Entrevista a María Eugenia Rodríguez Palop"El feminismo es la gran revolución de nuestro tiempo"
La profesora de Filosofía del Derecho entrevista en el libro Conversaciones urgentes a doce pensadoras feministas, entre ellas Silvia Federici, Patricia Hill Collins, Seyla Benhabib o Rita Segato.

Madrid--Actualizado a
María Eugenia Rodríguez Palop (Llerena, 1970) ha vuelto a las aulas tras ejercer como eurodiputada de Unidas Podemos y como secretaria de política internacional y europea de Sumar. Especialista en derechos humanos y democratización, la profesora de Filosofía del Derecho en la Universidad Carlos III de Madrid publica el libro Conversaciones urgentes. Doce pensadoras para un presente crítico (Icaria), donde entrevista a las feministas Silvia Federici, Seyla Benhabib, Rosi Braidotti, Eva Illouz, Maristella Svampa, Alda Facio, Patricia Hill Collins, Alessandra Facchi, Yayo Herrero, Kajsa Ekis Ekman, Morena Herrera y Rita Segato.
¿Qué es hoy lo verdaderamente urgente en el pensamiento y la práctica feminista?
Poner sobre la mesa a las voces acreditadas del feminismo. Primero, porque está siendo objeto de un ataque voraz y furibundo por parte de ciertos movimientos sociales y formaciones políticas. Segundo, porque hay un pseudofeminismo en marcha, integrado por feministas patriarcales —valga el oxímoron— que se han apropiado de algunos puntos del programa feminista y que son muy peligrosas para las mujeres, como Giorgia Meloni o Marine Le Pen. Y tercero, porque incluso desde los biempensantes o desde el fuego amigo hay mucha confusión con el feminismo, que es un movimiento macro y micro, un proyecto integral de vida y eminentemente antisistémico y antisistema. Cuando nuestros compañeros y compañeras, desde el sistema, han pretendido ser la voz del feminismo, no siempre nos han hecho un favor a las mujeres. Por esas tres razones hace falta volver a estas voces acreditadas. Se ha hecho mucho ruido en nombre del feminismo y es necesario empezar a clarificar.
A nivel español, ¿cómo han afectado las fricciones producidas desde el Ministerio de Igualdad, antes con Podemos y ahora con el PSOE, a la relación entre los socios de Gobierno?
Históricamente, en el feminismo siempre ha habido fricciones, por lo que hay que vivirlas con naturalidad. Lo peor es intentar representar todo el feminismo desde un partido o un ministerio. La política institucionalizada tiene la tentación de cooptar el fenómeno y las voces acreditadas, algo que nos ha hecho daño. Hay que tener más humildad cuando se ocupa un cargo, escuchar, ser permeable y no pretender ni tener la más mínima ambición de representar a un movimiento histórico, variado y plural. Decir "esto es feminista y esto no" es ridículo, esperpéntico y un error que cometen la política institucionalizada y todos los partidos.
¿Cree que está calando en España, sobre todo en las mujeres más jóvenes, el movimiento anglosajón de las tradwifes, es decir, de las esposas tradicionales?
Bueno, ahí está Roro, que está haciendo esa labor, y también hay algunas posiciones gatopardistas en esa línea. Creo que el movimiento tradwife puede calar. No estamos en una situación de emergencia, pero sí nos aproximamos peligrosamente a esa regresión, que se está manifestando ya en el ámbito de los derechos sexuales y reproductivos, en una visión muy represiva de la familia y en un natalismo absolutamente orientado a volver al rol conservador de madre.
Esa relectura le resulta muy útil a las derechas para desarrollar un programa de alto voltaje, infinitamente más amplio que el de redefinir la familia o el natalismo. Cuando uno se alinea con este tipo de propuestas, quiere una nación homogénea —véase la teoría del Gran reemplazo—, una raza pura —ahí está el ius sanguinis [derecho de sangre] y no la residencia como forma de acceso a la ciudadanía— y el desmantelamiento del Estado social —un intento de canalizar las políticas sociales a través de la familia, de modo que el Estado quede reducido a un aparato represor—. Todo tiene que ver con la redefinición del rol político de la madre que están haciendo las derechas. Eso son las tradwifes. No es algo menor, sino un elemento clave y esencial para el programa político conservador.
Si ponemos los pies en el suelo, entre los sueldos bajos de muchas familias, la inflación, el precio de la vivienda y otros factores económicos, en España no sería realista ni viable que solo trabaje el hombre y que la mujer se quede en casa, ¿no cree?
Evidentemente, es un movimiento burgués o de feminidad burguesa, que solo es viable para ciertos sectores privilegiados. Del doble salario y de todo lo que implica hablan con gran autoridad Silvia Federici [en el libro, la filósofa italiana también reflexiona sobre cómo la pandemia encarceló a la mujer en el hogar y duplicó su carga laboral, pues además de su empleo por cuenta ajena tuvo que asumir las tareas domésticas y los cuidados] y Nancy Fraser.
No llegó a entrevistar a la filósofa estadounidense. ¿Con quién más le hubiese gustado contar pero no ha podido ser?
La contactamos, aunque lamentablemente no fue posible hablar con ella. Tanto Nancy Fraser como Judith Butler son dos grandes ausencias. Rosi Braidotti aborda algunas cuestiones que podrían analizar ellas, pero lo hace desde otro lugar.
Las entrevistadas profundizan en la violencia patriarcal, el trabajo de los cuidados o las migraciones, entre otros muchos temas. ¿En cuáles ha habido consensos y discrepancias?
En el libro hay grandes discrepancias, sobre todo en torno a la prostitución, donde conviven la posición de la gran abolicionista Kajsa Ekis Ekman con la de Rosi Braidotti, cuya visión es muy diferente. Y también hay un gran acuerdo en que el feminismo relacional es el gran antídoto frente a la extrema derecha, nuestro gran adversario.
¿Tiene alguna culpa la izquierda en el auge de la extrema derecha? ¿Por qué no ha sabido frenarla e incluso ha perdido votos entre la clase trabajadora? ¿Afectan a la izquierda la desafección política y la corrupción y, al mismo tiempo, benefician a Vox y a Se Acabó la Fiesta?
Sí, aunque la desafección política es una ficción. Más bien hay una desafección por parte de ciertos ciudadanos a determinadas propuestas políticas, por lo que esas personas desafectas en realidad son afectas a otro tipo de proyectos. O sea, se ha producido un distanciamiento de quienes podrían ser electores potenciales de ciertos proyectos de izquierda, que ahora se han pasado a otro bando. La gran perdedora en ese proceso es la izquierda. ¿Tiene una responsabilidad? Por supuesto.
En el proceso del capitalismo financiarizado y de la globalización del capital —que ha sido superado en cierto modo, porque ya estamos en la fase del capitalismo cognitivo, diferente y mucho más elitista—, la socialdemocracia no ha sabido mantener la bandera de la izquierda y se ha sometido, implícita o explícitamente, a las propuestas de las derechas. La política migratoria es un ejemplo clarísimo, como vemos en Reino Unido, Dinamarca o, en su día, en Alemania con el tripartito de Olaf Scholz. Y en política de defensa, comercial y exterior ocurre algo similar, donde ha habido una compenetración sospechosa entre las izquierdas y las derechas, tanto centradas como descentradas.
"El feminismo es el gran proyecto transformador, por eso somos objeto de acoso y derribo"
¿Cómo deberían afrontar la izquierda y el feminismo las migraciones para no ceder terreno a la derecha? ¿Es necesario incorporar a la agenda la visión migrante, antirracista y decolonial?
El feminismo es, por definición, antirracista y anticolonial. Buena parte de la agenda feminista reciente gira en torno a los cuidados, que descansan en gran medida sobre manos femeninas y migrantes. Las mujeres del Norte nos hemos beneficiado de la cadena global de cuidados: migrantes que dejan a sus hijos con otras mujeres en el Sur para que nosotras podamos salir al mercado laboral. Por lo tanto, el feminismo es consciente de que hay jerarquías dentro de las propias mujeres, ya que las racializadas, migrantes y solicitantes de asilo y refugio están al final de la cadena.
¿Por qué es difícil incorporar a la izquierda el voto migrante, que muchas veces opta por la abstención?
Habría que ver qué voto migrante, pero parece que hoy está más alineado con las derechas porque ha comprado el escenario del miedo, es decir, la idea de que pueden llegar a ser sustituidos por nuevos migrantes: la lucha del penúltimo contra el último. Yo creo que no es necesariamente así, pese a que se ha instalado ese sentir común del que las derechas han sabido aprovecharse.
"En la izquierda española pesan más los egos que los programas"
¿A qué dificultades se enfrenta la izquierda, pese a la fragmentación y a los liderazgos, para articular un proyecto unitario? ¿Está lastrada por los egos? ¿Pesan más que los programas?
Es obvio que pesan más los egos que los programas. La izquierda no ha podido desmontar la democracia como mercado —o sea, la política business—, que ha convertido a los partidos en empresas, a los electores en clientes y a los líderes en productos. En esa medida, la lógica a la que se ha acabado sometiendo es eminentemente neoliberal y, por tanto, favorece a las derechas. La izquierda no ha sido capaz de combatirla y desmontarla, cayendo en esa trampa.
Ucrania, el auge de la ultraderecha, las migraciones, Gaza, los derechos humanos… Tras su experiencia en Bruselas, ¿podría decir que el proyecto europeo está en crisis? ¿Están forzando precisamente las crisis algunos cambios en la política económica de la UE que hasta hace poco parecían impensables?
Claro. Alemania apoya el incremento del presupuesto en defensa y ha sido una de las grandes defensoras del acuerdo preferente con Israel debido a la crisis energética que viene sufriendo desde el sabotaje del gasoducto Nord Stream, al tiempo que Francia apuesta por la carrera [de la energía] nuclear. Es decir, la guerra como una manifestación de la crisis del capital. Y, a la inversa, las políticas económicas provocan o se aprovechan de las crisis. Lo que Naomi Klein llama capitalismo del desastre, es decir, las crisis son aprovechadas por el sistema capitalista para reforzarse. Y algunas son sobrevenidas y otras, provocadas.
¿Por qué no fue elegida candidata de Sumar en las pasadas elecciones europeas.
Eso se lo tienes que preguntar a ellos [risas]. Yo hubiera repetido como candidata al Parlamento Europeo porque tenía un gran equipo y un proyecto político muy favorable a las mujeres. Haberle dado continuidad a ese trabajo hubiera sido muy positivo, no tanto para una marca o un partido, como para el feminismo y el ecologismo, que es la otra pata en la que me he sostenido toda mi vida. Sin embargo, la dinámica interna de los partidos —que en realidad es una lucha permanente por el caudillaje— no me dio espacio ni oportunidad. No tiene sentido señalar a culpables concretos, porque responde a una lógica estructural. Lamentablemente, la política institucional es muy necesaria. No obstante, también está muy lastrada estructuralmente y tiene una gran potencia y una gran impotencia, como la de sacudirse las lógicas empresariales que dominan los partidos.
Tras dejar sus responsabilidades en Sumar y regresar a la docencia, ¿volvería a involucrarse en un nuevo proyecto político? ¿Cuáles serían las condiciones?
Sí, pero no lo haría desde el mismo lugar, sino desde otro, aunque no sabría decir cuál. No podemos prescindir de la política con el adversario tan potente que tenemos enfrente. No descarto volver a implicarme y, de hecho, animo a la gente a que lo haga.
¿Tardará mucho la izquierda alternativa en obtener unos resultados similares a los de Podemos en las elecciones generales de 2016, cuando logró 71 diputados?
A corto plazo, creo que no volverá a obtener unos resultados similares. La izquierda alternativa está llamada a una renovación integral, y eso lleva tiempo. Electoralmente, su representación será más residual, aunque el proyecto es imprescindible y complementario a las izquierdas socialdemócratas o socioliberales.
¿Qué futuro le augura a Yolanda Díaz?
Yolanda Díaz es una gran ministra de Trabajo y ojalá pudiera seguir siéndolo, pero en su espacio político hay mucho que hacer en lo que respecta a los liderazgos. Eso se tiene que revisar.
Finalmente, volviendo a su libro, ¿qué conclusiones ha extraído y qué ha aprendido de las entrevistas?
Que todas las voces feministas son necesarias y que las disputas nos hacen crecer. El feminismo es un movimiento intergeneracional y transversal que se construye por sedimentación, no por aluvión, como algunas personas piensan. Somos el gran proyecto transformador. Es más, la gran revolución de nuestro tiempo es la revolución feminista y, precisamente por eso, somos objeto de acoso y derribo por parte de quienes hoy quieren dominar el mundo desde una masculinidad regresiva y represiva. Por lo tanto, me reafirmo como militante feminista.



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