Verano porteño (3)
Tras la pelea en la barbería, mientras Belgrano limpia los desperfectos, Roberto Esteban recuerda el combate contra Chamaco y su retirada del boxeo.
Este es el tercer capítulo de la novela de verano por entregas de David Torres.

-Actualizado a
Belgrano sacó una escoba y un recogedor del trastero y se puso a barrer los destrozos. Mientras tanto, yo iba apartando los cristales rotos y devolviendo las brochas, tijeras y navajas de afeitar a la repisa. Encima de la mesa estaba la revista que acababa de servirme como arma: Belgrano echó un vistazo a la portada.
-No hay quien pueda con los borbones, está claro.
Comenté la suerte que habíamos tenido de que a ninguno de aquellos dos mendrugos se le hubiera ocurrido utilizar una navaja, porque entonces estaríamos limpiando las paredes de sangre.
-Hablando de limpiar —replicó Belgrano, apoyado en el palo de la escoba—. No fue un combate muy limpio.
-No fue un combate. Punto. Qué sabrás tú de combates.
-Eh, sabelotodo, un poco de respeto. Que cuando yo era purrete mi viejo me llevó al Luna Park de Buenos Aires a la pelea entre Bennie Briscoe y Carlos Monzón.
-¿Cuándo fue eso?
-Noviembre de 1972, si no recuerdo mal. Monzón era intratable, pibe. Un monstruo. Ganó el campeonato mundial de los medios contra Nino Benvenuti en el setenta y se retiró invicto siete años después, después de catorce defensas del título.
-Ya. ¿No fue el que mató a su mujer tirándola por el balcón?
-No. Ya la había matado a golpes primero, el muy cagón. Por eso mismo no tengo colgada ahí su jeta, en el puesto de honor, al lado de Ringo Bonavena. Que se la banque, por guacho.
Señalaba la galería de héroes y heroínas que honraban la pared albiceleste, al lado del espejo. Entre los pósteres, los retratos, la bombilla del mate, el rebenque de cuero, las bombachas y el sombrero de gaucho, tampoco había mucho sitio para nuevas incorporaciones.
-A ver, el Che tampoco era una hermanita de la caridad y Borges se mandó una buena cagada con Videla. Pero lo de matar a golpes a una hembra, eso no tiene perdón de Dios. ¿Vos no fuiste también campeón mundial de los medios?
-De Europa, Belgrano. De Europa. Ni siquiera llegué a disputar el título. Un mexicano me retiró del ring.
-¿Cuál?
-Héctor Chamaco.
-Ah, qué groso, pibe. Muy pocos se bancaron una pelea a pie a Chamaco.
Yo era uno de los pocos, aunque de lo que me había servido. Sólo para llevarme una golpiza de muerte y cultivar una sordera intermitente que viene y va como la señal de una emisora bajo tierra. Desde el cuadrilátero había caído en picado a las peleas ilegales, a las borracheras, a las sesiones de alcohólicos anónimos, a las palizas por encargo, a las puertas de discoteca. Echaba de menos el boxeo como el paraíso perdido, como una novia que te ha roto el corazón. Regresaba al gimnasio de Venancio a oler el linimento, el talco, a escuchar las canciones del saco, de la pera, de la cuerda restallando en la lona. Pero mejor no acordarse de esos tiempos, pensé, como si silbara un tango. La intimidad con Belgrano me estaba argentinizando por momentos. El tipo tenía una habilidad pasmosa para escurrir el bulto, lo mismo que Chamaco.
-Dejemos el boxeo -dije-. Cuéntame de qué va la vaina.
-¿Qué vaina?
-Los dos tarugos que acaban de marcharse en ambulancia. No me digas que venían a cobrar el alquiler.
-Ah, eso -Belgrano dejó de barrer, repentinamente serio-. Te lo agradezco de verdad, pero no es asunto tuyo. Dejalo correr.
-A uno le he arreglado el gaznate y al otro el tobillo. Dudo mucho que las cosas vayan a quedarse como están. Perdona, pero ahora es asunto mío.
Iba a responder cuando sonó la campana de la puerta y tuvo que morderse los labios. En la peluquería entró una mujer resoplando, con dos niños pequeños de la mano. ¿Podía apañarlos esa misma mañana o tenía mucha gente delante? Con sonrisa profesional, Belgrano se abrochó la bata y desplegó una toalla. Será un gusto, señora. No tenía a nadie y despacharía a los dos críos en un toque. La invitó a ponerse cómoda mientras subía al más pequeño en el sillón y empezaba a chasquear las tijeras. Hace un calor fiero afuera, ¿no? Acá, en cambio, está lindo. Ahí tiene los diarios si quiere entretenerse y allá arriba libros, si prefiere lecturas más sesudas. La mujer dio las gracias, resopló de nuevo, se sentó en una silla y se puso a ojear una de las revistas.
-Es cierto que se está fresquito —comentó, sin levantar los ojos del papel.
-Obvio —asintió Belgrano, podando mechones a tijeretazos. Sin dejar de podar, me enfocó por encima de las gafas—. Este. Después hablamos. Andá encargando una fugazzetta y la morfamos juntos en mi departamento.
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