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Las mafias de los porteros de discoteca: de la Primera Línea de Falange a los temidos Iraníes

Iñaki Domínguez traza la genealogía de los 'puertas' más broncos de la mano —y el puño— de sus protagonistas en 'Macarras ibéricos', su nuevo tratado de la subcultura española.

Clientes en la pista de baile de una discoteca.
Clientes en la pista de baile de una discoteca. Reuters

El control de acceso a las discotecas era un negocio muy jugoso que atraía a los "machos alfa del mundo alfa", tipos duros y sin miramientos que no dudaban en expulsar a otros porteros rivales para hacerse con los locales más lucrativos. Huelga decir que, más allá de la seguridad, la actividad que más beneficios reportaba era el menudeo de drogas.

Con permiso de los Ojos Negros del boxeador Dum Dum Pacheco, que en los sesenta repartían mamporros por los locales madrileños, el grupo precursor que se dedicó a vigilar las puertas de las discotecas fue la Primera Línea de Falange, sección de combate que en 1979 hirió de bala a varios alumnos durante un asalto a la Universidad Complutense.

"Cuando me enteré de que Primera Línea había sido la primera mafia que controló las discotecas de Madrid, me pareció fascinante. Además de pioneros, eran más underground que los Miami", explica Iñaki Domínguez. "Algunos falangistas niegan que fuesen propiamente una mafia organizada, pero reconocen que controlaban las puertas".

Filósofo y doctor en Antropología cultural, su fascinación por la subcultura le ha llevado a reescribir la historia de España a pie de calle, donde confluyen quinquis, rockers, punkis, bakalas, pandilleros y pijos malotes. En Macarras ibéricos (Akal) traza la genealogía de las mafias de los porteros de discoteca de la mano —y el puño— de sus protagonistas.

"El Topo es un personaje interesante, porque describe cómo operaba Falange por dentro durante la transición. Curiosamente, las luchas se producían sobre todo entre los grupos de ultraderecha, con el objetivo de ocupar espacios políticos y de acción", recuerda Domínguez respecto a los roces entre Fuerza Nueva y Falange.

En 1987, El País daba cuenta de que Primera Línea aglutinaba a "los elementos más radicales de Falange". Rafa, otro entrevistado por el autor de Macarras ibéricos, sostiene que algunos miembros llevaban a cabo "actividades al margen de la ley" y formaban parte "de algunas mafias de control de actividades nocturnas". Constituían, según él, una "especie de red" o de "negocio".

Iñaki Domínguez asegura que "alguno trajo heroína en vuelos del extranjero y otros se dedicaron al tráfico de pastillas". Y compara su conversión, de la política al hampa, con la de los piratas y, más recientemente, con la de los Ángeles del Infierno, que contaban entre sus filas con veteranos de la Segunda Guerra Mundial o de la Guerra de Corea.

"Del mismo modo, los ultraderechistas involucrados en actividades paramilitares, cuando cesa su actividad política, siguen trabajando en terrenos de acción como las puertas de las discotecas", explica el también autor de Macarras interseculares (Melusina), quien subraya que la presencia de neonazis ha sido solo "puntual", porque "les gustaba pegarse".

Algunos porteros prefieren permanecer en el anonimato, como el Topo, cuyo apodo es ficticio. "Prefieren no hablar o hacerlo con un nombre falso, porque son personas mediáticas", aclara Domínguez, quien ha conseguido tirarles de la lengua. "Hay pasajes que no cuentan porque quieren blanquear un poco su pasado y, obviamente, omiten los delitos".

Búfalo, en cambio, va de frente. Militante de Fuerza Joven, la rama juvenil de Fuerza Nueva, y luego de Primera Línea, fue un mito en el gremio. ¿El origen de su mote? Cuando los fachas iban a reventar una manifestación de izquierdas, él era el primero que cargaba como un búfalo contra los rojos. "Cuando llegaba, ya se habían ido", explica en el libro.

De los Miami a los Iraníes

Búfalo niega que los porteros traficasen con drogas, del mismo modo que rechaza que los Miami se dedicasen a vigilar las discotecas. Los Iraníes, en cambio, tuvieron una mayor repercusión después de que uno de sus miembros matase a una persona en un local de Puerta de Toledo. "Luego llegaron los Búlgaros, que ya tenían menos escrúpulos que nadie", comenta otro de los entrevistados.

Iñaki Domínguez matiza que muchos puertas se llevaban bien entre ellos y que aquel asesinato fue una excepción, aunque transcendió por salir en la prensa. "En realidad, los secuestros, las palizas, las torturas e incluso las muertes se dan con más frecuencia de lo que se cree, pero no llegan a conocerse", deja claro este antropólogo de los bajos fondos.

Así, una fuente relata en Macarras interseculares que los Iraníes "le metieron un tiro en la pierna a un colega mío por deber dinero". Se hace llamar X y enumera otros trabajos más allá de las discotecas: "Desde cobrar pellas hasta encargos ilegales, pasando por la protección", recuerda Iñaki Domínguez.

"La puerta de las discotecas es un negocio importante. Cuantos más contratos tienes, más dinero te llevas. Pero si controlas lo que se vende dentro, el negocio es más lucrativo. Y resulta más difícil que te pillen, porque los camellos son chavalines a sus órdenes que no se van a chivar", explica el escritor. "Eso es lo que se dice, aunque ellos lo niegan".

Macarras ibéricos amplía el espectro capitalino de Macarras interseculares. Además de los porteros, también abarca la canalla bilbaína, la marginalidad sevillana, los perros callejeros barceloneses o los bakalaeros valencianos. "Siempre voy buscando leyendas y olfateando los personajes míticos cuya fama les precede", comenta el autor de Macarrismo (Akal).

"Ahora me interesaba salir de Madrid para investigar otras ciudades donde se dieron los mismos fenómenos", añade Iñaki Domínguez, quien ha profundizado en la relación de la subcultura macarra con la producción cultural y estética. Del celuloide a la música, del cine quinqui a la rumba, "el gangsta rap de los gitanos".