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‘Twin Peaks’, esa serie que era una cosa y acabó siendo otra muy loca

Ha llegado la hora. Showtime estrena por fin este domingo la tercera temporada de ‘Twin Peaks’ 26 años después de su adiós sin que hayan trascendido detalles sobre la trama. En España podrá verse en Movistar Series Xtra en simultáneo con EEUU a las cuatro de la madrugada o a las 22:10 del lunes.

Escena de Twin Peaks

María José Arias

Es mítica, es de los noventa y está a punto de resucitar. Twin Peaks es esa serie de culto ganadora de tres Globos de Oro que crearon Mark Frost y David Lynch en una época en la que lo que ellos hicieron era arriesgar y en la que no había tantos directores de cine que se asomasen a la televisión. 26 años después vuelve la noche del domingo al lunes –a partir de las 4:00 horas en Movistar Series Xtra– con el estreno de dos episodios de una tercera temporada de la que se han escrito y oído todo tipo de teorías pese a no saberse casi nada.

El secretismo y el misterio rodean uno de los regresos más esperados de esta suerte de burbuja del revival seriéfilo que se está viviendo en las últimas temporadas. Hasta tal punto que Showtime no ha hecho pases de prensa previos y los teaser y tráilers promocionales lanzados no cuentan nada sobre la trama, de la que poco o nada se conoce. Lo único cierto y seguro es que en este renacer estarán presentes gran parte de los personajes principales de la serie original. Lynch, que dirige los 18 episodios que componen el regreso, ha podido contar con la mayoría. Entre ellos, claro, Kyle MacLachlan y Sheryl Lee como los míticos Dale Cooper y Laura Palmer.

A solo unas horas del estreno es buen momento para echar la vista atrás y, con la perspectiva de los 26 años que han pasado desde aquel final profético en el que Laura Palmer le prometía al agente Cooper volver a verse 25 años después, enfrentarse al primer y último capítulo de una serie mítica e irregular. Dos capítulos, apertura y cierre, de una ficción que empezó siendo una cosa (o eso parecía) y acabó convertida en otra totalmente distinta y muy loca. Entre el piloto y el número 30 pasan tantas cosas, argumentales y formales, que parecen dos series totalmente distintas.

Lo que muestra el arranque es un misterio por resolver, un caso de asesinato especialmente cruento que pone patas arriba a un pequeño pueblo americano cualquiera. La premisa de la que se partía enganchaba desde el inicio. Resolver una única cuestión: ¿Quién mató a la Laura Palmer? Esa era la pregunta más repetida durante aquellos meses de abril y mayo de 1990. Todo el mundo quería descubrir al asesino de una chica buena de aspecto angelical a la que familia, amigos y conocidos adoraban. El fenómeno se extendió rápido.

Al menos eso era lo que proponía un piloto plagado de escenarios comunes (un hotel, una comisaría, una casa estándar, un instituto, una cafetería) y personajes aparentemente normales pero terriblemente inquietantes. Ya fuese por su forma de hablar, de moverse, de mirar y de reaccionar o por la tétrica música que lo acompañaba todo cortesía de Angelo Badalamenti, todos y cada uno de los habitantes de Twin Peaks resultan turbadores. Ya desde el principio Lynch y Frost dejaban claro que nada era lo que parecía y que eran muchos los secretos ocultos bajo la apariencia de lugar idílico y aburrido donde nunca pasa nada.

Hacía falta un hecho inesperado (el asesinado de Laura Palmer) y un forastero (el agente Cooper) para dinamitar la postal de falsas apariencias que se vivía en el pueblo. Todo eso se ve en un piloto de 90 minutos de duración en el que se ponen sobre la mesa las cartas necesarias para una buena historia de misterio con crimen por resolver. La parte más onírica y surrealista se la guardaron como un as en la manga para futuros episodios. El gran aliciente para engancharse a Twin Peaks era la pregunta a contestar, pero también su compleja red de personajes a cada cual más extravagante y las preguntas que despertaba el piloto más allá de conocer la identidad del asesino y sus motivaciones.

Por ejemplo, ¿quién es la Diane a la que se dirige continuamente Cooper? ¿Por qué está tan emocionado con el caso? ¿Por qué lo graba todo, desde comentar lo que ha comido a sus impresiones en la sala de autopsias? Es precisamente el agente Dale Cooper, un tipo que viste de traje, trabaja para el FBI y graba todo lo que se le pasa por la cabeza, uno de los personajes más interesantes y complejos que ha dado la televisión. Resumiendo, el piloto de Twin Peaks, aunque de un ritmo quizá demasiado pausado para hoy en día, parte de una premisa interesante, bien planteada, con una estética diferente para la época y con ese tono tan especial que siempre ha demostrado David Lynch en sus historias.

29 capítulos más tarde –la primera temporada contó con 8 episodios y la segunda, con 22–, la serie planteada como una ficción de misterio con personajes complejos y un caso por resolver había mutado y se había convertido en otra cosa muy distinta, muy loca e inclasificable. Quizá siempre fue la idea de Lynch y Frost. Es probable. Pero llevar a Twin Peaks a los terrenos a los que se la llevaron les costó dejarse a muchos seguidores por el camino. Hoy en día el público está más acostumbrado a series que se pierden en su propuesta formal, en las que la estética prima sobre el contenido, en las que no se entiende nada y las respuestas no llegan. A comienzos de los noventa, no.

Twin Peaks era una rareza en su día y aún hoy lo sigue siendo. Por eso se ha convertido en serie de culto y por eso su regreso ha despertado tanto revuelo, aunque el último episodio sea confuso, caótico y por momentos hasta absurdo. Casi la mitad del capítulo transcurre de noche. Se ve poco o nada. Lo que alumbra una linterna. La otra mitad, en la llamada habitación roja. Un cierre para la serie plagado de frases sin sentido, con una puesta en escena muy teatral y una ambientación onírica que marcó un hito en la pequeña pantalla.

El mundo de Twin Peaks está listo para abrir sus puertas de nuevo. Los espectadores de hoy están más preparados que los de los noventa para entrar en él. Quizá esta vez corra mejor suerte. O puede que no. A Twin Peaks hay que reconocerle su mérito y su valor dentro de la historia de la televisión, pero sin olvidar su irregularidad y sus sinsentidos. Lynch no es para todos los públicos y gustos seriéfilos.