Opinión
Ni santos ni inocentes, sigue la ultraderecha

Directora corporativa y de Relaciones institucionales.
-Actualizado a
Es verdad, decía Santiago Abascal en la campaña de su no candidato -porque el candidato es Abascal todo el tiempo y en todas partes- que a la gente de Castilla y León le importa poco o nada la guerra en Irán, esto es, el ataque unilateral e ilegal de EEUU que ha sumido al mundo en el caos, incluyendo a la propia Casa Blanca, incapaz de parar esto aunque quiera y quizás porque nunca hubo un plan más allá de una pataleta de Donald Trump. Que al campo también lo estrangule la subida de los carburantes y la energía provocada por el capricho de la USA que manda, a los castellano y leoneses les da igual.
La ultraderecha oficial, la de Vox, no ha obtenido el resultado que esperaba y que hablaba en algunas encuestas, incluso, de un sorpasso al PSOE liderado en el territorio por Carlos Martínez, el exalcalde de Soria que ha resistido la mala racha de su partido en Extremadura y Aragón e, incluso, ha logrado dos escaños más que en 2022, también por la evaporación de su izquierda. Vox ha subido un escaño con el candidato Abascal, precisamente y tal vez por eso, donde PP y Vox gobernaron por primera vez en España.
La ultraderecha oficial, no obstante, no es la única en Castilla y León. El PP de Alfonso Fernández Mañueco representa exactamente eso que Vox pretende asimilar y se confirma en esta comunidad que "más vale lo malo conocido…". Seguramente, Alberto Núñez Feijóo nos sorprenderá en las próximas horas diciendo que el PP está frenando a Vox, cuando en realidad, es el ideario de Vox el que se ha incrustado en el PP de un forma obscena: negacionismo climático, desinformación financiada sin sonrojarse... Trumpismo puro y duro, en definitiva, para un territorio complejo, abandonado en lo rural, despoblado gravemente -sin hundirse gracias a la inmigración contra la que clama la ultraderecha de PP-Vox-, abrasado por incendios que nunca se apagan en invierno.
Castilla y León vota lo mismo, vota al bipartidismo más conservador, fulmina a la izquierda de la izquierda del PSOE y vuelve a dar la confianza a un PP en minoría, que necesita a un Vox más duro que nunca en los pactos. Lo decimos aquí una y otra vez: Vox no negocia, Vox impone, y un tal Carlos Pollán, que era el candidato oficial de la ultraderecha en la comunidad, con permiso de Abascal, ya ha avisado de que no tienen ninguna prisa por que se forme el Ejecutivo autonómico, cuando aún no los tenemos ni en Extremadura ni en Aragón.
No ha habido sorpresas en Castilla y León, quizás decepciones, pero la gente que vota ni es santa ni es inocente: los agujeros que dejan las democracias los ocupan los monstruos, y la ultraderecha trumpista de Mañueco y Pollán-Abascal, con su xenofobia, su machismo, su negacionismo climático y sus recortes asfixiantes -literalmente en la (no)lucha contra los incendios- son quienes ocupan el lugar de los y las que no son capaces de convencer con democracia, justicia social y un cuidado exquisito por un territorio tan extenso y singular como Castilla y León. Siga, pues, la izquierda con su infinita escala de grises, que hasta Alvise les ha comido la tostada en una comunidad que acaba de sufrir en sus carnes, por cierto, uno de los actos de terrorismo machista más salvajes que se recuerdan en España. Qué más da.
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