Víctor del Árbol contra la historia que no queremos aprender
Anibal Malvar conversa con sus cigarras particulares para que le canten qué podemos leer en este verano de canícula y siesta.

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Víctor del Árbol (Barcelona, 1968). Novelista con alma de historiador y policía o viceversa. Estudió Historia en la Universitat de Barcelona. Entre 1992 y 2012 trabajó como mosso d´esquadra. Abandonó la actividad policial tras el rotundo éxito de su novela La tristeza del samurai (Ed. Alrevés, 2011), traducida a más de una decena de idiomas. Premio Nadal por La víspera de casi todo (Destino, 2016). En 2017, el Ministerio de Cultura francés lo nombró Caballero de las Artes y las Letras. Su novela más reciente es El tiempo de las fieras (Destino, 2024).
Autobiografía
Que somos mejores en el relato que en la realidad es una obviedad. A base de repetir a lo largo de los años las mismas anécdotas, estas se fijan como un esquema narrativo del que cuesta liberarse para saber, en realidad, quién es uno, si es que tal cosa es posible. Es evidente que mi infancia y mi adolescencia han condicionado mi escritura, no tanto por las lecturas de entonces (que también) como por las vivencias. Ser hijo de inmigrantes en la Barcelona de los años 60, crecer en un barrio de la periferia como Torrebaró, convivir con la violencia estructural y más próxima desde tan temprana edad, me ha empujado a buscar respuestas y una forma de justicia que ha pasado por ser seminarista (esa idea de la redención como finalidad), luego policía (la pretensión de que la ley puede suplantar la falta de ética), para acabar cediendo a la única respuesta posible: la literatura; primero como lector voraz y soñador, luego como escritor artesano y profesional. Es esa búsqueda, utópica, algo naïf, la que sigue moviéndome en este tiempo de fieras. A veces, escribir es también decir lo que no puede ser dicho de otra manera, por mucho que a vivir se aprenda viviendo.
En tus libros, como sin querer, hablas mucho de historia. Tus personajes son mucho menos víctimas de sí mismos que de los acontecimientos políticos (todo es política) pasados. En 'La tristeza del samurai', obviamente. Has llegado al gran publico de muchos países. ¿Crees que se entiende el mensaje antifascista de tus novelas? ¿O el mensaje antifascista de gran parte de la cultura, en general, se queda en las librerías, y no llega a las urnas?
Si los lectores entienden —o les interesa—mi intención de denunciar todo tipo de fanatismo, dogmatismo y estupidez intrínseca a ciertas formas de ejercer el poder, no es algo que me condicione. Simplemente, es algo que no puedo eludir. Creo que vivimos en una época en la que se han adueñado del discurso público los mediocres. Y cuando hablo de mediocres, hablo de gente que solo sabe moverse en el dualismo, que ni entiende ni le interesa nada fuera de la bipolaridad conmigo-contra mí.
El fascismo se disfraza de libertad.
Para estas élites [de mediocres] la realidad se reduce a una cuestión de adhesión o enemigo, a una simplificación de la realidad que empobrece el discurso y que se ampara en las viejas leyes del totalitarismo: incentivar el miedo, generar inseguridad a todos los niveles, fomentar el caos, buscar enemigos entre los más débiles y cohesionar luego a la sociedad detrás de un líder que prometa acabar con todo ello.
No es nada nuevo en la Historia, solo que, ahora, el viejo fascismo se disfraza de libertad y muchos compran ese discurso. Entiendo que los movimientos de extrema derecha siempre han tenido esta estrategia, y mientras la democracia funciona se les puede poner coto. El problema de los mediocres radica precisamente en la izquierda; cuando la izquierda hace demagogia, cuando los partidos políticos se transforman en organizaciones para medrar obedeciendo las consignas de sus jefes y cuando se cae en la corrupción y la dejadez de funciones, los ciudadanos se sienten abandonados y se lanzan en brazos de los salvapatrias. El primer culpable del auge del fascismo es siempre quien, traicionando los valores que se le suponen, abona el campo con estas actitudes.
“Este hecho explica que ningún endecasílabo derribó hasta ahora a ningún dictador o burócrata aunque / sea un pequeño dictador o un pequeño burócrata / y también explica que / un verso puede nacer del encuentro entre una piedra y un fulgor de otoño” (Juan Gelman).
Como Gramsci o Passolini, creo que la literatura ejerce ese punto de dique, esa función que va más allá de entretener y que consiste en ser siempre, y a cualquier precio, crítica y vigilante con el poder. Por eso se tiende a ningunear a los escritores que, de manera honesta y con sus limitaciones, intentan mantenerse fieles a ese ideario. También la banalidad y la mediocridad pueden servir para diluir la realidad. Y bien es cierto, sin embargo, que detesto las novelas de tesis, panfletarias o discursivas. Porque en su mayor parte no dejan de ser un postureo sin verdad ni implicación, esa cultura de cenáculo de la que he tratado toda mi vida de huir.
La cigarra Del Árbol recomienda
Si esto es un hombre, de Primo Levi (publicado en 1947, varias ediciones accesibles). Me parece hoy más vigente que nunca. No tanto porque se dé la paradoja de un superviviente judío de los campos de concentración nazis hablando del horror de la matanza industrial de inocentes, como cuanto a mensaje lleno de humanidad, de deseo de que la Historia enseñe lo que no queremos aprender.
Vida y Destino, de Vasili Grossman (escrita en 1959, confiscada por la KGB, publicada en 1980; Galaxia Gutenberg, 2023). Una epopeya semejante a Guerra y Paz con el contrapunto de quien ha vivido en primera persona la mutación de una utopía —la lucha por la Patria— en terrible distopía: el nacimiento de una dictadura, la estalinista.
El Extranjero, de Albert Camus (disponible en diversas ediciones). Es mi libro fetiche. Una novela de apariencia inocente, cortita, tentadora en su sencillez y que esconde la enfermedad que corroe hoy en día a las democracias y las sociedades occidentales, a pesar de haber sido escrita en los años 40. Habla del adocenamiento, de la renuncia a toda forma de lucha, de la aceptación y la ausencia de capacidad crítica que nos conduce primero a la inacción y, por último, a la destrucción como individuos y a la pérdida de la libertad como comunidad.

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