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Joker La risa demente y patética de Joaquin Phoenix que vale una película entera

La interpretación de Phoenix vale mucho más que el León de Oro que ha ganado él solo en Venecia para la película de Todd Phillips. Inmenso trabajo del actor para un filme que bebe de grandes escenas del cine y resulta demasiado solemne.

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Media: 3.60
Votos: 10

Phoenix, en una secuencia de la película.

“No he sido feliz ni un minuto en toda mi puta vida”. Joaquin Phoenix / Joker recorre un calvario diario vestido de payaso por las infectas calles de Gotham, desbordadas de basura, pestilentes, sofocadas por la ira de sus habitantes. Un demente escondido tras el maquillaje blanco de su rostro, un desequilibrado que ríe cuando quiere llorar. Y esa trágica y espeluznante risa de Phoenix es una película entera.

Tan sobrecogedora, tan infeliz y enajenada, tan dantesca es la carcajada de Phoenix que pone los pelos de punta. Monumental, la interpretación de este actor vale mucho más que el León de Oro del Festival de Venecia que ha ganado él solo para la película de Todd Phillips. El actor, inmenso. La película ya es otra cosa.

Un perturbado en el límite

Inspirada en el personaje de DC Comics que crearon Bill Finger y Bob Kane sobre una idea de Jerry Robinson, la película sigue los pasos, desdichados y patéticos, de Arthur Fleck, un tipo al margen de la sociedad, que vive con su madre enferma y que se gana la vida vestido de payaso, haciendo publicidad callejera, actuando en hospitales infantiles… Su sueño es convertirse en comediante y aparecer en el programa de Murray Franklin (Robert de Niro).

Está enfermo, es un perturbado, un desgraciado que se mantiene en el límite gracias a la medicación. Cuando el ayuntamiento de Gotham recorta los recursos de los servicios sociales y cierra el centro psiquiátrico al que acude, todo a su alrededor se distorsiona. Entonces, Todd Phillips convierte a este hombrecillo en una especie de Travis Bickle (Taxi Driver) colérico, cabreado con el mundo.

"La bestia que llevamos dentro"

No es el único reflejo de un gran título de la historia del cine que se vislumbra en Joker. Arthur Fleck / Phoenix bailando en su casa, en la penumbra, con movimientos alucinados, en una danza desatinada, es un brillante espejismo del capitán Willard / Martin Sheen completamente borracho en el hotel esperando que le asignen su misión (Apocalypse Now).

El trabajo de Joaquin Phoenix es impactante, turbador, hasta el extremo de que la deriva del personaje hacia la violencia, su transformación en un líder de la turba enfurecida de las calles, puede ocultar por completo lo que se está cocinando a su sombra. El fracaso social, la depresión económica, la rabia, la desesperación ciudadana desemboca, gracias a la iniciativa de un psicópata, en una marea de destrucción y barbarie.

“Creen que no va a salir la bestia que llevamos dentro”, dice poco después de haber hecho la gran confesión: “Yo no creo en nada”. Nihilismo para tiempos de crisis o, agazapado tras la superdotada interpretación de Phoenix, un mensaje bastante más necio, el de la venganza personal, la mezquindad de la masa, el pueblo convertido justamente en eso, en una masa informe de salvajes que confunden revolución y protesta con desmanes y ensañamiento.

Además, una música que subraya demasiado, innecesaria al lado de la colosal interpretación del actor; unas explicaciones a sus ensoñaciones bastante molestas y, sin intención de desvelar nada, un origen de todos sus males repetido hasta la saciedad en el cine, fastidioso y bastante tedioso ya para la mitad de la población del planeta.

Joaquin Phoenix en 'Joker'.

Un alma cargada de furia

“Hubo momentos en que sentía pena por él, llegué a comprender sus motivos, pero enseguida sentía rechazo por las decisiones que tomaba –ha escrito Joaquin Phoenix en las notas de producción de la película–. Interpretar a este personaje fue un desafío para mí como actor, y sabía que también sería un desafío para el público y sus ideas preconcebidas sobre el Joker, porque en su mundo ficticio, al igual que en nuestro mundo real, no hay respuestas fáciles”.

“¿Soy yo o el mundo está cada vez más loco?”, pregunta Arthur Fleck en la última sesión con su psiquiatra. A partir de ahí y paso a paso, Joaquin Phoenix trabaja a conciencia en la transformación del personaje. El tipo delgado, malnutrido, solo, desconectado y enfermo, que cojea un poco cuando camina, carga su alma de furia. Se tiñe el pelo de verde, se viste de payaso, clown histrión y amenazante, y se lanza a la venganza. Se mueve con soltura y arrogancia. Ahora es el Alex / Malcolm McDowell de La naranja mecánica.

Y baila bajando las escaleras de su barrio, la empinada escalinata que con tanto esfuerzo y desidia ha recorrido hacia arriba todos los días de su vida. Baila en una danza de jactancia, de liberación de todas las burlas recibidas. Y como Canio, el payaso del aria Vesti la Giubba (Pagliacci), “transforma en bromas la congoja y el llanto; en una mueca los sollozos y el dolor. ¡Ríe del dolor que te envenena el corazón!”. Ríe, payaso, ríe.