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Una ciudad española en el Tirol

Neustift, el lugar de trabajo de la selección, muestra su simpatía a los nuevos visitantes con constantes guiños

J. MIGUÉLEZ

Cuando deja de llover y antes de que la oscuridad absoluta ciega todas las calles, Neustift se vuelca en ofrecer a sus visitantes pruebas irrefutables de su españolidad. Se aprecia que es un sentimiento moderno y forzado, adquirido con calzador a través de unos asesores discutibles, pero rebosante de esfuerzo y buena intención. Los símbolos aparecen a cada paso. Lo mismo a través de una bandera que cuelga del mástil de un hotel, en las cartulinas que decoran los escaparates o en la música de fondo con la que se empeñan en obsequiartelos restaurantes.

España escogió como sede de su concentración en la Eurocopa el valle Stubai, un impresionante paraíso para la vista que se adentra 35 kilómetros en Los Alpes a través de 80 glaciares y 103 picos de 3.000 metros. En la tirolesa Neustift, se mira hacia arriba y es difícil divisar el final. La niebla esconde las cimas durante buena parte de la jornada. La lluvia, incansable, mejora la visibilidad, pero no lo suficiente.

En los restaurantes suenan Los Pajaritos en cuanto te sientas

A ras de suelo, a la altura del pueblo y sus casas (que son casi menos que hoteles), lo que se ve y bien claros son los guiños a los españoles. Están acostumbrados a los visitantes, que copan las habitaciones en temporada invernal y en la estival. De hecho, pese a lo que insinúa sus atractivos para el esquí, agosto es su mes más potente.

La oficina de turismo asegura que los lazos entre nosotros y los tiroleses no han nacido con la Eurocopa. Sostienen un origen histórico, agarrado en que a ellos les gusta mucho veranear en nuestras tierras y en que la cultura hispánica dejó huellas profundas en el Tirol. Despertamos simpatía y amistad.

Cuando las conexiones se miran de cerca aconsejan a mirarlas con escepticismo. No nos conocen demasiado. O no a los de nuestra época. Recibir a la selección española con un baile infantil al ritmo del Veo, veo de Teresa Rabal al menos sonó divertido. Aunque esos mismos niños que el jueves bailaban, ayer aseguraban que su jugador favorito de la selección es Cristiano Ronaldo. Quizás los profesores que les han enseñado estos días a marchas forzadas todo lo español les han enseñado As o Marca.

A cada paso asoma una prueba de la repentina españolidad local

No han debido tener mejores asesores los restaurantes. En cuanto te sientas a la mesa, la música de fondo arranca con Los Pajaritos. El camarero te mira y te sonríe con complicidad convencido de su acierto. Luego llega el Porrompompom y el Que Viva España, pero ni siquiera lo canta Manolo Escobar. El repertorio procede de otra época, y del top manta.

No mejoran la credibilidad los escaparates. Saben del vicio español por las rebajas y con ellas te reclaman. Pero no las concretan, se limitan a poner un tanto por ciento sin cifra y se frotan las manos. Junto a las banderitas con mensaje, un cartelito del supermercado te avisa de que hay viandas para preparar churros, tortilla, gazpacho, tapas y paella. También están expuestas en las tiendas cartulinas que han hecho los niños en el colegio.

Son homenajes a cada jugador de la selección. A veces confunden fotografías, pero son entrañables. También la dedicada a Juanito, aunque un crío, quizás ignorante del debate, lo mostrara junto a Raúl. Luis lo ve hasta en Neustift, esa repentinaciudad española.