Opinión
Trump y la fractura del eje transatlántico

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
Estamos a unos 500 días, con sus quinientas noches, del comienzo del segundo mandato de Donald Trump. Durante este breve periodo de tiempo, el sistema internacional ha atravesado una aceleración histórica de sus procesos de fragmentación y reconfiguración geopolítica. Aunque las dinámicas de crisis del orden liberal y transición hacia un escenario multipolar eran anteriores a su regreso a la Casa Blanca, la nueva presidencia de Trump ha consolidado un cambio de época en la que Estados Unidos ya no actúa como garante del orden internacional construido tras 1945, sino como el principal agente de su transformación.
La dimensión disruptiva de Trump supera incluso la capacidad desestabilizadora atribuida durante años a Vladimir Putin. En este sentido, Rusia ha sido, sin duda, un actor revisionista decisivo en la erosión de la seguridad europea y del marco normativo internacional, especialmente desde la anexión de Crimea y la invasión de Ucrania. Sin embargo, la diferencia esencial reside en que Putin desafía el orden liberal desde fuera, mientras que Trump lo hace desde el corazón mismo de la potencia que lo diseñó, sostuvo y legitimó durante décadas. Esa es la verdadera dimensión de la actual crisis sistémica.
Durante estos meses —recordemos que todavía no llevamos ni la mitad de la legislatura— se ha confirmado algo que se intuía ya durante su primer mandato: la consolidación de una política exterior guiada por criterios estrictamente transaccionales. El trumpismo ha abandonado definitivamente la idea de liderazgo cooperativo para sustituirla por una lógica de negociación permanente basada en correlaciones de fuerza, ventajas económicas inmediatas y repliegue selectivo de compromisos internacionales. De este modo, la defensa del interés nacional estadounidense ya no se articula a través de la preservación del orden liberal, un orden que le había sido de gran utilidad para asentar su liderazgo global y su pax americana, sino mediante el cuestionamiento de aquellas estructuras multilaterales consideradas un obstáculo para la primacía de Washington.
El fin de la 'globalización feliz'
Este cambio doctrinal tiene implicaciones profundas. Durante décadas, la hegemonía estadounidense se sustentó en una combinación de poder material y legitimidad normativa. Estados Unidos no solo era la principal potencia militar y económica, sino también el arquitecto de un sistema de reglas e instituciones que articulaba alianzas, mercados y mecanismos de gobernanza global, la conocida como globalización feliz. Trump rompe con esa tradición al considerar que la interdependencia, el libre comercio y el multilateralismo han favorecido el ascenso de competidores estratégicos, especialmente China.
Precisamente China se ha consolidado como el principal eje de la rivalidad sistémica contemporánea. La actual Administración Trump ha intensificado el desacoplamiento económico y tecnológico iniciado durante su primer mandato, profundizando las restricciones comerciales, el control de inversiones y la competencia por sectores estratégicos. Ya no se trata únicamente de una disputa comercial, sino que estamos ante una verdadera pugna por la hegemonía global del siglo XXI, y así ha quedado de manifiesto durante la reciente visita de Trump a Xi Jinping.
La innovación tecnológica se ha convertido en el núcleo central de esta confrontación. Inteligencia artificial, computación cuántica, semiconductores, control de datos, transición energética o infraestructuras digitales forman parte de una nueva geopolítica de la tecnología en la que se define el equilibrio futuro del poder mundial. Y en ese contexto, China ha logrado convertirse en el único actor capaz de disputar estructuralmente la supremacía estadounidense en estos ámbitos, erosionando la unipolaridad surgida tras el final de la Guerra Fría.
La Administración Trump interpreta esta competición en términos abiertamente geoestratégicos. Desde Washington se asume que la globalización facilitó la transferencia de capacidades industriales y tecnológicas hacia Pekín, lo que ha debilitado la posición relativa estadounidense. Por ello, el trumpismo impulsa una reindustrialización selectiva y una política de contención tecnológica frente a China que redefine las cadenas globales de valor y acelera la fragmentación económica internacional.
El resultado está siendo la consolidación de un escenario crecientemente multipolar, caracterizado por la competencia entre grandes potencias y la conformación de áreas de influencia. Así, la globalización liberal da paso progresivamente a un modelo de bloques en los que seguridad, comercio y tecnología aparecen cada vez más interrelacionados. En este momento, cualquier eje, la economía, la energía o la geografía son herramientas explícitas de poder y así se usan.
La quiebra del eje transatlántico
En este contexto, la crisis del eje transatlántico adquiere una dimensión particularmente relevante, la que deja en evidencia la profundización de la sensación de vulnerabilidad estratégica en la Unión Europea. Europa asiste con creciente inquietud a la transformación de la relación atlántica, consciente de que el vínculo privilegiado con Washington ya no puede darse por garantizado en los términos históricos de la posguerra. La guerra de aranceles o la amenaza contra Groenlandia son apenas dos episodios que muestran la quiebra del eje sobre el que se ha construido la propia UE a lo largo de su existencia.
La presión estadounidense sobre los socios europeos en materia comercial, energética y de defensa ha reforzado una evidencia incómoda: aquella que plantea que los europeos han dejado de ocupar una posición central en el sistema internacional. Durante décadas, Europa se percibió a sí misma como uno de los núcleos organizadores del orden global. Sin embargo, la actual competición entre Estados Unidos y China ha desplazado claramente el centro de gravedad geopolítico hacia el Indo-Pacífico y ha relegado progresivamente al continente europeo a una posición periférica en términos estratégicos.
La guerra en Ucrania evidenció además hasta qué punto la seguridad europea continuaba dependiendo estructuralmente de Washington. Pese a los discursos sobre autonomía estratégica, la capacidad militar, tecnológica y de inteligencia de la UE sigue siendo insuficiente para garantizar por sí sola la estabilidad del continente. Europa aspira a convertirse en un actor geopolítico, pero continúa careciendo de soberanía efectiva en ámbitos decisivos.
El mundo surgido tras la Guerra Fría ha terminado definitivamente
Esta contradicción define el actual momento europeo. La UE intenta afirmarse como actor global en un entorno crecientemente hostil y competitivo, pero lo hace desde una posición de dependencia respecto a Estados Unidos y con profundas divisiones internas sobre su modelo estratégico. Mientras algunos Estados miembros apuestan por reforzar el vínculo atlántico como garantía esencial de seguridad, otros reclaman avanzar hacia mayores niveles de autonomía política, industrial y militar, así como hacia la diversificación de las alianzas a nivel global.
Sin duda, mucho habrá que agradecer a Trump la aceleración de esta toma de conciencia europea. Su cuestionamiento recurrente de la OTAN, sus amenazas comerciales y su visión utilitarista de las alianzas han destruido la ficción de una comunidad occidental basada en valores compartidos y compromisos permanentes. El vínculo transatlántico sobrevive, pero transformado por una lógica mucho más pragmática, desigual y contingente.
En todo caso, si hay algo con lo que se debería trabajar de manera explícita es sobre la hipótesis de que el trumpismo no constituye un accidente coyuntural, sino la expresión de una mutación profunda de la política exterior estadounidense y del propio orden internacional. La defensa de la hegemonía global de Estados Unidos ya no pasa necesariamente por preservar el orden liberal internacional, sino por adaptarlo —o incluso desmantelarlo parcialmente— si deja de servir a los intereses estratégicos de Washington.
La transición hacia un nuevo orden multipolar avanza así marcada por la competencia tecnológica, la fragmentación económica y el debilitamiento de las estructuras multilaterales. El mundo surgido tras la Guerra Fría ha terminado definitivamente. Y Europa, atrapada entre la dependencia atlántica y la necesidad de reinventarse como actor geopolítico autónomo, afronta probablemente el desafío más decisivo de su historia contemporánea.
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