¿Vivimos el crepúsculo de la humanidad?
Las series actuales nos confrontan con nuestros mayores temores: el dolor, la muerte, el colapso. Dicen algo que no queremos oír: que todo termina, que todo cambia.

Suele afirmarse que A dos metros bajo tierra y Perdidos marcaron un antes y un después en la historia de la televisión por su ambición técnica, su complejidad narrativa y la comunidad global que congregaron. Pero el verdadero punto de inflexión no fue formal ni comercial, sino existencial. Esas dos producciones exploran algo que tememos profundamente y que, justo por eso, intentamos ignorar: el final. Desde sus adictivos planteamientos hasta sus conmovedores desenlaces, ambas funcionan como recordatorios de que la vida tiene un límite innegociable.
Durante décadas, la televisión fue una válvula de escape. Las series, muy humildes en comparación con el cine, ofrecían cobijo frente a las tensiones cotidianas. La llamada "caja tonta" no pretendía agitar conciencias, sino anestesiarlas. En el siglo XXI, sin embargo, el pacto con el espectador ha cambiado: las ficciones ya no nos invitan a desconectar, sino a abrazar verdades incómodas. Exigen atención plena, y no solo por la complejidad de sus tramas —si parpadeas durante un episodio de Separación, te pierdes—, sino sobre todo por la densidad emocional que transmiten.
Yellowjackets, donde un grupo de adolescentes sobrevive a un accidente de avión y queda atrapado en un entorno salvaje, ilustra esta tendencia. El guion alterna pasado y presente, pero siempre orbita alrededor del trauma. Estas jóvenes no están hechas para el heroísmo, sino para la resiliencia. Plantan cara a la muerte por primera vez sin épica ni redención, con la torpeza y la vulnerabilidad de quien descubre que no hay respuestas. Esa es su única certeza.
Tamaña angustia, tradicionalmente ausente en la ficción popular por su carácter tabú, se ha convertido en uno de los motores del éxito televisivo. Como si, de repente, hubiéramos tomado conciencia de nuestra fragilidad. Íbamos en esa dirección, pero la covid acabó de empujarnos. No es casual que uno de los mayores fenómenos postpandemia haya sido El juego del calamar, una pesadilla coreana donde personas endeudadas aceptan participar en una competición mortal. Al principio parece haber margen para la victoria, pero pronto se revela la trampa: ni el pueblo puede vencer a las élites, ni el ser humano escapar de su mortalidad.
Una idea similar recorre Alice in Borderland, estrenada antes, pero popularizada después. Sus protagonistas, sumergidos en una Tokio alternativa, deben superar juegos mortales para sobrevivir. La serie es críptica, a ratos onírica, pero contundente: las segundas oportunidades están descartadas. En un videojuego puedes empezar de nuevo; en la vida, no. ¿Quién no ha deseado alguna vez retroceder unos segundos, consciente de que un detalle minúsculo podría haberlo cambiado todo?
El apocalipsis zombi, como subgénero, ha ganado fuerza últimamente. The Walking Dead y The Last of Us no hablan de los muertos vivientes, sino de lo que queda de nuestra esencia cuando todo se derrumba. El enemigo resulta perturbador precisamente porque representa (y saca) la peor versión de nosotros mismos. Y es que el foco está en quienes deben seguir adelante, conscientes de que nada volverá a ser igual.
The Walking Dead, que se prolongó durante once temporadas e inspiró secuelas, precuelas y spin-offs, se preguntaba si la civilización podía reconstruirse tras el colapso total. La respuesta no era optimista, pero tampoco definitiva: incluso entre las ruinas, la especie humana parecía capaz de reconstruir valores y vínculos. Porque, como nos enseñó Perdidos, la oscuridad puede ser inmensa, pero rara vez logra extinguir la luz. A veces, basta un gesto para que la vida recobre significado.
Hoy, la muerte no es solo física. Es simbólica, política y cultural. Está en todas partes. Las guerras, la precariedad, el cambio climático y el auge del extremismo conforman un horizonte asfixiante. A esto se suma la sobreinformación: ya no es posible ignorar lo que ocurre en Gaza, Ucrania o Irán. La desgracia es cotidiana, sea nuestra o ajena. Y nos sentimos impotentes. ¿Vale la pena siquiera poner nuestro granito de arena? ¿Sí? ¿Y dónde lo hacemos?
The Last of Us, basada en el rompedor videojuego homónimo, propone una alegoría de nuestra creciente desolación: un planeta devastado por un hongo parasitario, donde la inquietud es el nuevo aire. El eco de la pandemia está por todas partes: la cuarentena, la pérdida de contacto, la sensación de que la realidad, tal y como la conocemos, ha llegado a su fin. En 2020, la exitosa Black Mirror hizo una pausa. Sus creadores dijeron que nuestro día a día ya era suficientemente distópico. Por una vez, nadie discutió su decisión.
Pero el pesimismo no es patrimonio exclusivo de los mundos postapocalípticos. Las últimas ganadoras del Emmy a la mejor comedia —Hacks, Fleabag, Ted Lasso, The Bear, Schitt’s Creek— están atravesadas por la pérdida, el duelo y la ansiedad. La sitcom tradicional, con risa enlatada y felicidad garantizada, ha cedido terreno a relatos más ambiguos, donde el humor convive con la tristeza. En Ted Lasso, el optimismo surge del sufrimiento, no a pesar de él. En Fleabag, basta una frase para recordarnos que algunas heridas no cierran. Y qué decir de The Bear, donde todos arrastran una pesada carga. Los chistes, bajo su aparente impasibilidad, ejercen de escudo, permitiéndonos llegar a lugares que el drama evita.
Incluso los momentos felices son conscientes de su efimeridad. La inolvidable secuencia final de A dos metros bajo tierra —que no conviene arruinar a quien aún no la haya visto— se ha convertido en paradigma de cómo la televisión puede abordar la muerte con belleza y lucidez. No es un simple punto de giro: es una revelación. Porque, sin necesidad de subrayados, nos recuerda que nada es para siempre, pero que precisamente por eso cada instante importa.
Sobra decir que la televisión en abierto mantiene sus viejos formatos: telediarios con tono impasible, concursos evasivos, telenovelas edulcoradas. Pero las plataformas apuestan por relatos más incómodos, más… crepusculares. Las noticias pueden abordar un genocidio con neutralidad; una serie de éxito nunca dejará atrás el sentimiento.
El juego del calamar y The Last of Us no ofrecen soluciones, pero sí consuelo. Paradójicamente, desde la oscuridad. Hay un alivio extraño en ver reflejada nuestra ansiedad, en descubrir que otros —aunque sean personajes de ficción— también dudan, tropiezan y luchan por seguir adelante, también se preguntan qué hacen aquí. No buscamos falsas ilusiones, sino compañía en el desasosiego.
En un mundo que se desmorona, estas historias no solo narran tragedias, sino que cumplen una función casi terapéutica: nos permiten procesar el miedo y la incertidumbre de manera controlada. La ficción se convierte así en un espacio donde afrontamos nuestras ansiedades, aceptamos nuestras vulnerabilidades y, de vez en cuando, encontramos formas de seguir adelante, a pesar de todo.
¿Vivimos el crepúsculo de la humanidad? Tal vez. La sombra es larga y no deja de crecer. Pero, incluso en la penumbra, surgen destellos. Y, mientras recordemos colectivamente que seguimos aquí, algo de esperanza permanecerá.


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