Este artículo se publicó hace 7 años.
La tienda de barrio del Gòtic está en peligro de extinción

Por Público -
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A simple vista la calle Escudellers de Barcelona está dominada por los restaurantes y los locales en los que uno puede tomar un bocado rápido. Pero en la mente de Mercedes García se dibuja un paisaje muy distinto cuando pasea por ella. Tiene 62 años y toda la vida ha residido en esta calle del Barri Gòtic, en el corazón histórico de la ciudad. Allí donde ahora hay una tienda de marihuana antaño había una zapatería; en el local del restaurante Colom se vendían electrodomésticos, y el espacio que ahora ocupa un sex shop lo compartían un colmado y una cafetería. Escudellers se erige como caso paradigmático de lo que ocurre en todo el Gòtic: las tiendas de barrio que atienden las necesidades más básicas y cotidianas de los vecinos están desapareciendo para dar paso a comercios enfocados al turista.
Mientras una tienda de souvenirs ya consagrada en Escudellers abre un segundo establecimiento en la misma calle, uno de los últimos locales en los que se podía hacer la compra diaria bajaba la persiana en febrero. Aún se conserva una pequeña inscripción encima de la entrada que recuerda que ahí estaba la Xarcuteria Carmen, que tenía más de 100 años. El día en que se produjo el cierre del negocio, los vecinos homenajearon a Mari Pérez, que llevaba 17 años detrás del mostrador de la tienda. Cuando falleció el propietario, heredero del negocio familiar y pareja de Mari, era necesario hacer un cambio de nombre. Entonces le comunicaron que le subirían el precio del alquiler. Y Mari decidió poner fin al negocio sin llegar a preguntar cuál sería el importe, porque se le antojaba impagable. "Si ya estaba pagando 900 y pico y me costaba, imagínate a precio de mercado", suelta.
En aquella época se produjo otra novedad poco alentadora para la tendera. No muy lejos de la carnicería, ante la plaza del Duc de Medinaceli, abrió un supermercado Alcampo. "El último mes con la tienda abierta fue horrible, no me entraba nadie. Esto era el abismo", recuerda Mari. Pero los clientes fieles la echan en falta. Hacía sus propios canelones y distribuía a los restaurantes de la zona, como Los Caracoles, un establecimiento emblemático del barrio fundado en 1835. Hace dos semanas que Mari trabaja allí. Se encarga, por ejemplo, de los platos de embutidos. "Para mí ha sido una suerte", admite. No quería trabajar en un gran súper y reconoce que a sus 58 años estaba preocupada por si no encontraba un empleo.
Cierra la charcutería: y ahora, ¿qué?
Mercedes acudía a la charcutería "de siempre" de Mari. Ahora va al supermercado o al mercado. Pero al de Santa Caterina, pese a no ser el más cercano. El turismo se ha adueñado de la Boqueria. "Voy con el carro y no me dejan pasar", reconoce, y confiesa: "Ya hace tiempo que no voy". Mercedes considera que el Gòtic "no ha cambiado para bien" y lamenta que el Ayuntamiento "haya dejado poner lo que se quiera". Muchos de sus vecinos se han mudado porque estaban hartos, por los alquileres o incluso por acoso inmobiliario. En su finca quedan tres, y hay algo que no les deja dormir por la noche: el ruido que se genera delante de la discoteca Le Queen, en una calle donde también acuden grupos de turistas para beber de bar en bar. "El turismo que viene es totalmente de borrachera", critica. En el barrio atribuyen en parte la transformación del comercio a ese modelo turístico.
Unas tiendas cierran y otras corren el riesgo de acabar igual. En la Llibreria Sant Jordi, de la calle Ferran, recibieron un serio aviso en 2014, cuando vencieron los contratos de renta antigua en locales comerciales. Funciona como librería desde hace 36 años, pero el mobiliario tiene más de un siglo, por lo que se considera establecimiento emblemático. Las fuentes consultadas coinciden en que en el Gòtic se llegan a pagar alquileres de 24.000 euros mensuales por locales de dimensiones modestas, y se intentan aplicar incrementos que incluso multiplican por diez el precio. Además, pese a que los empadronados aumentan, no todos viven allí. Crecen los vecinos que están solo una temporada y disminuyen los que llevan años en el barrio, lo que también se nota en el comercio. "El público no es tan local como antes", admite Josep Morales, el responsable de la Libreria Sant Jordi. Explica que antes le venían a comprar diseñadores y artistas que ahora se han ido "expulsados" por los alquileres, a lo que se suma el hecho de que "a mucha gente le cuesta venir al centro". Josep pide "poner límite" a la especulación inmobiliaria y a la masificación turística.
Tras el cierre reciente de la cestería Germanes Garcia, en la calle Banys Nous, estos días también baja la persiana la tienda de al lado, Coses de Casa, en la plaza Sant Josep Oriol. Como cuyo nombre indica, vendía artículos para el hogar. La fundó en 1972 Josep Maria Ferrer. "Me he hecho mayor, el comercio de la zona ha cambiado totalmente, los clientes que tenía ya no los tengo, han bajado las ventas y ya está", explica. No se ha ni planteado la posibilidad de que siga un familiar. "¿Cómo quieres que dé el relevo de algo que no funciona?", lamenta Josep Maria.
Teresa Llordés, que preside Barnacentre, el eje comercial del Gòtic, también se refiere al porvenir de este tipo de negocios: "Si no vamos a comprar, difícilmente se podrán mantener". Los barceloneses acuden menos al centro, y está la competencia de Internet. Aunque Llordés ve alternativas: que en las calles no principales se fomenten los negocios de emprendedores locales con alquileres asequibles, y pone el Born como ejemplo, si bien casi nadie escapa a los aumentos de precio.
El edificio de Coses de Casa era propiedad de Josep Maria y lo ha vendido a un fondo inmobiliario. Es incierto qué se pondrá en el local. Él reivindica que ha estado 50 años "fent barri", apostando por la zona comercial peatonal y el mercado de pintores de los sábados, y por eso ahora le "molesta un poco" que parezca que la venta del edificio es "una cosa mal hecha". Opina que las cosas no son tan simples como las pintan. Hace años que superó la edad de jubilación, e insiste: "Si no se hace caja, todo falla". De cuando empezó, tras el cierre de su establecimiento, en la plaza de Sant Josep Oriol solo quedará el Bar del Pi, fundado en 1927. "Dentro de 50 años los comercios de ahora tampoco estarán; habrá otros", sostiene Josep Maria, que cree que la sustitución de los comercios es un proceso que se reproduce en toda la ciudad.
Una ciudad con un comercio singular
En el corazón histórico de Barcelona hay quien se resiste a pensar que estos cambios sean inherentes a los nuevos tiempos. La Associació d’Establiments Emblemàtics de Barcelona hace años que pugna para que se blinde la protección de los locales que otorgan singularidad a la ciudad. Con el convergente Xavier Trias –ahora del PDeCAT– de alcalde, el Ayuntamiento elaboró un catálogo con más de 200 locales emblemáticos. Sin embargo, este contiene errores. Es, en realidad, una compilación que no garantiza protección alguna. Por el camino se han producido desastres para el patrimonio de la ciudad como la pérdida de los muebles y la entrada modernista de la Filatelia Monge, en la calle Boters. El local se ha convertido en una tienda de ropa de Terranova y el mobiliario continua en paradero desconocido, si es que todavía existe, advierte el presidente de la asociación de emblemáticos, Josep Maria Roig.
Artesanos que se reivindican
Roig considera que el hecho de ser un establecimiento emblemático no viene dado por la arquitectura o los muebles: también puede tener que ver con la actividad que desempeña. Lo ejemplifica con su pastelería, La Colmena, ubicada en la plaza del Àngel. Ha cumplido 150 años, pero su mobiliario es mucho más moderno. Lo que la hace especial, mantiene su propietario, son sus caramelos artesanos, que encargan incluso desde Corea. "Esto hace que seas un emblemático; no tener una silla antigua", defiende. Por eso piden que se garantice la protección de quienes llevan a cabo una actividad artesanal, declarándolos bien cultural inmaterial. "Somos un museo vivo, no una piedra", reivindica, y añade que "es importante salvar el recuerdo comercial de Barcelona y Catalunya en general", y más teniendo en cuenta que "en el resto de España no tienen este tesoro" de tantas tiendas con historia.
Algunos vecinos movilizados y críticos con el denominado modelo Barcelona de desarrollo de la ciudad consideran que hay que priorizar la preservación de aquellos comercios que sirvan para la vida diaria vecinal, sean o no emblemáticos. "Los pocos vecinos que todavía quedan se están quedando solos y sin sitios donde ir a comprar", avisa Martí Cusó, de la plataforma vecinal Resistim al Gòtic. Cusó repasa "el montón de factores" que están detrás de esta situación: "La especulación inmobiliaria, la desregulación de los alquileres, que los hacen inalcanzables, y la monopolización de los locales a precios desor-bitados por parte de las grandes empresas que buscan el máximo beneficio". Tanto Cusó como Daniel Pardo, miembro de la Assemblea de Barris per un Turisme Sostenible (ABTS), exigen regular los alquileres, lo que está en manos del Estado.
La concejala de Ciutat Vella, Gala Pin (BComú), reconoce que "el peligro es que el centro de la ciudad se convierta en cualquier otro centro de cualquier ciudad europea", algo que, en cierto modo, ya ha ocurrido en Portal de l’Àngel –donde hace años que han proliferado las grandes marcas–, con lo que ya "hay parte de pérdida de esencia y de escaparate", lamenta Pin. Algunos activistas vecinales aplauden la medida municipal de crear bajos de protección oficial para dar cobijo a comercios de proximidad, aunque reconocen que es de efecto limitado. La edil detalla que los negocios que sean víctima de la presión inmobiliaria tienen más números para estar entre los seleccionados. "El patrimonio público también debe ser un elemento a la hora de garantizar el derecho a la ciudad", sostiene Pin, que ha anunciado que no repetirá como concejala aunque Ada Colau vuelva a ganar las elecciones municipales el 26 de mayo.
La concejala repasa otras iniciativas municipales, como Comerç a Punt, el asesoramiento personalizado que Barcelona Activa ofrece en los comercios beneficiados; Digitalitza’t, para afrontar uno de los mayores retos del sector, la digitalización; o Reempresa, para que las tiendas tengan continuidad cuando el propietario no quiera o no pueda seguir, por ejemplo en casos de jubilación. Este sistema ha acabado funcionando con El Ingenio, en la calle Rauric, otro establecimiento emblemático que ha pasado por múltiples dificultades. Pero no siempre es posible. Hace falta voluntad y tener ciertas garantías de que el negocio puede ser viable. En cuanto a los locales emblemáticos, Gala Pin afirma que están estudiando si se podría "condicionar" la actividad que se ubica en edificios catalogados, si bien ve pocas posibilidades porque la legislación europea dificulta poner trabas al libre mercado.
INCREMENTO DE VECINOS FICTICIO
El Barri Gòtic, dentro del distrito de Ciutat Vella, ha frenado el descenso de habitantes registrado en los últimos años. En 2018 se superaban los 17.000 empadronados. No obstante, solo una cuarta parte de ellos llevan más de 15 años en el barrio, y los residentes de nacionalidad española –otro dato que puede dar pistas sobre la permanencia en la zona– siguen a la baja y son la mitad del total. Los extranjeros más numerosos son los italianos y los pakistaníes, con un millar de cada nacionalidad. Algunos vecinos atribuyen en parte el incremento de la población a que hay extranjeros adinerados que compran pisos y edificios enteros, en ocasiones solo para lograr la golden visa, la autorización de residencia que se obtiene si se realiza una inversión inmobiliaria mínima de 500.000 euros en España. De hecho, la renta familiar del Gòtic supera casi todos los años la media barcelonesa.
CIUDADES QUE PARECEN CLONES
Se trata de una sensación cada vez más habitual: acudir al centro de una ciudad y quedarse con el regusto de que "esto ya lo he visto". Daniel Pardo, de la Assemblea de Barris per un Turisme Sostenible (ABTS), explica que se está consolidando un modelo donde el comercio "está comandado esencialmente por cadenas internacionales que se pueden encontrar en todas las ciudades" y eso lleva "a la repetición ad infinitum de los mismos elementos". Pardo es partidario del decrecimiento turístico y aboga por mirar más allá, ya que vaticina que el proceso que se vive en el Gòtic no se detendrá ahí. "La duda es si en otros sitios el comercio será reemplazado también por usos que no sean de dinámica vecinal", recalca, con lo que exige reaccionar de antemano.
UNA GUÍA PARA DESCUBRIRLOS
Visitar todos los establecimientos emblemáticos de Barcelona es una tarea ardua, porque son más de 200. El editor y fotógrafo Esteve Vilarrúbies está en ello, y acaba de publicar la Guia d’Establiments Emblemàtics de Barcelona, un libro muy visual en formato de bolsillo con información esencial de un centenar de estos locales. Los textos están en catalán, castellano e inglés. Vilarrúbies lleva nueve años contribuyendo a difundir los locales emblemáticos en la página web de la entidad que los agrupa. "Desde que empezamos el proyecto tengo documentados una veintena que ya han desaparecido", advierte. En una segunda edición prevé incluir los restantes, hasta completar la lista de los 200.