El Niño Miguel, un dios caído de la guitarra flamenca
A Miguel Vega de la Cruz se le veía tocar por las terrazas de los bares de Huelva: era un anciano enfermo. No todos sabían que, décadas atrás, había compuesto una veintena de canciones que hicieron historia en el flamenco.

Paco de Lucía andaba por Huelva aquella noche. Buscaba a alguien. No sabemos el año exacto, y si lo supiéramos, quizás, lo omitiríamos: porque este artículo no contiene el relato de unos hechos, sino la plasmación difusa de la memoria alrededor de un hombre, el hombre al que iba buscando el mayor genio de la guitarra que ha existido nunca; el hombre que, según algunos aficionados —¿acertados? ¿fabuladores? ¿profetas del pasado? —, podría haberlo superado si su vida no se le hubiera retorcido hasta aguijonearse a sí misma como un escorpión rodeado de fuego. Paco preguntó por él hasta que lo encontró. El tipo era cinco años más joven que él, lo llamaban el Niño Miguel. El cantaor Vicente Redondo El Pecas estaba allí, se acuerda todavía, está orgulloso de acordarse: "Nos fuimos a un reservado y Miguel se puso a tocar, venga, venga, venga, se lio, no paraba, estuvo un rato muy largo. Entonces, al terminar, ofreció la guitarra a Paco y le dijo: Anda, enséñame algo. Paco respondió: Miguel, yo te puedo enseñar Madrid. Y Miguel le soltó: Eso está muy lejos". Esta reacción debió de saberle dulcísima a Miguel, que admiraba a Paco como a nadie.
Aquella no fue la primera ni la única noche juntos. En el documental La sombra de las cuerdas (2009) dedicado a un Niño Miguel en horas bajas (las altas fueron pocas), Paco de Lucía detallaba su fascinación: "Éramos muy jóvenes, estábamos en el Rocío. Pasábamos noches enteras tocando la guitarra y era impresionante ese hombre. Una noche entera y era un caudal de ideas, de falsetas, de energía y de cosas diferentes". A Paco se le adjudican palabras más grandilocuentes: "La mejor guitarra de todos los tiempos es el Niño Miguel"; "yo seré de los mejores guitarristas, pero el Niño Miguel es otra cosa, él es la música". Ambas declaraciones, difícilmente trazables, se menudean en un texto de El País de 2009 y se le atribuyen de un modo un tanto líquido. No importa. Abandonamos aquí a Paco de Lucía, lo hemos usado para llegar a alguien no demasiado conocido fuera del ámbito flamenco —como cuando un famoso abandera una causa para obligarte a mirar un paisaje demacrado, lejano—. El público general, probablemente, reconozca menos su nombre, Miguel Vega de la Cruz (1952-2013), que la siguiente imagen: un antiguo genio de la guitarra que acabó merodeando por las calles de Huelva tocando una guitarra con solo tres cuerdas que, en sus manos, sonaban como seis.
Esa es la escena que arroja una búsqueda sencilla en Google. Aparecen dos vídeos rápidamente: Miguel domando una guitarra de tres cuerdas y Miguel con una guitarra de dos. Lo vemos: Miguel en sus últimos años, rumiando algo en su boca hundida mientras hace música; girándose hacia la puerta del local como si vigilara mientras hace música; posando en la cámara, de pronto, unos ojos en los que no existe un atisbo de música. Estos vídeos sesgan la realidad que vivía el artista porque dan la impresión de que Miguel, con un instrumento en las manos, detenía la vida a su alrededor y acaparaba invariablemente la atención y la admiración.
El guitarrista Juan Carlos Romero fue su amigo hasta el último día: "¿Dónde estaban todos los que ahora lo alaban cuando a Miguel lo echaban de los bares?"
El guitarrista Juan Carlos Romero fue su amigo hasta el último día y no piensa en el mito, sino en el hombre: "Cuando muere la persona, nace el mito y sale un ejército de cuentistas. Escucho muchas tonterías sobre su vida. Yo digo: ¿dónde estaban todos los que ahora lo alaban cuando a Miguel lo echaban de los bares? Su figura tiene todos los ingredientes de la leyenda: genialidad, locura, pobreza, droga; eso es una coctelera ideal para estas apariciones de última hora". La vida del genio, antes de su ingreso en una institución médica en el pueblo de Tharsis donde pasó los últimos años de su vida, consistía, según Romero, en "salir a la calle con la guitarra, dar vueltas sin rumbo, tocando por necesidad de tocar, no por dinero. Y luego sí: se iba a las terrazas a seguir tocando a cambio de unas monedas o de que le invitaran a algo". Mucha gente sabía quién era; los más jóvenes tal vez menos: "La mayoría tenía la idea de que podría haber sido muy importante y no lo fue. Pero, claro, en esos momentos solo importaba lo que eras en el presente, y él era lo más parecido a un mendigo".
La aparición del genio
Miguel publicó dos discos: La guitarra del Niño Miguel (1975) y Diferente (1976). Diecinueve canciones impresionantes, apenas una hora de música trascendental en la historia del instrumento. Entre ellas, compuso un orquestal Vals flamenco que corrió como la pólvora entre los tocaores de su época. Su forma de atacar los palos era un prodigio del pensamiento lateral; su técnica, virtuosa pero dura, empecinada. Miguel tenía apenas 23 años cuando publicó su primer álbum.
Vicente Redondo El Pecas vio gestarse estas obras, las conoció antes de que se difundieran. El Pecas había nacido en una choza de barro de una barriada de Huelva cinco años después de Miguel. Con 11 años tuvo que ponerse a "buscar la vida" con su voz por las tabernas porque su padre murió y él era el mayor de seis hermanos. Era un adolescente cuando Miguel trabajaba en su primer disco: "Él se ponía fuera, en la puerta de su casa, a preparar las canciones. Yo me levantaba muy temprano y me sentaba a escucharlo. Conocía sus temas antes de grabarlos, me dejaban helado".
Vicente Redondo 'El Pecas': "Conocía sus temas antes de grabarlos, me dejaban helado"
Juan Carlos Romero también recuerda su primer contacto con el Niño Miguel como una epifanía. Él era un niño de 11 años, estaba aprendiendo a tocar con El Tomate, que era al padre del Niño Miguel. "Yo apenas sabía colocar los dedos en el mástil y El Tomate me trajo a su hijo para que lo escuchara. Él tenía ya el nivel de su primer disco. Pensé: ¿de verdad que todo esto se puede hacer con una guitarra?". Pero Juan Carlos pronto empezó a saber más cosas de aquel genio. "Su padre me lo decía, que no andaba bien". Entonces no había remilgos ni corrección política: "Lo resumía en que Miguel tocaba muy bien la guitarra, pero estaba loco: así de simple el asunto. Luego supimos que tenía una enfermedad que se llama esquizofrenia y que había un tratamiento que exigía seguir una pauta, pero él no tenía disciplina para eso. Además, las pastillas lo dejaban un poco atontado, con menos facultades y fuerzas. Se resistía a tomarlas". Lentamente, Miguel se fue convirtiendo en el olmo seco del poema de Antonio Machado, machacado por un rayo, pero con bellísimos nacimientos de brotes verdes.
La amistad de Miguel
El mundo siguió avanzando a su alrededor. Juan Carlos Romero se convirtió en un gran guitarrista y fundó una amistad incondicional con su ídolo. Se veían continuamente. Juan Carlos le mostraba sus composiciones: "Cuando grabé mi tercer disco, fui a enseñárselo adonde estaba internado. Iba con El Pecas. Me recibió vestido con la equipación completa de la Selección Española y la guitarra en la mano. Lo escuchamos en el coche y me dijo: Este disco, ¿sabes lo que pasa?, que está hecho con la memoria de todos, con la mía, con la de El Pecas, con la del camarero aquel, con la de aquel otro que anda por allí…".
Eso: el mundo siguió, la guitarra flamenca se propagaba por el mundo, los jóvenes, apoyados en los tocaores que les precedieron, incluido él, desarrollaban, cada vez, una mejor técnica, un conocimiento más académico. Convivían dos Migueles mientras tanto: el inscrito en la historia del flamenco (sonando sin pausa, inmortal en los equipos de sonido de los aficionados) y el transeúnte de las calles de Huelva.
"Quiero tocar con vosotros"
Un día Juan Carlos Romero acudió a dar un concierto con Manolo Sanlúcar, otro de los apóstoles del instrumento, al salón de actos del Caja Fórum de Huelva. "Me encontré a Miguel en la puerta, ya había mucha gente esperando para entrar, y me dijo: Quiero tocar con vosotros. Faltaba media hora para la actuación. Le dije que era complicado, que tenía que hablar con Manolo", recuerda. Manolo Sanlúcar amaba al Niño Miguel, tanto que, un día, caminando con el crítico Manuel Martín, se toparon con él por la calle, se aproximó a él, le besó las manos "negras como el hollín" y le regaló el único dinero que tenía en el bolsillo, un billete de 10.000 pesetas. El propio Martín lo relató en El Mundo. De modo que Sanlúcar, ante la pregunta de Juan Carlos, dijo que sí, que se apañaban. Le preguntaron qué quería tocar. "Una rumba", terció Miguel. Y Romero y Sanlúcar se aprendieron la rueda de acordes que él les pidió para improvisar encima.
Hay vídeos que ayudan a aproximarse sensorialmente a aquel instante. Por ejemplo, su recital en el Teatro Central de Sevilla de 2011: Miguel sobre las tablas, Miguel con una guitarra bondadosa, limpia, seis líneas de nailon recién estrenadas, frescas, crujientes, sonoras como el apio; Miguel se agarra a la guitarra, empeñoso, le suena sucia, pulsa demasiado fuerte, mata el sonido; no lo deja ser. Pero hace todas las notas como si quisiera demostrarse algo a sí mismo: algo matemático, incontestable, un "y punto". El público está acostumbrado, en ocasiones, a inventarse lo que escucha en un concierto. Tantas veces un artista se tuerce o envejece o se malogra y persevera en mostrarse; tantas veces en el flamenco se ama como a un hermano al que canta, al que toca; tantas veces se le disculpa y se le añade el virtuosismo que ha perdido. El auditorio era capaz de escuchar, solapado, el esfuerzo presente de Miguel y la brutal genialidad de su juventud, de aquellos días de los setenta, hoy remasterizados y accesibles, en que Miguel se salía; se salía, tocaba como un dios.
Miguel pasó los últimos años de su vida internado en un hospital psiquiátrico. Vicente El Pecas lo visitaba a menudo. "Cada vez que iba, me tenía que poner a cantarle, me pedía cosas y cuando cogía la guitarra… la cabeza puede que no la tuviera bien, pero el oído sí". En el año 2009 varios amigos (entre ellos, el cantaor Arcángel y Ángel Vega, hijo del tocaor) organizaron un homenaje para recaudar dinero y ayudarle a subsistir el tiempo que le quedara. Ese día, cuenta Vicente El Pecas, lo recogieron del centro y lo llevaron al Palacio de los Deportes de Huelva: aquel paciente, aquel tipo apocado, vio desfilar en su honor a algunas de las figuras más grandes de un arte que es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.
En 2009 varios amigos organizaron un homenaje para recaudar dinero y ayudarle a subsistir el tiempo que le quedara
Miguel era tímido, serio, callado. Tenía arranques geniales sin pretenderlo. En una entrevista, en la época de promoción de sus discos, le preguntaron qué le gustaba además de la guitarra y respondió: "Los chicles y los futbolines". No intentaba parecer ingenioso; sencillamente, era cierto, le encantaban. Estaba enfermo, pero era, a la vez, un escapista muy diestro: "Tenía un lenguaje de camuflaje a veces", detalla Romero, "como un código, y si accedías a interpretarlo, te respetaba; a veces decía cosas que la gente pensaba: Claro, esto lo dice porque está loco. Pero, en realidad, hablaba en clave, y los que la descifrábamos sabíamos que en ese momento no estaba hablando un loco. Porque Miguel, cuando estaba mal, no hablaba, ni te saludaba siquiera”.
Murió el 23 de mayo de 2013, a los 61 años, y se le honró. Juan Carlos Romero y Vicente El Pecas estaban en el funeral —porque estuvieron siempre—: "Había mucha gente", rememora Romero. "Había una parte íntima: familia, amigos, gente del barrio; esos eran la gente de Miguel de siempre. Pero ese día ya empezó a aparecer toda esa gente, los advenedizos, que pronto empezarían a incorporarse al mito”.
Romero y El Pecas reivindican la presencia, la experiencia sobre la palabra, sobre el relato; son la negación de este mismo artículo. En diferentes momentos recaen en expresiones semejantes, cada uno en su entrevista. Cosas como: "¡Yo no cuento nada de oídas!", "¡yo estaba con él!", "yo tenía una firma para poder sacarlo del centro".
Un cigarrito en la ventana
Volvamos atrás un momento. Miguel estaba ya por morirse. Lo habían trasladado al hospital, su cuadro se había complicado. "Estaba enfermo, no se podía entrar a la habitación porque había cierto peligro de contagio de los demás hacia él, estaba muy bajo de defensas". Pero Romero esquivó la vigilancia y se coló en el cuarto: "Él quería que entrara".
—¿Era consciente de que se moría?—le preguntamos.
—Sí, porque lo que hizo fue pedirme un cigarro. Y yo: ¡Pero Miguel! Y él dijo: Abrimos la ventana y no se entera nadie, total, qué más da a estas alturas… Sí, era consciente.
—¿Le diste el cigarro?
—Por supuesto que se lo di.
—¿Y te fumaste uno con él?
—Claro, abrimos la ventana y salió toda la humareda por ahí.
Imaginadlo. Cuántas veces uno pasa caminando frente a un hospital y mira el edificio y ve ventanas y luz y alguna sombra cruzando a veces. Cuántas colillas hay en las aceras cercanas.
El Pecas también lo acompañó hasta final. De hecho, lo acompaña todavía, vela por su recuerdo y se exalta. No le gusta el relato que el tiempo (y los medios y las redes) arrojan de su amigo Miguel. "Mucha gente no se ha preocupado y no ha tenido relación con él… Y ahora todos diciendo que tocaba con tres cuerdas, y yo digo: Yo lo he conocido tocando con seis cuerdas, ¡con sus seis cuerdas! Por alguna vez que tocara así… Vale, pues sí, y a mí me ha tocado hasta con una cuerda, ¿y qué? Ya está bien: él ha sido un guitarrista y tocaba con sus seis cuerdas. Él era muchas cosas. Su padre era un gran guitarrista. Ha tocado siempre con sus seis cuerdas. Él era muchas más cosas como ser humano".


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