Verano porteño (4)
Tras comer una pizza con su amigo Belgrano, Roberto Esteban sube a hacer una visita a unos vecinos un tanto ruidosos.
Este es el cuarto capítulo de la novela de verano por entregas de David Torres.

-Actualizado a
Belgrano vive en un pequeño apartamento de la primera planta que comunica con la peluquería por una escalera interior. A pesar de las fotos familiares, el polvo sobre los muebles, los cacharros de cocina y los libros que rebosan por todas partes, todo allí respira la precariedad del exiliado que podría volver a marcharse en cualquier momento. Lo sé no sólo porque conozco bien a Belgrano sino porque es la atmósfera en la que subsisto en mi propia casa, aunque lleve viviendo allí más de veinte años.
-No entiendo cómo podés comer con agua.
A Belgrano la fugazzetta no le parecía gran cosa y la criticó con furor nacionalista entre bocado y bocado, lo que no le impidió quejarse cuando la pizza desapareció del todo. Empezó a rastrear los restos diseminados por la caja. Demasiado mala y demasiado breve, dijo, como la vida misma. Pero no le iba a dejar que se escapara otra vez.
-Desembucha -ordené.
Lo hizo a regañadientes, picoteando las últimas migas. No era muy distinto a lo que imaginaba: si contaba con mayoría suficiente, una comunidad de vecinos tenía la potestad de prohibir las viviendas turísticas. En todo el barrio de La Latina estaban proliferando como una plaga de chinches. Al principio las presiones se limitaron a ofertas de compra cada vez más acuciantes, pero un día los mismos matones a quienes yo acababa de despachar acorralaron a un vecino en el portal y no pararon hasta que el hombre sufrió una taquicardia. Ahora casi todos tenían miedo a salir de casa. Sabían de sobra que el asalto a la peluquería era una amenaza dirigida a todos ellos. En el tercero, aprovechando que uno de los vecinos había aceptado vender su piso, se había instalado una jauría de maleantes que se pasaba el día y la noche metiendo bulla, peleándose a gritos, armando escándalo, incordiando a los vecinos con que tropezaban por la escalera.
-¿Sí? No me había enterado.
-Porque vos estás medio sordo, pibe. ¿Ves? Casi tiran abajo las paredes.
Los habían denunciado a la policía varias veces, en plena madrugada, pero cuando los agentes se presentaban, ya hacía rato que los cabrones guardaban silencio, como si estuvieran avisados. Después, en cuanto los canas se marchaban, iniciaban de nuevo la jodienda. Me puse en pie mientras Belgrano encendía un cigarrillo.
-Voy a pedirles amablemente que dejen de hacer ruido.
-Sólo vas a empeorar las cosas, che.
-No creas.
Subí las escaleras y localicé la vivienda en cuestión sin demasiado esfuerzo: la puerta -una endeble carcasa de madera despintada y arañada- temblaba por el barullo de las voces, las risas y la percusión infernal que resonaba al otro lado. Llamé al timbre, por educación; luego golpeé con los nudillos y por último di un par de puñetazos. Pensé que era una tontería seguir con la etiqueta, así que reventé la puerta de una patada, la saqué de sus goznes y me abrí paso a través del hueco. Encontré a los cuatro inquilinos sentados en un par de sofás mugrientos, esnifando rayas, sujetándose la nariz y calentándose un pico en una cuchara. Ni se habían enterado de mi visita: aquella canción de mierda estaba tan alta que ni me oyeron entrar y además iban demasiado ciegos para ver nada. Cogí los altavoces y el equipo de música y los arrojé por la ventana. Al silencio repentino siguió un chasquido metálico contra el patio de vecinos y, casi al mismo tiempo, el grito de una de las vecinas de abajo:
-¡Qué descanso, por Dios!
-Pero qué haces, tío, qué haces -farfulló uno de los yonquis, intentando levantarse sin mucho éxito. Braceó en el aire y volvió a caer de espaldas al sofá.
-Te vas a cagar -dijo el de al lado, desplegando una navaja que se le cayó de las manos y se clavó en el suelo. Los otros dos fumados ni siquiera acertaron a enfocar los ojos y ver qué estaba sucediendo. Me adelanté a recoger la navaja, la plegué para que nadie se hiciera daño y le estampé una hostia a su propietario a mano abierta, sin muchas ganas, no fuese a desgraciarlo.
-Vosotros tres -dije señalando a los afortunados-. Fuera. A la puta calle. Y no volváis.
Salieron tambaleándose, como bolos a punto de caer. El navajero siguió sentado en el sofá, frotándose la mejilla, preguntándose qué diablos habría ocurrido. A lo mejor yo no era más que una alucinación que se había salido de madre. Pensé que me iba a costar un huevo convencerlo, pero su primera frase me facilitó bastante el trabajo.
-No sabes con quién te estás metiendo, colega.
-La verdad es que no. Hazme el favor y dímelo.
-El Truco -masculló, trastabillando con dos filas de dientes disparejos que me recordaron ciertos paisajes de mi niñez.
-¿Quieres decir el Turco?
-Eso. El Turco. ¿Qué me dices ahora, eh?
El Turco promotor inmobiliario. Hay que ver las vueltas que da el mundo.
Pincha aquí para leer el primer capítulo de la novela.
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