era un viaje por la vileza, la ambición y la sucia moral del ser humano, aunque también transitaba territorios de bondad, solidaridad y arrepentimiento.
Fellini y los payasos
Otros marginados, Zampanó y Gelsomina (Anthony Quinn y Giulietta Masina), eran los protagonistas de La Strada, la película de Federico Fellini que más enfrentamientos ha provocado, sobre todo en los días de su estreno en 1954. Ganadora del Oscar y del León de Plata a la mejor dirección en Venecia, esta historia ambientada en una feria de circo ambulante recibió durísimas críticas incluso de otros cineastas. La fuerza bruta, los maltratos y la soledad, pero también el amor, rondaban a estos personajes con una poética que llevaba el sello del cineasta.
Años después, Fellini rodó la película documental Los clowns (1970), un precioso trabajo cargado de nostalgia que ganó un David di Donatello especial, y en la que el cineasta confesaba su obsesión y amor por el circo y reivindicaba el arte de los payasos.
Y payasos eran los españoles Fernando Rey en Zampo y yo (Luis Lucia, 1965), primera película de una jovencísima Ana Belén, que tenía 14 años; y Antonio de la Torre y Carlos Areces, en Balada triste de trompeta (Álex de la Iglesia, 2010). Tierna la primera, muy sombría la segunda, en ambas se sugería el desprestigio de los artistas de circo.
Horror, terror y circo
Ninguna de ellas se acercaba al pánico que cundía en el circo inglés de mediados del siglo pasado, donde el doctor Rossiter cometía sus crímenes en Circo de los horrores, (Sidney Hayers, 1960), ni a la ferocidad de Nick Coster (Humphrey Bogart) en El circo sangriento (Ray Enright, 1941) y a su decisión de encerrar en la jaula del león al joven Matt Varney (Eddie Albert). Tampoco eran tan tristes como Dumbo, la producción de animación de Disney de 1941.
Y, desde luego, no había en ellas ni un ápice de la comedia que desplegaba felizmente Charlot en El circo (1928), última película muda que hizo Chaplin, o la de Una tarde en el circo (Edward Buzzell, 1939), donde salían a escena los irrepetibles Hermanos Marx al rescate de un hombre y su circo. El circo ha llegado a la ciudad. ¡Bienvenidos al circo!






Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.