El poder de las hormigas: cuando la televisión amable se transforma en un altavoz político
De Felipe González a Mariano Rajoy, las intervenciones políticas en programas de entretenimiento reflejan una estrategia marcada por la audiencia, el poder económico y la lucha por la conversación pública.
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El 22 de mayo de 2025, la visita de Felipe González a El Hormiguero no solo dejó titulares políticos, también disparó la audiencia hasta el 18,4% de cuota y cerca de 2,3 millones de espectadores —el segundo mejor dato del año para el programa—. No era un especial informativo ni un debate electoral: era un espacio de entretenimiento en prime time.
En los últimos meses, por el plató del programa han pasado expresidentes, presidentes autonómicos, actores y colaboradores que han deslizado valoraciones explícitas sobre política y sociedad. Declaraciones que, en otro formato, habrían ocupado el terreno del análisis político tradicional, pero que aquí circulan entre experimentos, humor y promoción cultural.
Para Fernando Quirós, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, este fenómeno no es accidental ni anecdótico. Desde su especialidad —la economía política de la comunicación— la creciente presencia de discurso político en programas de entretenimiento responde a las lógicas estructurales del sistema mediático: maximización de audiencia, rentabilidad publicitaria y circulación de poder simbólico.
“El entretenimiento opera como un espacio de mediación donde los mensajes políticos se perciben como espontáneos y personales, no como estrategias comunicativas”, sostiene Quirós. Esa apariencia de cercanía reduce el umbral crítico de la audiencia y convierte el prime time en un canal de influencia indirecta. En este sentido, este tipo de declaraciones no deben analizarse como intervenciones aisladas, sino como “parte de un ecosistema comunicativo donde el entretenimiento se convierte en un vector privilegiado de circulación política”.
De caso puntual a patrón recurrente
La secuencia posterior confirma que el caso del expresidente socialista no fue un episodio puntual. En septiembre, el colaborador habitual Juan del Val puso en duda la intención de Pedro Sánchez de presentarse como candidato en 2027. Y un mes después, compartió mesa con Pablo Motos, Cristina Pardo, Nuria Roca y Tamara Falcó en una conversación centrada en la polarización política y en la identificación de responsables directos del clima de confrontación: un debate emitido en la franja estelar de la televisión lineal.
También Mariano Rajoy participó en esta cadena de intervenciones con una visita que se tradujo en cifras destacadas de audiencia y repercusión mediática. Ya en 2026, el actor Hovik Keuchkerian adoptó un tono más introspectivo para reflexionar sobre las etiquetas ideológicas y cuestionar la dinámica de señalar como “facha” o “rojo”. Apenas veinticuatro horas después, Emiliano García-Page elevó el tono: habló de “niveles de degradación” inéditos en la política española, reivindicó a Felipe González como “un líder con mayúsculas” y alertó de que la crispación aleja el debate público del espíritu de la Transición.
Ese desplazamiento del discurso político hacia el territorio del espectáculo no es solo una consecuencia de la estructura mediática, sino también una estrategia consciente dentro de una competencia cada vez más feroz por la atención pública.
Entre audiencia e influencia
Ahí es donde el análisis académico dialoga con la ficción. En Supermame, Pablo Álvarez Almagro retrata a un ejecutivo capaz de convertir cualquier inquietud social en producto televisivo si eso garantiza audiencia. Para el autor, el auge de formatos que mezclan información, opinión y entretenimiento responde tanto a esa lógica narrativa como a una presión industrial creciente.
“La lucha por las audiencias es brutal”, sostiene. La televisión generalista —sacudida por el avance de YouTube y las redes sociales, especialmente entre los públicos jóvenes— ya no puede limitarse a vender espacios publicitarios. Necesita ofrecer algo más, por ejemplo, capacidad de influencia: “crear opinión pública o manipularla”, resume.
La diferencia con etapas anteriores, añade, no es que la televisión haya descubierto ahora su poder, sino que ese poder se ejerce en un contexto de fragmentación extrema y competencia directa con plataformas digitales que han alterado los hábitos de consumo. En ese entorno, el impacto inmediato se impone sobre el contexto y la complejidad.
Un entorno muy comercializado
Ese marco competitivo conecta con el diagnóstico estructural de Fernando Quirós. Detrás de la normalización del discurso político en el entretenimiento sitúa un factor determinante: el poder económico que organiza el sistema mediático.
En un entorno fuertemente comercializado, explica, la prioridad es maximizar audiencia y rentabilidad publicitaria, lo que incentiva la búsqueda de contenidos polémicos o emocionalmente intensos, la selección de invitados con alto valor simbólico y la incorporación de la política en clave de espectáculo.
Según el académico, la propiedad también influye: “los grupos de comunicación forman parte de conglomerados con intereses políticos y empresariales que, sin necesidad de ejercer censura explícita, establecen marcos preferentes y límites implícitos sobre qué discursos se amplifican”.
Humanización estratégica y autoridad simbólica
Álvarez Almagro desarrolla esta lógica en su novela, donde la construcción de liderazgos mediáticos ocupa un lugar central. Explora cómo la televisión puede dotar de magnetismo y credibilidad a figuras cuya autoridad no siempre descansa en conocimiento experto: el mero hecho de disponer de un altavoz masivo genera una pátina de legitimidad. “Mucha gente cree que, si alguien dice algo en un medio de comunicación de masas, será verdad necesariamente”, advierte.
Fernando Quirós formula el mismo fenómeno en términos de poder simbólico. El capital cultural, mediático o político del invitado amplifica el impacto de sus palabras. “Un actor reconocido, un expresidente o un presentador con gran audiencia no hablan desde la igualdad: hablan desde una posición de autoridad simbólica que condiciona la recepción del mensaje”, explica. La celebridad actúa como multiplicador de legitimidad y la audiencia tiende a interpretar esas intervenciones como más representativas o informadas, incluso cuando no adoptan la forma de discurso político formal.
En Al final del camino. Periodismo con alma: filosofía, enseñanza y resistencia, el catedrático amplía el foco y vincula este fenómeno con la concentración mediática y la arquitectura algorítmica que estructura hoy el espacio público. La eficacia de estos formatos, sostiene, radica en su inserción en los hábitos cotidianos de consumo. “Los discursos más eficaces son aquellos que se insertan en formatos donde la audiencia baja su nivel de vigilancia crítica”. Así, la política no irrumpe: se desliza. Se integra en la conversación diaria sin activar necesariamente los filtros del escrutinio informativo.
Ahí aparece la paradoja central. El debate ya no circula exclusivamente por los cauces del periodismo ni por los espacios de análisis político. Los programas de entretenimiento no están sujetos a las mismas exigencias de contraste y contextualización, pero compiten en la misma carrera por la influencia y por fijar los marcos de la conversación pública. En esa asimetría —reglas distintas, ambición semejante— se dibuja una de las transformaciones más silenciosas del audiovisual contemporáneo.
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