La industria textil: tan básica, tan discutible

Por El Quinze
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La producción de ropa ha estado presente a lo largo de toda la historia de la humanidad, pues proporciona uno de los bienes básicos por los que nuestra especie puede adaptarse a condiciones climáticas muy diversas. La ropa ha sido también un elemento de diferenciación social, constituyendo lo que en lenguaje moderno llamamos consumo posicional.
La industria textil, asimismo, ha tenido un papel básico en el desarrollo del capitalismo industrial. No solo porque constituyó un sector básico de innovaciones tecnológicas y desarrollo mercantil. También porque fue clave en algunos de los cambios sociales asociados al capitalismo. Por ejemplo, estuvo en el centro del llamado comercio trilateral: la caza de personas en África, que eran convertidas en esclavos en América para producir el algodón que surtía las fábricas de Manchester, que, a su vez, exportaban parte de su producción a las colonias.
En el textil se hallan también muchas de las primeras fábricas que inauguraron un cambio espaciotemporal en la vida de la gente y que emplearon mano de obra infantil y femenina para abaratar costes. En este sector nació también el primer sindicalismo y los primeros movimientos anticapitalistas radicales. En Catalunya, el textil fue el eje de la industrialización, del incipiente movimiento obrero y de una política de deslocalización que se tradujo en la variante del capitalismo feudal que configuraban las colonias textiles en el recorrido del Llobregat y el alto Ter.
A lo largo del siglo XIX y parte del XX, la industria se centró en la actividad de cabecera, hilados y tejidos, quedando la confección de prendas en manos de empresas artesanales –y producción doméstica–. Ya a principios del siglo XX se desarrolló el subsector de la confección, tanto en talleres como a través de redes de subcontratas, en las que predominaba la mano de obra femenina, los bajos salarios y la explotación brutal –estos talleres se conocieron como los sweeting system, el sistema del sudor–. El sector volvió a cambiar a partir de la década de 1970, cuando se inició la deslocalización productiva hacia países en desarrollo y se cerraron paulatinamente las plantas de los países ricos. También en esto el sector fue pionero, en la globalización auspiciada por la busca de mano de obra barata.
El cambio no sólo fue espacial, sino que estuvo asociado a una transformación profunda de la estructura del sector. Los viejos fabricantes de cabecera perdieron el centro del negocio, que pasó a estar bajo el control de las grandes empresas de distribución. Estas suelen mantener el control de las marcas, el diseño y la estructura comercial final, pero la actividad productiva se desarrolla a través de cadenas de subcontratistas que producen, sobre todo, en países de muy bajos salarios. Este es, con variantes, el modelo de negocio de las grandes marcas que hoy controlan el textil: Zara, Gap, H&M, Benetton, C&A...
Se trata de una actividad controvertida en diversos aspectos. El principal, el modelo laboral, que se traduce en bajos salarios, jornadas laborales prolongadas y malas condiciones de trabajo en el núcleo productivo. El derrumbe de la planta Rana Plaza en Bangladesh, en 2015, donde murieron más de 1.000 personas y más de 2.000 resultaron heridas, significó una muestra extrema de estas condiciones laborales, pues en el edificio se ubicaban subcontratas de los grandes grupos mundiales. Se hizo evidente que el bajo coste tenía una cara B en forma de condiciones de vida inhumanas de los productores directos.
Un acuerdo que habrá que analizar
Aquello reforzó las campañas de oenegés y sindicatos a favor de la regulación del sector, que se ha traducido en la creación de mecanismos de certificación de las condiciones de trabajo en las subcontratas, que no parecen haber servido para garantizar un cambio radical en la situación. En 2019, Inditex ha alcanzado un acuerdo con la confederación sindical IndustriALL Global Union por el que se crea un comité sindical global y que garantiza el cumplimiento de las cláusulas de trabajo decente de la OIT en las 7.000 plantas que suministran a la multinacional en todo el mundo, empleando a 2,5 millones de personas. Un acuerdo pionero para el sindicalismo cuyos resultados deberán analizarse en el futuro.
Un segundo punto crítico es el del impacto ambiental de la actividad, tanto en lo que representan las emisiones de CO2 a través de las complejas redes de suministro y comercialización de los grandes grupos, como la provocada por el uso intensivo de químicos con los que se obtienen colores y texturas que aumentan el atractivo de los productos. Ello está, además, reforzado por el modelo consumista que promueven los grandes grupos de la moda de masas, basados en incrementar ventas mediante la rápida obsolescencia de los productos textiles con objeto de acortar su vida útil y forzar a nuevas compras. Un modelo consumista propiciado por intensivas campañas de marketing que asocian la moda a un cierto tipo de calidad de vida.
Un tercer punto crítico es el impacto sobre la estructura comercial y la estandarización del espacio, visible en el control que han conseguido las grandes cadenas en la mayoría de centros comerciales urbanos, con la paulatina desaparición del comercio multimarca, conectado con proveedores locales.