Juan Tallón: "No somos dueños de nuestro tiempo, que es como decir que no somos dueños de nuestra vida"
El escritor ourensano reflexiona en su última novela, Mil cosas, sobre una vida que nos atropella.

Madrid--Actualizado a
Juan Tallón (Vilardevós, 1975) se ha propuesto contarlo todo hablando de nada. La existencia que nos atropella. Mil cosas (Anagrama): la rutina, el estrés, la burocracia, lo imprevisto, la ansiedad. Un trabajo que nos consume. El anzuelo de las pantallas. Las vacaciones que no llegan. Travis y Anne, una pareja como otra cualquiera. El autor ourensano, una voz magnética y perspicaz, escribe como un tiro y nos brinda con esta novela la última bala del revólver en la ruleta rusa de la vida.
En Mil cosas no pasa nada, o pasa todo.
La idea era precisamente esa: capturar un día frenético de una pareja. Un día aparentemente ordinario que, a la vez, puede convertirse en uno que nunca se olvide, de modo que el lector no pueda dejar de experimentar cierta ansiedad porque puede derivar en la catástrofe.
Escribe pan bimbo con minúscula. ¿Hay que rebajar la magnitud de las pequeñas cosas?
No fui consciente, pero como figura en una lista de la compra, queda liberado de las exigencias ortográficas.
¿Qué no puede faltar nunca en su lista de la compra?
En cualquiera es muy difícil que no encuentres yogures, jamón cocido, queso en lonchas, leche, cerveza… Hace un año fui a Salamanca a presentar un libro con Esther García Llovet. Antes del acto salimos a dar un paseo y me llamó la atención un post-it en el suelo. Me agaché a recogerlo: era una lista de la compra. Los dos pensamos: "Es nuestra lista de la compra". Efectivamente: la guardé, escribí una columna sobre ella y unos días después compré exclusivamente lo que figuraba en el papel.
¿Había algo prescindible o inservible?
No, lo necesitaba todo.
Disculpe, pero con este ruido no he escuchado bien su respuesta.
Mira, hay una manifestación. Las banderas siempre son rojas.
Como la camiseta del Ourense CF. Cuando empezó en el periodismo, escribía crónicas futbolísticas en el estadio de O Couto y, más tarde, parlamentarias en Santiago. ¿Quién finge mejor un piscinazo: los políticos o los futbolistas?
El amago de engañar del futbolista tiene un punto cómico, mientras que el intento del político por hacerte creer el argumentario de su partido es más bien patético. Me quedo con el piscinazo del futbolista, porque todavía conserva la capacidad para hacerme creer que fue penalti. En cambio, con el político hay un escepticismo muy difícil de doblegar.
David Trueba escribió en un relato que la juventud termina el día en que tu futbolista favorito es más joven que tú. ¿Se sabe la alineación del Atlético de Madrid?
Uf, podría decir un puñado de jugadores, pero no el once completo. Nos hemos desconectado emocionalmente del fútbol. Antes recitabas la alineación, porque se repetía; ahora la cambian cada partido. Y también tenías una vinculación más próxima con el club. Sin embargo, ahora todos somos conscientes de en qué se ha convertido el fútbol.
Cuando vivía en Madrid, ¿iba al Vicente Calderón?
No, fui después. Dejé Madrid y, al cabo de unos años, me hice abonado del Atlético y de vez en cuando me venía a ocupar mi butaca. Después de trasladarse al Metropolitano, sigo siendo socio.
No irá casi nunca…
Efectivamente. ¿Es ridículo? Puede ser. Yo hago este razonamiento: quizás mi hija, en algún momento, viva la pasión por el Atlético, resida aquí y pueda usar el abono de su padre.
Cuando no va al estadio, ¿ese asiento se ocupa?
Intento cedérselo al club, que vende la entrada y me hace un descuento en el abono de la siguiente temporada. Como voy al Metropolitano con cuatro colegas periodistas, a veces se lo paso a ellos. Si juega el Celta, se lo dejo a Lucía Taboada. Si juega el Valencia, a Rafa Lahuerta. Si juega el Barcelona, a Rafa Cabeleira…
Antes le comentaba lo del rotulador amarillo porque, cuando abrí Mil cosas, me propuse subrayar algunas frases, pero al final solo señalé esto sobre Anne: "Sostiene la teoría de que esta obstinación por estar permanentemente atenta, vigilante, es propia de gente humilde, trabajadora, que quizá se compara con sus iguales. En cambio, los ricos [...] no reparan en quienes los rodean, probablemente ni los ven, pues no los consideran comparables".
En una columna de El País, Raquel Peláez comentaba cómo algunas personas ignoran, o no ven, a quienes están al lado y les facilitan la vida. Esa idea la deslizo en boca de un personaje, porque tiene cierto interés. No sé si es lo que yo creo, aunque tengo la sensación de que hay un grupo de personas para las que el resto no cuenta.
¿No piensa lo mismo porque en esta novela no hay mucho de usted en los personajes?
Sí que hay. Ese personaje no eres tú, pero puedes dotarlo de una idea tuya o vestirlo como tú te vistes. Yo no vivo como ellos. Sin embargo, me considero testigo de cómo mucha gente —sobre todo en las grandes ciudades— vive como mis personajes.
Con el calorazo inicial, uno piensa en Ourense en verano.
Es cualquier gran ciudad. Si quieres, es Ourense con diez millones de habitantes, aunque entonces ya no sería Ourense [risas]. La idea era generar la presunción de que puede ser tu ciudad, derretida por la temperatura. Hay algo de hostil en la forma en que los personajes la transitan, como una especie de enemigo, pero mi intención era que no fuese identificable, hasta el punto de que hay nombres ridículos de calles y algunas que se llaman como mis amigos.
En esa ciudad frenética, ¿nos estamos ahogando en un vaso de agua, sobre todo si vivimos en Ourense, es agosto y no tenemos a mano ni un vaso, ni agua?
Ahogarse en un vaso de agua es una acción profundamente humana. Sentir que una situación te supera y que no tienes herramientas para gestionar esa dificultad nos pasa a todos y, sobre todo, a las sociedades contemporáneas. Pese a tener las mejores condiciones de vida de la historia, sentimos una insatisfacción y un malestar como nunca antes. Nada parece colmar nuestra expectativa. Nos han inculcado esa ambición desmedida y ese esfuerzo para ir más rápido y lejos: producir más, consumir más, querer más… Nunca es suficiente, porque nos parece que podemos tener más y que, por supuesto, siempre hay alguien que tiene más. Para igualarlo, seguimos luchando y, al mismo tiempo, somos tragados por esa arena movediza que es la insatisfacción.
Decía Eloy Fernández Porta que el trabajo nos está volviendo locos. A Travis y Anne, aunque estresados, quizás ni les dé tiempo a enfermar, ni se pueden permitir sufrir ansiedad o depresión. De hecho, Travis es incapaz de no parar.
Está alienado, o sea, consagrado al trabajo y a la pura acción. No hay interrupciones ni descanso: todo forma parte del mismo día y siempre tiene que estar pendiente de algo.
¿Cree que es generacional? Travis trabaja en una revista y siempre le ronda en la cabeza el despido. ¿Tal vez a los jóvenes les preocupa más seguir en el mismo trabajo y no tomar otros rumbos, sean laborales, académicos o incluso ociosos?
La relación con el trabajo siempre es de conflicto y miedo. A nuestra edad, miedo a perderlo. Cuando eres más joven, miedo a la precariedad y a no tener un curro mejor. Mucha gente vive instalada ahí.
¿Pero no observa un cambio en los jóvenes o una suerte de pequeño big quit a la española?
Quizás antes el trabajo te respetaba un poco más a ti... En cambio, me parece fascinante y digno de aplaudir que ahora la gente joven llegue al razonamiento de que no está siendo dueña de su tiempo. Porque no somos dueños de nuestro tiempo, que es como decir que no somos dueños de nuestra vida. Y si alguien se planta para evitar ese control, fantástico, porque nosotros siempre nos quejamos de que no tenemos tiempo para nada.
Nunca mejor dicho: para nada. Y cuando digo nada me refiero precisamente a eso: asuntos domésticos, llamadas perdidas, trámites burocráticos, mensajes de voz, la compra de unos pañales o de un bote de yemas de espárragos… La insignificancia. La mera supervivencia.
Claro, el día a día te empuja a la extrema ocupación, lo que resulta extenuante, pero al terminar la jornada te preguntas qué has hecho y la respuesta es: "Nada significativo".
"Escribo rápido por miedo a morir sin haber acabado la novela"
¿Esas pequeñas cosas que te inmovilizan —como las cuerdas y estacas con las que los liliputienses sujetan a Gulliver en el suelo— apuntalan las relaciones, hasta el punto de que no queda tiempo ni para plantearse cómo sería la vida sin tu pareja?
La rutina hace que tu vida sea más organizada y, al mismo tiempo, te atrapa. Por una parte, que un día se parezca al otro te proporciona cierta cierta calma y seguridad, porque sabes que el edificio personal no se va a venir abajo. Por otra, el aburrimiento, la inercia y la sensación de que no estás haciendo nada interesante con tu vida provocan que quieras salirte de ahí. Sin embargo, hay un imán que te impide romper con lo que tienes, que es un coñazo.
Y ya no digamos si hay un hijo por medio: ¿afianza la pareja o la dinamita?
Un hijo o cualquier cosa. Cuando la relación está sujeta con hilos y la convivencia es precaria, cualquier detalle puede provocar que todo salte por los aires. Un hijo puede mantener esa unión o dinamitar el suelo que pisas.
¿Quién o qué tiene la culpa? ¿¡El capitalismo!?
Es obvio que el sistema neoliberal nos fuerza a producir, a consumir y a estar permanentemente entretenidos. Cualquier cosa menos detenerte, cruzarte de brazos y tener un hilo de pensamiento. No quiere que estemos pensando. Todo está organizado para que nos distraigamos cada poco, ofreciéndonos mil cosas en las que depositar nuestra atención, aunque sobre mil cosas solo puedes depositar la distracción. Tenemos el cerebro resquebrajado.
¿Sigue embobado con las moscas?
Cada vez es más complicado. Tengo una hija de diez años a la que puedo decirle veinte veces "lávate los dientes" o "ponte el pijama y ven a cenar", pero no me hace caso hasta que le grito. Entonces, ella dice que no me oyó las veinte veces anteriores porque estaba pasmada. Y a mí me parece admirable poder quedarse pasmado… Es algo que solo puede pasar cuando tienes diez años, porque al madurar siempre hay algo sonando o vibrando (notificaciones, mails, llamadas…). Entonces, de esos mil reclamos, ya no sabes qué es importante, porque todo te parece de vida o muerte y debes sacarlo adelante.
Bueno, en su libro también he subrayado esto, sobre una anciana a la que le preocupa que le cobren el recibo de la luz una vez muerta: "Esto es lo que le da miedo, me ha dicho: la soledad después de muerta. Anne piensa, sin compartirlo con nadie, que en parte decidió tener hijos, uno por ahora, para estar acompañada toda la vida". ¿Usted para qué tuvo una hija y cómo se lleva con ella?
Yo tuve una hija empujado por la fascinación por la vida. Estar vivo es un acontecimiento increíble. Existir, lo que dures: setenta, ochenta, noventa años. Es algo que merece ser experimentado. Creía que si tenía una hija me agradecería haberle dado el derecho a existir, como yo se lo agradezco a mis padres. Me llevo bien con ella. Es graciosa y discutimos. Sabe demasiado y al mismo tiempo es una ingenua. Yo puedo ser un peñazo porque estoy todo el día largando imperativos, pero me gusta cómo se está haciendo mayor y adquiriendo autonomía, sentido del humor y responsabilidad.
El libro se lee muy rápido, por lo que entiendo que ha conseguido el objetivo de transmitir la celeridad a la que están sometidos los protagonistas. En cambio, su vida es tranquila. ¿También escribe lento?
No, escribo muy rápido. Y en esta novela escribí más rápido que nunca, porque forma parte del proyecto: personajes que viven acelerados, cuya historia es leída por lectores que leen aceleradamente el texto de un autor que ha escrito expresamente con aceleración. Yo escribo rápido el primer manuscrito por miedo a morir sin haberlo acabado. La mayor tristeza en la que puede incurrir un escritor es dejar un libro a medias.
Le quedan por escribir muchas novelas…
Sí, pero hay un miedo a morir y no haberla dejado acabada. Después de un trabajo exhaustivo previo, en el que tomo notas, me pongo a escribir, le dedico muchísimas horas al día y acabo en el menor tiempo posible. Una vez acabado el primer borrador, me lo tomo con calma. Entonces ya no me importa tanto morirme, porque sé que el libro está a salvo. Podría venir una editora y corregirlo, porque ya está completado.
¿Varía mucho ese borrador respecto al texto definitivo?
Sí, porque yo escribo rápido, pero reescribo despacio. Paso más tiempo reescribiendo que escribiendo.
Una vez terminada, y sin ánimo de destriparla, la novela invita a una relectura. ¿Ese final también le exigió una reescritura o ya lo tenía en mente antes de ponerse a escribir la primera página?
No, ese final es el origen de la novela. De hecho, el libro está escrito de tal forma que, al llegar a la última página, se resignifica. Aunque hay lectores que empiezan a adivinar muy pronto qué puede pasar, lo que hace que para ellos la lectura sea todavía más angustiosa.







Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.