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El día que Xabi Alonso fue Platini

La biografía del donostiarra, hasta anoche, siempre ha estado alejada del gol

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A los 19 minutos, Xabi Alonso se aproximó al área. Allí encontró tierra libre para vencer, porque toda esa zona se vació de jugadores. La pelota llegó desde la banda izquierda. Sin necesidad de pasar por tribunales, el gol se presentó a su favor. Pero había que saber hacerlo, y Xabi Alonso eligió lo que hizo. Nunca fue fácil en ese territorio, donde no pocos futbolistas se reconocen incapaces de gobernar a la incertidumbre. La diferencia es que Alonso acompañó a ese balón con una naturalidad infinita. Lo hizo con la cabeza, una de las partes más difíciles del cuerpo de manejar. La pelota encontró un lugar casi imposible para Lloris. El portero ni se movió. Xabi Alonso (Tolosa, 1981) se impuso a sí mismo. Su biografía está muy alejada del gol. Pero anoche fue lo que nadie supo ser en Francia. Platini en los ochenta, por ejemplo.

El gol vivía en sus pies. Platini era un futbolista que siempre llevaba la camisa por fuera. La norma entonces lo permitía. Y, aunque ahora haya engordado peligrosamente y haya sufrido hasta un amago de infarto, era muy fino. Tenía más hueso que músculo. No era de los más altos ni de los bajos. Xabi Alonso, en realidad, es de un corte físico parecido. Y, como Platini, es un futbolista elegante, como una película en blanco y negro. Tiene un respeto casi reverencial por la pelota con la que jamás se mete en líos. Pero entre los dos existe una sustancial diferencia. Platini, además, era un finalizador. Nació con sangre noble en el área. Xabi Alonso, no. Al menos, hasta anoche cuando vengó el recuerdo de miles de generaciones, entre ellas la de Arconada, un paisano suyo, al que Platini amargó una noche en París. Fue en la final de la Eurocopa 84. El balón, sin motivo, pasó por debajo del estómago del portero.

Xabi Alonso vengó el recuerdo de miles de generaciones, entre ellas la de Arconada, un paisano suyo

Xabi Alonso no se acuerda. Tenía tres años. Vivía en la Diagonal de Barcelona y pasaba las mañanas en la guardería Caperucita Roja. Su padre, malherido por el Mundial 82, ya no jugaba en aquella selección, que sólo se arrepintió del error de Arconada. El resto descubrió una peligrosa diferencia que empezaba en el medio campo, donde Platini, aparte del gol, tenía dos compañeros que nacieron para jugar al fútbol. Los dos eran de estatura muy baja. Uno era Tigana, al que DiStéfano juzgaba entonces 'el mejor jugador del mundo'. El otro tenía cara de mafioso y las piernas tan cortas que parecía un pitufo. Se llamaba Giresse y su imaginación con la pelota podía gobernar el mundo. Y realmente parecía ciencia ficción que una misma generación de un país, que fuese Brasil, lograse reunir a tres futbolistas de ese corte. Y, claro, eran la envidia de medio mundo y, casi 30 años después, todo eso, que ayer fue de Francia, hoy es de España.

Xavi e Iniesta podrían ser sin ningún problema Tigana y Giresse. En teoría, sólo faltaría Platini para igualar la ecuación. Pero anoche Xabi Alonso interpretó ese papel hasta el minuto 90 con un penalti que había que saber tirar. Los penaltis son fáciles hasta que se fallan. Y no importó que España no alinease a delantero centro. Y no sólo es que no importase, sino que fue otro paralelismo con la Francia del 84. Entonces el 'nueve' tampoco era un elemento de gran confianza. Solía ser Lacombe y solucionaba pocos partidos. Pero nada de eso fue óbice para que Francia gobernase esos años, más o menos como pasa ahora con España.