¿Por qué en nuestras ciudades cierran unas tiendas y abren otras?

Por El Quinze
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El comercio es una de esas actividades antiguas que siempre han estado presentes en todas las ciudades del mundo en intensidades y formas distintas dependiendo del momento. Cualquier cambio urbano significa una variación en las actividades comerciales, siendo las mudanzas de la estructura comercial un reflejo claro de lo que es la vida propia de la urbe en cada momento. Este aspecto hace que la gestión de la vida comercial se tenga que realizar, inevitablemente, teniendo en cuenta el creciente complejo entramado social, económico, político y cultural que es la ciudad. Un entendimiento que complementa la tradicional manera de gestionar el punto de venta basado solo en la contabilidad.
Continuamente los principales medios de comunicación se hacen eco del cierre de tiendas históricas de Barcelona. Ha tenido especial impacto el cierre de las que se localizan en el centro, como Musical Emporium, en la rambla de Canaletes; El Indio, en la calle del Carme; o Vinçon, en el Passeig de Gràcia. Para muchos de nosotros, su cierre significa la pérdida de una parte de nuestra identidad. No porque las frecuentásemos mucho, sino porque su cierre es, en cierto modo, la muerte de una parte de las calles por las que pasamos cada día; la muerte de nuestra ciudad, de una pequeña historia local que, durante años, ha otorgado valor cultural a la urbe.
A pesar de que el comercio urbano siempre muda y se adapta a los tiempos –actualmente a los de la globalización–, percibimos el cambio con una respuesta triste, ciertamente traumática y nostálgica. A pesar de no ser conscientes de ello, nos afecta porque se produce frente a nuestros ojos, en la ciudad visible, la ciudad pública, la de la calle. No se produce en la ciudad invisible, la del espacio íntimo y privado, aquella de la que de pocas cosas nos percatamos o nos queremos dar cuenta, como los desahucios o la violencia de género tras las puertas de los rellanos de nuestra escalera de vecinos. Tampoco nos preguntamos como consumidores sobre qué habríamos podido hacer para que esa tienda no cerrara. ¿Habríamos podido ir a comprar más a menudo? ¿Qué tipo de gestión empresarial tenía que haberse hecho para evitar el cierre? A menudo simplificamos y culpamos del cambio a la Administración pública y al otro, sea este el recién llegado, el de fuera o el turista, cuando en el fondo es un cúmulo de circunstancias tan complejas como lo es la ciudad.
Los cambios comerciales del Born son un óptimo ejemplo para entender los fenómenos urbanos a la luz del paso del tiempo. En la década de 1970, se produjo el vaciado demográfico del barrio. Los vecinos se fueron a vivir a los nuevos barrios de la periferia. Con la pérdida de demanda hubo un importante cierre de tiendas dedicadas a la alimentación básica, como las de legumbres, conservas, bacalao o pan. Quedan algunas, como La Ribera, de salazones, o Casa Perris, que rememora la tradición, pero como una sofisticación del valor del producto. El mercado del Born cerró en 1971, después de 100 años, de los cuales 50 actuó como mercado central de abastos de toda Barcelona y cercanías, función que pasó a ejercer Mercabarna. Y no únicamente cerró el mercado, sino todas las tiendas que gravitaban a su alrededor. Fue, probablemente, el cambio comercial más importante que ha vivido Barcelona desde los inicios de la industrialización.
Después del vaciado demográfico, a inicios de la década de 1990 se inició un proceso de gentrification, incompleto y selectivo. En las calles más emblemáticas del barrio se abrieron algunas galerías de arte y establecimientos más sofisticados. Lo hacía gente medianamente joven que había descubierto el barrio. Eran personas de Italia y de Francia, y con un elevado poder adquisitivo. Desde finales de la década de 1990, algunas de las viviendas de las calles menos valoradas del Born se volvieron a abrir para acoger a población procedente sobre todo de Marruecos y Pakistán. Con su llegada se produjo una importante difusión de pequeños supermercados y colmados que recuperaron el negocio familiar, un modelo empresarial que ya estaba en crisis en Catalunya y que se ha reproducido hasta la actualidad.
El turismo ha actuado como dinamizador comercial, también en el Born. El gasto del turista no es suficiente para mantener todas las tiendas abiertas. Han ido cerrando multitud de establecimientos, en medio de una sociedad crecientemente empobrecida que valora cada vez más el precio del producto. Al mismo tiempo, el precio del metro cuadrado del suelo urbano ha subido desmesuradamente, haciéndose imposible vivir en la ciudad o abrir un nuevo negocio en lugares donde, en algunas ocasiones, unos pocos propietarios controlan muchos locales.
Estamos en una etapa de cambio importante donde el cierre de tiendas seguirá. No únicamente en el centro de la ciudad de Barcelona, sino en toda la metrópolis y también en las capitales comarcales, donde ya hace décadas que los centros se han ido muriendo. A pesar de que el comercio nunca ha dejado de existir, podemos ayudarlo haciendo que en la ciudad vivan sobre todo personas en las mejores condiciones posibles.