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El gol que irritó a Hitler

La celebración del austríaco Sindelar ante las autoridades nazis provocó que la policía le persiguiese hasta su muerte

LADISLAO JAVIER MOÑINO


En el año en el que se cumple el 70 aniversario del Anchsluss (la anexión de Austria a la Alemania nazi), despertará la memoria de Matthias Sindelar, el jugador de papel o el Mozart del fútbol. No muy lejos del Ernst Häppel Stadion, recinto del decisivo Austria-Alemania de hoy, se encuentra su tumba, visitada religiosamente cada año por seguidores y dirigentes del Austria de Viena coincidiendo con el día de su fallecimiento. Allí todavía se recuerda que el balón también se rebeló contra la barbarie nazi.

Judío, nacido en Kozlov (Moravia) y emigrante junto a su familia en el barrio de Favoriten (Viena), la historia y la leyenda de Sindelar se confunden para generar uno de los mitos más románticos del fútbol. Cuando Hitler consumó la anexión austriaca el 12 de marzo de 1938, Sindelar emprendió su particular lucha contra el nazismo. Quedaban apenas tres meses para que se disputara el Mundial de 1938 y el Führer, como Mussolini en 1934, ya había advertido del poder propagandístico del fútbol y su utilidad como elemento manipulador. El wunderteam (equipo maravilla), como era conocida la fabulosa selección austriaca dirigida por Hugo Meisl, fue obligado a fundirse con la selección alemana para la gran cita.

Austria se había clasificado por su cuenta, pero la necesidad de propagar la supuesta superioridad de la raza aria empujó a los alemanes a reforzar su vigoroso equipo con la depurada técnica de la escuela del Danubio. Nunca lo dijo públicamente por temor a las represalias, pero Sindelar se negó a formar parte de esa nueva y poderosa Alemania. Simuló lesiones para eludir las convocatorias porque le repateaba el hígado simplemente pensar que antes de empezar el partido tendría que ejecutar el saludo nazi. No quería doblar la rodilla ante los culpables de la muerte de muchos conocidos judíos y, a su manera, con el balón y su destreza, le ganó una batalla futbolística al régimen hitleriano.

Para celebrar la anexión, se disputó un amistoso entre Austria, que se despedía como selección independiente, y Alemania. Esta vez, ninguna lesión salió de la boca de Sindelar para excusar su ausencia. Las crónicas de la época cuentan que los austriacos habían recibido la orden de dejarse ganar, algo que al larguirucho delantero rebelde no le gustó.

Durante el primer tiempo, Sindelar burreó a los alemanes, pero cuando llegaba la hora de marcar, tiraba la pelota fuera y volvía a su campo meneando la cabeza como desencantado. En el segundo tiempo, se hartó de la pantomima y empezó a bailar con el balón. Un regate por aquí, un sombrero por allá y un gol de vaselina. Su celebración levantó ampollas. Sindelar se situó frente al palco y, ante la mirada furiosa de las autoridades nazis, se marcó una danza interpretada como una deshonrosa ofensa.

Desde entonces, la Gestapo le consideró un elemento subversivo, capaz de arrastrar a las masas en contra del nacional socialismo. Fue perseguido por la policía nazi, hasta que el 23 de enero de 1939 se descubrieron su cadáver y el de su esposa, también judía, en su apartamento de Viena. La principal teoría sobre su muerte, que nunca quedó clara, apunta a un suicidio por inhalación de gas. A que Sindelar no soportaba ya el ambiente irrespirable y de atosigamiento al que fue sometido por la Gestapo y optó por ese trágico final.

A su entierro, acudieron 40.000 personas bajo fuertes medidas de seguridad porque se temía una rebelión de los asistentes. En Viena, figura la Sindelarstrasse, esa calle del rebelde goleador donde suenan los ecos del poema que le dedicó el austriaco Friedrich Torberg: “Jugaba al fútbol como ninguno/ponía gracia y fantasía/jugaba desenfadado, fácil y alegre/siempre jugaba y nunca luchaba”. Salvo contra la sinrazón hitleriana, a la que burló y regateó dedicándole su gol más sentido.