Verano Porteño (2)
Dos matones entran en la barbería de Belgrano para destrozarla. Creen que será una tarea fácil, pero les espera una sorpresa.
Este es el segundo capítulo de la novela de verano por entregas de David Torres.

-Actualizado a
-Vaya, Belgrano. A lo mejor estás un poco sordo. Creíamos que el mensaje te había quedado claro, ¿verdad, Robocop?
-Claro como el agua, Hulk. Como el agua. Aunque también es posible que no entienda bien el español. Estos sudacas son todos medio monos.
Tenía gracia el calificativo porque, entre los andares patizambos, los rostros cejijuntos y los antebrazos peludos, ambos parecían un par de chimpancés que acabaran de escapar del zoo disfrazados con sendas camisetas negras y vaqueros ajustados. Y qué culpa tendrán los chimpancés, pensé. Belgrano se puso las gafas que llevaba colgadas del cuello, balanceándose sobre su guayabera azul, y los observó como si fuesen dos cucarachas de noventa kilos.
-Lo siento, no me quedan cacahuetes.
-No te hagas el gracioso, vejestorio. Dentro de un momento no te vas a reír. Recuerda que te lo advertimos.
Uno de los forzudos levantó un brazo y barrió a manotazos la repisa donde Belgrano amontonaba lociones para después del afeitado, brochas, navajas, tijeras y tarros de jabón. Un frasco se hizo añicos contra el suelo, desde donde se levantó un fresco aroma de lavanda. Dejé la revista sobre la mesa y me puse en pie.
-Mejor estate quietecito, anda -dijo el otro forzudo apuntándome con un dedo gordo como un calabacín-. Que nadie te ha dado vela en este entierro.
-Sí, pibe. Dejalo estar -aconsejó Belgrano.
-¿Tú eres Hulk o Robocop? Perdonad, pero es que hago un lío. No me quedé con la copla y tampoco hay manera de distinguiros. No me explicó cómo no os confundís entre vosotros. ¿Sois mellizos o hermanastros por parte de padre?
La pareja de cabestros giró en redondo, rechinando los dientes en una mueca que pretendía pasar por sonrisa y crujiendo los nudillos. Una lástima que yo careciera de oído suficiente para apreciar los chasquidos.
-Por lo menos os podríais cambiar de ropa al levantaros. O imprimir cada uno su propio mote en la camiseta.
-Joder, otro gracioso -bufó uno, dando un paso adelante.
-Pírate, haz el favor -añadió el otro, sujetándolo-. No eres más que otro anciano y podríamos hacerte daño.
-¿Anciano? Precisamente acabo de leer un artículo sobre eso. Dice que la juventud hoy día se alarga hasta los sesenta y cinco. Me parece un poco exagerado, aunque vete a saber. La medicina ha progresado mucho.
-No digas chorradas.
-En serio. Mira, estaba por aquí.
Me agaché para agarrar una de las revistas del corazón, una en cuya portada aparecía una de nuestras queridas princesas vestida de marinerito. Papel satinado, cuché o como se diga: lo mismo te aguanta una boda que un divorcio. Enrollé la revista bien duro, hasta formar un canuto con la marina real al frente.
-¿Qué crees que vas a hacer con eso?
-Enseñaros modales.
Se lanzó hacia mí y aproveché la inercia para encajarle el canuto en la tráquea, a la altura de la nuez. Tampoco oí ningún chasquido, pero si no estaba rota, le andaba cerca. El gigantón se echó las manos al cuello, gorgoteó y trastabilló, mientras su compañero intentaba ayudarlo sin mucho éxito: por un momento pareció que estuvieran bailando una bachata. Interrumpí la danza de una patada, el improvisado enfermero se derrumbó con el tobillo hecho polvo y, cuando fue a alzarse, le abaniqué los párpados con la marina real. Robocop y Hulk rodaban por el suelo de la barbería, aullando de dolor, uno agarrándose el pescuezo, otro los ojos. Desplegué la revista y busqué el artículo del que les hablaba.
-¿Veis? Lo dice aquí. Sesenta y cinco años. La juventud está sobrevalorada.
-Qué grande, che -festejó Belgrano-. ¿Te importaría sacar la basura a la calle?
Los arrastré uno a uno fuera del local mientras él telefoneaba al SAMUR. Cuando llegó la ambulancia, ya se habían acercado unos cuantos vecinos que contemplaban curiosos el espectáculo de los dos matones magullados, gimiendo recostados contra el muro. Un vecino flaco con cara de hurón dijo que ya los conocía, que eran un par de hijoputas. Una señora comentó, al pasar con el carrito de la compra, que la gente cada vez empieza a beber más temprano. Belgrano aprovechó el comentario y les explicó a los sanitarios que los dos borrachos se habían peleado entre ellos y por poco no le destrozan el negocio. Hulk (o Robocop) no podía hablar, pero Robocop (o Hulk), sangrando por un ojo, farfullaba a voces que aquel viejo les había dado una paliza a traición. Los sanitarios miraron a Belgrano de pie en la entrada de la peluquería, me miraron a mí, sentado en una silla y ojeando un reportaje sobre la mansión que un futbolista inglés se había comprado en Mallorca, y luego se echaron a reír. Los saludé con una mano.
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