Cuando Franco se creyó el emperador Augusto y regaló su cabeza a Mussolini
El franquismo manipuló el pasado romano para fabricar un relato de unidad nacional. El historiador Rubén Montoya reconstruye en su último libro la evolución y el legado de Hispania.

Madrid--Actualizado a
Un regalo del Caudillo a Mussolini, titulaba el 16 de marzo de 1940 El Heraldo de Zamora, que especificaba en el subtítulo de la noticia que se trataba de la reproducción de una cabeza del emperador Augusto. El obsequio de Francisco Franco tenía sentido: el Duce se consideraba un nuevo Augusto, de ahí que el dictador encargase una reproducción del original de mármol hallado en el teatro romano de Mérida, "vaciada en bronce de los cañones cogidos al enemigo en la batalla del Ebro, por el escultor señor Aladrem".
Sin embargo, en el pie se grabaría en latín esta dedicatoria: "El Emperador de las Hispanias dedica este presente al Duce de Italia, restaurador del Imperio romano, con motivo del bimilenario del divino Augusto, en el año de la Victoria española y XVII de la Era del Lictor", o sea, la dictadura fascista que había comenzado en 1922 tras la Marcha sobre Roma. La propaganda nacional, pues, presentaba a Franco como "emperador" después del triunfo rebelde en la guerra civil. ¿Pero por qué se le había subido Roma a la cabeza?
El régimen, obsesionado con la unidad nacional, presenta la conquista romana como la primera experiencia de una España cohesionada. Y, al mismo tiempo, considera españoles a los emperadores Trajano y Adriano, al igual que al filósofo Séneca y a los poetas Lucano y Marcial. Paradójicamente, también ensalza Sagunto y Numancia como "grandes mitos fundacionales del heroísmo nacional" por su resistencia ante el invasor, así como a Viriato, pese a que fuese un caudillo lusitano que se había enfrentado a la propia Roma.
"En estos discursos, omiten lo que no les interesa y usan solo lo que les conviene. El mundo clásico es un referente muy útil para movilizar a las masas: sirve para dar una noción de unidad y de monumentalidad, de algo que fue magnánimo en el pasado, y al mismo tiempo funciona como vehículo de propaganda hoy en día para controlar a la población", explica Rubén Montoya, autor del ensayo Hispania. Una historia de Roma en Iberia (Crítica), donde reconstruye su evolución y su legado.
El historiador se remonta en el tiempo para recordar que "Roma imaginó Hispania antes de conquistarla" y que el concepto caló tanto que sobrevivió al propio imperio. "No fue solo una etiqueta administrativa impuesta desde arriba; con el paso de las generaciones, los habitantes de la Península la interiorizaron como una identidad propia". Así, en la Edad Media "esa identidad geográfica y sentimental comenzó a politizarse" y luego hasta justificó la política exterior de los Reyes Católicos.
"La tradición historiográfica ha defendido la existencia de los españoles como entidad con rasgos propios de forma lineal y continuada, de manera que los valores de los españoles modernos habrían sido los mismos que los de los defensores de Numancia", señala en el artículo Natione Hispanus el profesor Pablo Ozcáriz Gil, quien matiza que "algunos autores actuales, con el fin de rebatir estas ideas, se han ubicado en el extremo opuesto, llegando a afirmar que el vocablo Hispania tenía contenido exclusivamente geográfico".
De los Reyes Católicos a Francisco Franco
Isabel y Fernando reclamaron "derechos históricos sobre el norte de África apelando a la antigua organización administrativa del emperador Diocleciano, según la cual la provincia de Mauretania Tingitana pertenecía a la Diocesis Hispaniarum", escribe Rubén Montoya en su libro. Sí, hablamos de Marruecos, donde Franco se había forjado como militar y donde prendió la sublevación contra la Segunda República. Entre los Reyes Católicos y él, hubo una continuidad histórica.
Durante el reinado de los Austrias, por ejemplo, se recurre a la Antigüedad y a "nuestros numantinos" para definir el carácter de los españoles. También tras el Desastre del 98, cuando nace el mito del senequismo y Ángel Ganivet presenta al filósofo cordobés como "la encarnación de un estoicismo y una resistencia ante la adversidad que consideraba innatos al pueblo español desde la época romana", escribe Rubén Montoya, quien comenta a Público que el franquismo llevó a su máxima expresión el vínculo con un pasado romano.
Franco fue celebrado como un nuevo Augusto y, en este delirio imperial, cobra sentido el regalo que le hizo a Mussolini
En ocasiones, Hispania es sustituida por España e hispanos por españoles. "Proyectaron así la imagen de una nación unida, católica e inmutable desde la prehistoria", añade el historiador, no solo crítico con la apropiación, sino también con el relato de que los hispanos introdujeron en el imperio su cristianismo y su catolicismo. "Franco fue celebrado por sus propagandistas como un nuevo Augusto o un nuevo Trajano [...] y, en este contexto de delirio imperial, cobra sentido el regalo que Franco hizo a Mussolini", afirma.
O sea, una cabeza de un emperador "fundida con el bronce de los vencidos para reclamar su lugar como Hispaniarum Imperator". Aunque hay que recordar que el fascismo italiano exprimió mucho más el pasado romano, hasta el punto de que Benito Mussolini "se presentó a sí mismo como un nuevo Augusto dispuesto a resucitar el viejo imperio romano", escribe Irene Mañas Romero en La historia de Roma y la España romana como elementos de la identidad española durante el periodo franquista.
En el artículo, incluido en el libro El franquismo y la apropiación del pasado, coordinado por Francisco José Moreno Martín, la profesora de Historia Antigua en la UNED detalla cómo el franquismo resolvió la contradicción de exaltar al imperio y a quienes lucharon contra él, al tiempo que recuerda que el régimen acabó hispanizando a Roma, pues los emperadores Trajano y Adriano —nacidos en Itálica, en la actual provincia de Sevilla— la dotaron "de un carácter humanista" que "habría servido para preparar la difusión del cristianismo".
"Los ideólogos del régimen franquista ensalzan el espíritu indómito de quienes luchan contra el enemigo extranjero, aunque al mismo tiempo necesitan a Roma, porque proporciona la primera experiencia de unidad política a nivel estatal, algo que les interesaba tras la guerra civil", asegura Rubén Montoya. "Estos valores se atribuyen prácticamente por naturaleza a quienes han habitado en la península Ibérica, pero se reconoce que Roma da esta estructura", añade el autor de Hispania.
Es decir, "se llegó a afirmar que los hispanos aportaron las virtudes morales, la sangre y el estoicismo —ahí se formula el senequismo—, mientras que Roma, como acontecimiento providencial, brinda la estructura". O, dicho de otra forma, "se defendía que gracias a Trajano, Adriano o Séneca, Roma se gobernó mejor y, además, el Imperio se humanizó", razona el historiador, quien insiste en la idea de que además de apropiarse de Trajano "son los hispanos quienes incluso llegan a ser Roma".
Así, la educación y la propaganda franquistas presentan a Trajano y Adriano como "esenciales en la regeneración política y moral del imperio [...] por un concepto providencialista del español, puesto que se entendía que la misión de los emperadores españoles fue dotar al Imperio romano de un carácter humanista, que los distinguía de sus predecesores y que habría servido para preparar la difusión del cristianismo", señala Irene Mañas, quien también analiza en su artículo la utilización espuria de Augusto.
Aunque en un principio Mussolini se presenta como su sucesor, también es un modelo para el primer franquismo, importado por Falange junto a otros símbolos romanos. Durante su período hegemónico, los falangistas apelan a su pasado común y a la hermandad con los fascistas. Así, en 1939 se reinaugura en Tarragona, durante la visita de Galeazzo Ciano, una copia del Augusto de Prima Porta que Mussolini había regalado a la ciudad. Allí, Ramón Serrano Suñer presenta a Franco como "nuestro César victorioso".
En 1940, durante la Semana Augustea, el Duce obsequia a Zaragoza con otra copia del Augusto de Prima Porta, en esta ocasión vinculada a la fundación de Caesaraugusta. Y ese mismo año se publica una nueva edición bilingüe de las Res Gestae Divi Augusti, el testamento político de Augusto, que contiene una "encendida apología" del Generalísimo" en la que encontramos una retórica asfixiante y plagada de tópicos y paralelismos entre Franco y Augusto", escribe la profesora de Historia Antigua.
"Adueñándose del poder de la república por la violencia, lo utilizaron para reducir la Patria a servidumbre, administrarla y exprimirla facciosamente, hasta que, primero por su privada determinación y a sus expensas, luego, siguiéndole todo el pueblo, se levantó contra la tiranía nuestro Caudillo, nuestro Imperator, Franco", puede leerse en el prólogo, que parafrasea las Res Gestae para narrar el golpe y la guerra civil. Y así el Caudillo —Francisco, no Viriato— se creyó el emperador Augusto.

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