EL FOLLETÍNVerano porteño
David Torres comienza este lunes en 'Público' la publicación de una novela de verano por entregas. Aquí va el primer capítulo.

-Actualizado a
-Estás hecho percha, pibe.
-Dime algo que no sepa.
-¿Qué pasa? ¿No descansás bien?
-No descanso una mierda, compadre.
El verano es un asco, creo que eso no hace falta discutirlo. De noche apenas puedo dormir, ni siquiera con las ventanas abiertas, y sólo consigo pegar ojo hacia las cuatro o las cinco de la madrugada, cuando por fin se apagan los rescoldos del asfalto y empieza a correr algo de aire. Me levanto a las siete o las ocho, cansado, de mala leche, y salgo a dar una vuelta y hacer un poco de ejercicio por Madrid Río, antes de que el calor me aplaste. Preferiría ir al Retiro, pero nunca se sabe cuándo el humorista del alcalde va a cerrarlo por alerta meteorológica. Por lo visto, con la canícula hay peligro de que la rama de un roble se quiebre y caiga encima de un viejo o un niño, así que es mejor chapar el parque y dejar que los viejos y los niños se cuezan vivos en su salsa. A saber cuántos se morirán asados por el puto calor, pero son estadísticas que pueden disfrazarse, mientras que un turista reventado por un árbol suicida puede joderle el verano al alcalde.
-¿Ya no le das a la bolsa?
-¿La bolsa? ¿Qué bolsa?
-El saco, che. El saco de boxeo
-No hay saco, Belgrano. Para qué lo preguntas, si ya lo sabes.
Se lo he contado lo menos doce veces, pero Belgrano nunca pierde ocasión de tener un chamuyo, como dice él, aunque sea un chamuyo repetido. Así que le dije lo de siempre, que Venancio, mi viejo entrenador, antes de marcharse de vacaciones a Benidorm, había cerrado el gimnasio, mi guarida habitual hasta que Sebas decide abrir el Oso Panda a la hora que le da la gana. Ahora sólo tengo su barbería para refugiarme del horripilante calor madrileño por las mañanas.
-Y bueno. No pasa nada, che. Acá no podés hacer guantes ni hacer fierros, pero tampoco tenés que garpar ni un peso por estar ahí apalancado.
-No me jodas, Belgrano, que todavía no ha entrado ni un cliente. Así te doy ambiente al local. Sólo falta que me cobres por hacerte de mobiliario.
El local era un pequeño antro a pie de calle, una peluquería de barrio que Belgrano había comprado a precio de saldo y acondicionado a su estilo. En las paredes -pintadas en bandas anchas de azul y blanco, evocando la bandera argentina- había pósteres de Gardel, de Evita, de San Martín, del Che Guevara, de Mercedes Sosa, de Piazzola, de Bonavena, de Maradona, de Messi. El primer día me explicó que no le gustaba nada el fútbol, pero que no podía soslayar el reclamo que ejercía sobre la clientela. Por eso mismo le daba rabia apellidarse Belgrano, que por lo visto era el nombre de un club de fútbol, pero también de uno de los padres de la independencia argentina y de un barrio de Buenos Aires. Había también varios retratos de escritores famosos -Borges, Cortázar, Pizarnik, Sábato, Soriano- sobre los que me ilustraba de vez en cuando, invitándome a que los leyera en lugar de las revistas y los periódicos que abarrotaban la mesa baja de la entrada. Tenía una pequeña biblioteca apilada en una estantería.
-¿No leíste nada de Borges? No sabés lo que te perdés.
-Es una marca de ciruelas, ¿no?
-Vos sos loco, pibe. Déjate de joder.
Belgrano arribó a Madrid huyendo de la Argentina de Milei: era la segunda vez que recalaba en nuestro país después de su exilio en Barcelona, en plena juventud, en la época de la dictadura de Videla. No le gustaba hablar de su experiencia personal, prefería explayarse en generalidades acerca de la ceguera endémica de sus compatriotas.
-La Argentina es como una iglesia abandonada, no tiene cura. Es triste reconocerlo, pero no hay otra. Qué le vas a hacer, hermano. Aún seguimos esperando que vuelva Perón, como si fuese el Mesías.
-Y los españoles qué estamos esperando, según tú.
-Que se muera Franco.
-No te digo que no, ahí llevas razón. Pero yo creí que el Mesías de los argentinos era Messi.
-Te habrás quedado pelado con el chiste, boludo. De hecho, casi lo estás. Casi no hay sitio donde meterte la tijera.
Iba a decirle algo sobre lo fácil que era sacarlo de quicio cuando entraron dos chavales corpulentos con pintas de veranear en el Valle de los Caídos. La campanilla de la puerta sonó como el aviso de un combate. Llevaban la cabeza rapada y no tenían barba ni bigote, así que imaginé que no venían a cortarse el pelo.
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