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Brasil Todo lo que Lula y la izquierda brasileña se dejaron en la celda de Curitiba

La puesta en libertad del expresidente renueva el optimismo perdido por el progresismo brasileño, pero en un año y siete meses la ultraderecha ganó demasiado terreno.

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El expresidente brasileño Lula da Silva sale de la cárcel donde cumplía una condena por corrupción. EFE/Hedeson Alves

Los organizadores del campamento de vigilia que ha acompañado al expresidente Luiz Inácio Lula da Silva durante su pena de prisión de un año y siete meses en la superintendencia de la Policía Federal en Curitiba (Paraná) recibieron la visita de miles de simpatizantes más, e intentaban mantenerlo todo bajo control. Temían las avalanchas, o alguna situación que pudiera colocar en riesgo la seguridad del exmandatario tras su puesta en libertad. "Tenemos que cuidar a nuestro compañero", señalaban desde el pequeño escenario instalado para la ocasión. Y no les faltaba razón: la izquierda, a Lula, tiene que preservarlo como una alhaja. Porque la izquierda, con Lula, cometió errores, pero sin Lula aún no ha conseguido levantarse del ring, noqueada tras la tormenta de ultraderecha que inundó Brasil en las últimas elecciones presidenciales.

Hay mucho terreno perdido, y es hora de calcular todo lo que Lula y la izquierda brasileña se han dejado en la celda de Curitiba. Ayuda en los ánimos del Partido de los Trabajadores la rapidez con la que se ha puesto en práctica el reciente veredicto del Tribunal Supremo brasileño contra la ejecución de penas de prisión tras condenas en segunda instancia –con posibilidad de más recursos–, en el caso del expresidente. Su liberación ha sido prácticamente instantánea, y cierra 580 días de angustia para las corrientes progresistas latinoamericanas.

Desde abril de 2018 a noviembre de 2019 el país que durante trece años estuvo gobernado por el Partido de los Trabajadores (PT) se ha transformado en un espacio polarizado, agresivo políticamente y entregado al reality show permanente del clan Bolsonaro –el presidente y los tres hijos con cargos públicos que le escoltan–. Lula da Silva no es ajeno a esta coyuntura. El terreno se comenzó a empantanar cuando, en las sombras, fueron uniéndose las piezas que originaron el juicio político y la destitución de la presidenta Dilma Rousseff (PT). La izquierda brasileña siempre consideró esa acción un golpe parlamentario.

Lula era el mejor situado en las encuestas de intención de voto

Los procesos en los que la Fiscalía de Paraná ha envuelto al expresidente Lula da Silva, con el íntimo apoyo del exjuez federal Sérgio Moro –a quien Jair Bolsonaro luego nombró ministro de Justicia– lograron el objetivo de apartar a Lula de la carrera presidencial. Lula era el mejor situado en las encuestas de intención de voto, en todos los escenarios analizados. Su ventaja era solvente, incluso estando preso.

El Partido de los Trabajadores le mantuvo como candidato, confiando suicidamente en que el Tribunal Superior Electoral aceptaría la candidatura a pesar de incumplir la Ley de la Ficha Limpia –inelegibilidad para los condenados en segunda instancia–. Cuando Lula fue apartado de los comicios, Bolsonaro asumió la lideranza en las encuestas y Fernando Haddad, el sustituto de Lula, no consiguió recuperar la diferencia. La falta de acuerdos entre las fuerzas progresistas hizo el resto: Bolsonaro triunfó en la segunda vuelta.

Todo el terreno perdido entre 2018 y 2019

Lula da Silva y la izquierda brasileña se han dejado muchos enseres en esa celda de Curitiba. El primero de todos fue la capacidad de Lula para ser candidato a cargo público. El segundo –relacionado con esa falta de acuerdos– fue su vínculo con el exministro Ciro Gomes, del Partido Democrático Trabalhista (PDT). Tercer candidato más votado en la primera vuelta de las elecciones presidenciales del año pasado, su apoyo activo a Haddad (PT) en la segunda vuelta hubiera resultado definitivo para frenar a Bolsonaro, pero ese apoyo nunca llegó. Se quejaba Gomes, y no le faltaba razón, que la primera estrategia de Lula, desde la celda, se había orientado a anularle a él como competencia en la izquierda, antes que a combatir el crecimiento de la ultraderecha.

El exmandatario habló tras salir de prisión. EFE/Hedeson Alves

Lula y la izquierda perdieron también el aliento de camadas de la población que les habían confiado el voto durante los últimos lustros. Enfrascados en la pelea del Movimiento Lula Libre, no se daban cuenta de que, aunque la explicación no sea evidente, votantes de Lula pasaban automáticamente a ser votantes de Bolsonaro quizá por la misma razón que habían votado al primero: la necesidad de un líder, de un salvador. Tan empeñado estaba el PT en apostar todo a la carta de Lula, que no dejaron crecer a Haddad. Ni ellos mismos confiaron en el éxito del recambio.

El Movimiento Lula Libre ha sido la única bandera del Partido de los Trabajadores y de buena parte de la izquierda brasileña durante los once meses que se cumplen de legislatura con Bolsonaro al frente del Ejecutivo. El líder ultraderechista está sumido en decenas de escándalos, de todo tipo, su partido (Partido Social Liberal, PSL) no cuenta con mayoría suficiente ni en la Cámara de Diputados ni en el Senado –está muy lejos de eso–, y, en cambio, finalmente ha conseguido sacar adelante su controvertida reforma de la seguridad social. Eso es otra de las cosas que han perdido Lula y la izquierda en la celda de Curitiba: el tiempo. La izquierda ha sido incapaz en casi un año de articular una oposición a la altura de la agresividad del Gobierno. Ni siquiera lograron inquietar a Bolsonaro con la huelga general de junio.

Mientras Lula terminaba de hacer la maleta en su celda de Curitiba, afuera, a las puertas de la superintendencia de la Policía Federal, los seguidores tarareaban canciones que amenizaban la espera y endulzaban la tarde. Sonaron Apesar de você, de Chico Buarque; Asa branca, de Luiz Gonzaga, y Pra não dizer que não falei das flores, de Geraldo Vandré. Todas ellas tatuadas en la memoria brasileña. Hubo incluso un intento de entonar el himno brasileño, pero eso es otro de los bienes que se han perdido por el camino. El verso Patria amada, Brasil es hoy el eslogan del Gobierno brasileño. Bolsonaro lo ha convertido en logotipo.