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Bahréin, un minúsculo espejo de la inestabilidad árabe

Un reciente libro sobre Bahréin que incorpora noticias políticas y descripciones costumbristas constituye una buena lectura para los interesados en el mundo árabe. Su autor, el periodista Emilio Sánchez Mediavilla, desmenuza el país con una narración cuidada que destaca las características de esa diminuta isla de gran valor estratégico en Oriente Próximo.

Un grupo de musulmanes durante un taraweeh del ramadán, en Bahrein.
Un grupo de musulmanes durante un taraweeh del ramadán, en Bahrein. REUTERS/Hamad I Mohammed

Las revueltas árabes de 2011 pusieron a Bahréin en el centro del objetivo y desde entonces ha estado ahí. Un país con una superficie equivalente a la isla de Menorca y con una población de millón y medio, más de la mitad trabajadores extranjeros, Bahréin presenta ciertas peculiaridades propias pero al mismo tiempo es un espejo de los países de la región.

Una dacha en el Golfo, del periodista Emilio Sánchez Mediavilla, premio Anagrama de Crónica, ofrece una crónica incisiva de la vida de ese país abierto a los extranjeros pero poco visitado por los occidentales, con una mayoría chií más o menos oprimida y gobernado por una dinastía sunní originaria de Arabia Saudí y rodeada de sunníes en los círculos de poder.

El libro nos aproxima a una serie de personajes chiíes que a menudo viven una existencia paralela y despotrican contra sus gobernantes, que no permiten que funcione una democracia de corte occidental, un sueño que es difícil de aplicar en la mayor parte del mundo árabe por la sencilla razón de que la historia, la religión, la sociedad y la economía no ayudan.

La reacción de uno de los interlocutores, un joven chií con familiares presos pero agotado por la cansina cuestión identitaria tan en boga por todas las esquinas del planeta, es relevante: "Los líderes son sectarios, ya sean chiíes o sunníes. No creo en un gobierno de la mayoría, creo en el gobierno de los sabios".

Para este sensato personaje, un gobierno chií haría probablemente lo mismo que los sunníes pero al revés, es decir oprimir a la minoría de enfrente, que es lo que suelen hacer los nefastos gobiernos identitarios allí donde se dan, sean de la naturaleza que sean. El personaje parece intuir que la sensatez no abunda ni en Bahréin ni en otras latitudes.

Una dacha en el Golfo contiene una vívida descripción de las revueltas de 2011, que tan presentes están de principio a fin, salteadas con invitaciones a todos los frikis imaginables, expatriados –a menudo directamente guiris- que ignoran su futuro o que son prisioneros de recuerdos sepia pese a su juventud.

En todos los países árabes existe indefectiblemente una curiosa colonia de expatriados cautivos de su propio pasado, al que arrastran como un caparazón de caracol, que se relacionan entre sí y observan a los nativos con extrañeza de entomólogo. A menudo se trata de una colonia decadente que está allí para hacer dinero y que contrasta con el "retraso social", pero no necesariamente decadente, de los indígenas, siempre desde la perspectiva occidental, claro.
Sánchez Mediavilla escribe que durante sus dos años de estancia en Bahréin conoció a muchos extranjeros, pero a ninguno que estudiara árabe. Él lo intentó sin demasiada convicción y consiguió pronunciar algunas palabras y recitar los números, que pueden ser útiles en circunstancias extremas puesto que en ese país mucha gente se desenvuelve más o menos con el inglés.

No falta una discusión teológica con un egipcio. No es una disputa en toda regla al estilo medieval ya que el autor reconoce que ignora las premisas más básicas del cristianismo, lo que no es raro habiéndose educado en España, más bien es lo habitual, así que está en desventaja. No alude a la pujanza del islam, que paso a paso va extendiéndose por Occidente, una cuestión que no le incumbe puesto que está instalado en la burbuja atea.

Aunque a veces se nota que intenta eludir el exotismo, es natural que nos lo encontremos a menudo. En este sentido Sánchez Mediavilla confiesa que la primera vez que oyó hablar de Bahréin, poco antes de iniciar su viaje, no sabía ubicarlo en el mapa.

Describe una sesión sufí, un movimiento religioso claramente apolítico surgido de la Edad Media, aunque sus seguidores lo remontan a la época del profeta Mahoma, y condenado por el wahabismo y por la mayoría de los sunníes como una innovación o bidaa que poco tiene que ver con el islam ortodoxo.

El resultado de sus recorridos por una superficie tan pequeña es un libro con intercalación de microrrelatos costumbristas, pero no del siglo XIX sino del siglo XXI, con ideología woke incluida y con recursos literarios contemporáneos, es decir no similares a lo que Chateaubriand entendía por pintoresco. En sus páginas podemos cruzarnos fugazmente con Michael Jackson que con Habermas o con el rey Juan Carlos.

El motivo recurrente en casi todas la páginas es la represión que sufre la mayoría chií a manos del gobierno sunní, represión que se manifiesta a diario en los pueblos chiíes, donde con frecuencia se tontea con el fundamentalismo religioso.

A pesar de ser un país pequeño, su interés geoestratégico es considerable, de modo que no está a la vista ninguna revolución, algo que por otra parte no permitiría Arabia Saudí, como ya ocurrió en 2011. El pronóstico es que va a continuar una inestabilidad endémica con la que todos pueden vivir y unos cuantos pueden morir.

Una dacha en el Golfo es un libro altamente recomendable por la información que aporta y ameno por la manera de relatarla.


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