Eduardo Jordá, escritor: "Bob Dylan ha influido a todos los premios Nobel"
El autor afincado en Sevilla se atreve con el inefable músico en el ensayo 'El número cero'.

Sevilla-
Escribir un retrato de Bob Dylan (Duluth, Minnesota, 1941) es como tratar de atrapar el agua en cierto sentido. Se trata de un hombre que tiene centenares de canciones publicadas, que las modifica a su antojo en cada ocasión y que, en definitiva, las ha visto de todos los colores; un tipo que de algún modo, parece, ha huido de sí mismo y, a pesar de haberlo logrado, sigue a la fuga en un viaje sin fin por salas de concierto y pabellones de todo el planeta. El perfil que ha escrito Eduardo Jordá (Palma de Mallorca, 1956), que se ha metido de lleno en esa acuática tarea, se llama Número Cero, retrato de un hombre invisible, no es en absoluto complaciente y ofrece, desde un profundo conocimiento de la obra del premio Nobel de literatura, diversos niveles de análisis. Lejos de pretender ser exhaustivo, el brebaje de Jordá va a la esencia del personaje, explora la profundidad de las letras de un hombre que contiene multitudes y tiene una inmensa erudición libresca y musical y que se presenta, en definitiva, como un hombre de mil caras, como un reflejo en múltiples espejos.
Da la impresión de que Dylan es un iconoclasta que podría estar inmerso en una revolución antidylan ¿Lo es?. "Es que es lo que ha hecho continuamente", responde Jordá mientras atiende a Público en una agradable plaza sevillana, ciudad en la que habita. "Cuando Dylan ya tenía una imagen estereotipada ¿qué hacía en el siguiente disco? Se escapa. Se escabulle. Ahora soy un cantante psicodélico. Y ahora soy un cantante que canta las virtudes del hogar con la familia y cuatro hijos. Y los hippies: ¿Cómo que ahora cuatro hijos en el porche como si fuera un vendedor de biblias? Hay que tener personalidad para eso".
"Y luego —continúa Jordá— empieza a sacar cosas que nadie sabe a qué vienen, porque rompe con todos los esquemas y saca un disco Rough and Rowdy Ways, que es una joya. Y es complicado, es un disco que habla de la muerte. Dylan tiene más de 80 años. Habla de qué queda de nosotros, de qué memoria dejamos ¿Qué hay más allá? Le da vueltas al tema".
"¿Sabes a qué conclusión llega?", plantea Jordá. "Lo que dejamos es la música. Podemos dejar lo que queremos, lo que amamos y en su caso es la música. Es maravilloso, pero además lo dice sin ningún tipo de engolamiento. Como un un tío que está ahí tocando el piano con 80 tacos y dice: 'Lo que va a resistir, lo que va a perdurar, es lo que hemos amado y la música que vamos a dejar atrás. En su caso es lo mismo: amar y componer y escuchar es todo lo mismo".
Sobre la concesión del Nobel de literatura a Dylan, Jordá aporta la siguiente reflexión: "Dylan nos ha influido a todos. Si miras los ganadores del Nobel de literatura de los últimos 20 años, todos han escuchado a Dylan, lo han leído y han profundizado y lo han asimilado. Por ejemplo, el último que lo ganó, Laszlo Krasznahorkai. Tiene una influencia muy relativa. De una forma o de otra, Dylan los ha influenciado a todos. Eso es una presencia que no tiene nadie".
"Si eres escritor —añade Jordá—, ¿puedes aspirar a llegar a 50.000, 100.000 personas con mucha suerte, pero ¿a cuántos oyentes o lectores ha llegado Dylan? A millones y millones y millones y los ha influenciado. Hay un antes y un después de Dylan. Comprendo que haya gente que le tenga tirria porque es una persona muy complicada. Como Ulises, ahora que ha salido [la película y] la última traducción, de Emily Watson: háblame, musa, de ese hombre complicado que vivió toda clase de vidas y anduvo errante después de haber destruido el alcázar de Troya".
Recuerda Jordá que Dylan hizo una referencia a la Odisea cuando le dieron el Nobel. Citó la Odisea, Moby Dick y Sin novedad en el frente. ¿Y la biblia? ¿Por qué no lo citó? "La biblia es un tema tan delicado. Tuvo la época cristiana, luego la dejó. Pero si lees las letras, la biblia está en todas las letras de Dylan. Es imposible leer a Dylan sin tener presente la Biblia. Y el tío conoce la Biblia como si fuera un predicador de Minnesota". Jordá se lanza: "Tiene mil caras este hombre. Tiene mil caras. Una cara es un predicador, otra un lector voraz, otra un Pessoa de Minnesota, otra un ser solitario rodeado de fantasmas que son él y no son él y a los cuales les atribuye su vida porque no quiere hablar de su propia vida".
El impacto de Dylan, ¿ha sido un impacto más para hombres que para mujeres? Responde Jordá: "Es más masculino. Ahora un poco con efecto retardado está llegando a las mujeres. Está la profundidad de las letras, la complejidad, algo que no encuentras en una canción pop normal. Cuando Dylan compone una canción, mete todo lo que ha escuchado, todo. Y a lo mejor lo mete en tres minutos de una canción, pero ahí mete blues, Nueva York, una canción que oyó en una película... Tiene una memoria prodigiosa. Es como un Spotify andante: lo lleva todo metido dentro. Lo filtra y lo convierte, lo mismo que Pessoa. Viene de toda una tradición ingente de canciones, de letras, de poemas, de películas. Por eso, una letra suya tiene tantas referencias, es tan rica y tan densa. Mira que Lennon era un grandísimo poeta también, pero no hay punto de comparación".
Dylan ya hace mucho que ha abandonado ese parte del personaje de defensor de los derechos civiles. ¿Ahora con Donald Trump, no dice ni pío, no opina al respecto? "Dice", responde Jordá. "Lo que pasa —explica— es que rompió con todo eso de ser el profeta de su generación. Todo el mundo sabe lo que piensa, pero él no lo dice porque le da mucha rabia que lo usen. Pero hay una cosa muy buena. Ahora, cuando lo de Irán, estaba de gira y empezaba los conciertos con una canción de la época de la guerra fría, Masters of War. La ha puesto como la primera canción. Eso es un mensaje. No es el típico mensaje en las redes. No, pero a la manera dylaniana es un mensaje. Está claro lo que está diciendo".
"Lo mismo hizo —agrega Jordá— cuando le dieron el premio Nobel. Cambió el orden de las canciones y empezó con una que se llama Things have changed. Simplemente habla de una vida en que continuamente ocurren cosas que te cambian".
Entre toda esa obra de Dylan, donde no hay una canción mala, a juicio de Jordá, ¿con qué cinco discos se queda? No es una elección fácil, admite el autor de la novela Pregúntale a la noche (2007) y los libros de relatos Playa de los Alemanes (2006) y Yo vi a Nick Drake (2014), pero se tira, entre dudas, a la piscina: "Mira, Highway 61", le sale a bote pronto.
"A ver, podría poner montones, es que este tío no tiene nada malo al final. No tiene nada malo, ni siquiera los que les dicen malos. Esos son buenos. Los malos son muy buenos. Yo los he escuchado preparando este libro y los malos son muy buenos. Muy buenos". "Entonces, Highway 61, Blonde on Blonde", retoma. "No es fácil elegir", dice. Piensa y añade: "New Morning". "Cada fan elegiría cinco distintos. Es que Dylan puede sacar 50 canciones ahora mismo, ahora mismo", añade Jordá. "Y The Basement tapes", cierra. Nunca añadió el quinto.



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