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Escalada armamentística Rusia y EEUU mantienen el pulso nuclear

Las dos potencias nucleares han negociado esta semana en Viena la continuación de un tratado vital para evitar una escalada armamentística. Washington, sin embargo, apunta más allá y busca presionar a China.

El viceministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Sergei Ryabkov, y su delegación llegan a una reunión con Estados Unidos en Viena. REUTERS / Leonhard Foeger
El viceministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Sergei Ryabkov, y su delegación llegan a una reunión con Estados Unidos en Viena. REUTERS / Leonhard Foeger

Otras noticias de esta semana han relegado a ésta a un desmerecido segundo plano. El lunes comenzaron discretamente en Viena las negociaciones entre Estados Unidos y Rusia para prolongar el tratado New START para la reducción de armas nucleares, que expira en 2021. Este acuerdo, firmado en Praga en el año 2010, es el último obstáculo que se interpone a una nueva e imprevisible escalada armamentística mundial. De acuerdo con el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), Rusia posee 6.375 cabezas nucleares frente a las 5.800 de EEUU. Si se suman las de otros países, la cifra aumenta a las 13.865.

La administración estadounidense no parece demasiado interesada en conservarlo. El presidente de EEUU, Donald Trump, anunció ya el 20 de octubre de 2018 la retirada del país del Tratado de Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio (INF) –que prohibía el despliegue de misiles balísticos y de crucero terrestres con un rango de hasta 5.500 kilómetros, así como sus lanzadores– alegando que Rusia no cumplía los términos del acuerdo y que éste tampoco incluía a China.

El 1 de febrero de 2019 EEUU suspendió el Tratado INF y el 2 de agosto de ese mismo año se retiró formalmente. Un año después, en mayo, Trump confirmó que EEUU abandonaría el Tratado de Cielos Abiertos. Este acuerdo, en vigor desde el 1 de enero de 2002, permite los vuelos de reconocimiento aéreo en los países firmantes con el fin de facilitar la supervisión de los movimientos militares y el control de armas. EEUU alegó de nuevo violaciones por parte rusa. Otra administración republicana, la de George W. Bush, se retiró del Tratado de Misiles Antibalísticos (ABM) en 2002. Irónicamente, la decisión de abandonar el Tratado de Cielos Abiertos, así como los problemas actuales para renovar el ‘New START’, coinciden con el 50 aniversario de la entrada en vigor del Tratado de No-Proliferación (TNP).

Sin avances

Marshall Billingslea, el jefe de la delegación estadounidense, afirmó antes del comienzo de las negociaciones que el acuerdo ha perdido su vigencia debido, entre otros motivos, al desarrollo de nuevas armas que el documento no contempla, como los misiles hipersónicos. Como en el caso del Tratado INF, Washington también quiere que se incluya en este acuerdo a China, que, con 320 cabezas nucleares (según los datos ofrecidos por SIPRI), es la tercera potencia atómica del mundo, por delante de Reino Unido y Francia, con unas 200 cabezas nucleares cada uno.

Pekín no ve sin embargo motivos para entrar en este acuerdo, ya que la cifra de su arsenal es notablemente inferior a la de Rusia y EEUU, por lo que, según la versión de las autoridades chinas, corresponde a estos dos países dar los primeros pasos en la reducción de armas nucleares. El embajador ruso en Washington, Anatoli Antónov, indicó en una entrevista a la agencia TASS que la posición rusa respecto a esta cuestión "es simple y clara: China debería decidir por si misma si estas negociaciones son beneficiosas para el país."

"No forzaremos a nuestros amigos chinos, no les empujaremos hacia la decisión que los americanos necesitan", apostilló. A pesar de este comienzo tan poco prometedor, Billingslea calificó el mismo lunes la primera ronda de las negociaciones, que se prolongó durante nueve horas, como "muy positiva", y mantuvo abierta la puerta a renovar el tratado.

El viceministro de Exteriores ruso, Serguéi Riabkov, presente en la reunión, dijo por su parte que lo "correcto y lógico" sería renovar el acuerdo al menos por otros cinco años. En otras instancias, no obstante, reina el escepticismo. Al día siguiente de la reunión, durante una sesión on-line del Foro Internacional de Lecturas Primakov sobre las consecuencias estratégicas de las diversas crisis que vive EEUU, el propio Riabkov volvió a hacer hincapié en la voluntad de Rusia por renovar el tratado, pero también en que el Kremlin adoptará las medidas necesarias si éste se cancela. "Naturalmente, estamos dispuestos, el presidente ruso así lo ha dicho más de una vez cuando le han preguntado si Rusia está preparada para ver el fin del tratado New START", comentó el alto funcionario.

"Los estadounidenses", continuó Riabkov, "saben que no intentaremos salvar el acuerdo a cualquier precio, no digamos al precio que se espera que paguemos por él". Riabkov insistió en que el acuerdo "es mutuamente beneficioso y necesario para ambos países".

Antónov avanzó en otra entrevista que "si EEUU decide no extender el New START, nuestra respuesta será calmada, calculada y equilibrada" y se mostró "convencido de que los oficiales militares rusos han calculado desde hace tiempo todas las consecuencias de este paso". "La seguridad nacional de nuestro país no se verá afectada", agregó. Pero es el gran ausente de esta reunión, China, quien podría decantar la balanza: según varios analistas, EEUU podría utilizar al gigante asiático simplemente como excusa para abandonar un acuerdo del que quiere apearse a toda costa.

"De Corea del Norte hasta Irán pasando por Rusia, las arriesgadas políticas del presidente Trump para el control de armas han conducido a conversaciones fracasadas y acuerdos rotos", señalaba un editorial de Bloomberg. "Se podría vincular una extensión del New START a la voluntad de Rusia de negociar un tratado ampliado más tarde, y a trabajar con EEUU para incluir a China, y si a pesar de todo eso fracasa, EEUU no debería empeorar las cosas dejando que el acuerdo que tiene muera con la esperanza de firmar uno perfecto", sugería este medio.

El martes, Riabkov comunicó que las delegaciones se han emplazado a una nueva reunión a mediados de julio, tan pronto como la situación del COVID-19 permita "contactos de una manera relativamente aceptable". El viceministro de Exteriores expresó una vez más cautela: "El camino será sin duda largo y difícil teniendo en cuenta las diferencias en nuestras posiciones", aseguró al añadir que los expertos serán capaces "de allanar el camino a un mayor entendimiento y ciertos acuerdos con los Estados Unidos en el futuro". Esta llamada al optimismo no parece encontrar demasiado eco entre los especialistas.

En una entrevista publicada hace meses por Ogoniok, el miembro de la Academia Rusa de las Ciencias Alexéi Arbatov –miembro de equipos anteriores de negociación– confesó su preocupación por cómo "las cuestiones del control de las armas nucleares reciben ahora incluso menos atención de los líderes políticos y la opinión pública que antes: el coronavirus antes o después desaparecerá, pero las armas nucleares seguirán con nosotros, y con ellas el riesgo de una guerra nuclear". Incluso si EEUU y Rusia se dan un balón de oxígeno de cinco o diez años, argumenta Arbatov, en ese período otros países podrían aumentar sus arsenales nucleares. Arbatov comparaba la política de Trump con un "elefante irrumpiendo en una cacharrería", una gestión tan desorganizada por el caos, que finalmente Washington ha optado por tratar de convertir a Rusia en intermediaria en una negociación con China.

Detrás de Rusia, China

La fijación de las élites políticas estadounidenses por China no se limita, huelga decirlo, al New START, sino que a juicio de quien fuera director de la campaña de Trump, Steve Bannon, será "la cuestión que definirá este 2020". En una larga entrevista para Asia Times publicada a comienzos de junio, Bannon no escatima críticas al Partido Comunista Chino (PCCh), cuya demolición considera como "la obra inacabada del siglo XX" y al que acusa de estar en una "guerra informativa e informática contra Estados Unidos", además de estar embarcado en una ambiciosa misión por controlar todo el continente eurasiático y utilizarlo como cabeza de puente hacia Europa occidental y el África subsahariana. Por ese motivo, Bannon se suma a las voces que piden que se la excluya "de todos los accesos al capital occidental y a la tecnología occidental".

Bannon reconoce en la entrevista que "las encuestas no son buenas" para Trump, algo que "nadie puede negar", por lo que la campaña de este otoño será "una verdadera lucha" para el contendiente republicano, en la que se medirá con el candidato demócrata, Joe Biden, también en beligerancia hacia China. "Trump es el único presidente de la historia de EEUU que ha plantado cara al Partido Comunista Chino", defiende Bannon, que piensa que "Biden no va a ganar porque en otoño de 2020 el pueblo estadounidense no va a votar a globalistas compañeros de viaje prochinos."

"E insisto en este punto de la misma manera en que fui el principal defensor de [enfatizar] la corrupción e incompetencia de Hillary Clinton que eventualmente acabó calando", subraya al recordar que "Trump convirtió esto en su tema en los últimos 90 días de campaña", concediéndole la victoria. ¿Podría pasar algo parecido con Biden? "El pueblo estadounidense no conoce el historial de Joe Biden", advierte el exconsejero de Trump, que promete que "en los últimos 150 días de estas elecciones lo conocerán al dedillo".

Aunque Bannon descarta en su entrevista reincorporarse al equipo para la reelección de Trump, sí que recuerda que es "asesor del este nuevo gobierno que se ha formado, el Estado Federal de China", una especie de gobierno a la sombra que se presentó a la opinión pública el pasado 4 de junio. Este "ejecutivo" está presidido por el controvertido millonario chino Guo Wengui, residente en Nueva York desde hace seis años para evitar su extradición, ya que las autoridades chinas han presentado contra él diversos cargos, entre ellos los de corrupción, soborno y fraude.

El "Estado Federal de China" busca, siguiendo el modelo del "presidente interino de Venezuela" Juan Guaidó, un cambio de régimen en el país desplazando al actual gobierno y cuestionando su legitimidad. La iniciativa cuenta con su propia bandera y ha anunciado ya la intención de redactar una constitución y un plan de transición. Hay quien cree que no se trataría más que de un intento de Bannon por recuperar su protagonismo perdido, y aunque seguramente la operación no pase de una excentricidad política, ¿no lo era también Trump?

Sea como fuere, la derecha estadounidense está cargándose de argumentos contra China de cara a este otoño. En las últimas semanas se ha registrado un incremento de la circulación (incluyendo el buzoneo de ejemplares gratuitos en Nueva York) de The Epoch Times, un periódico publicado en varios idiomas –también en español– propiedad del movimiento religioso Falun Gong. Este medio, prohibido en China, de orientación rabiosamente anticomunista y sufragado con ayudas públicas de EEUU, difunde numerosas teorías de la conspiración, la última de ellas que la covid-19 es un arma biológica del PCCh.

Con todo, la idea de que EEUU y China están en una trayectoria de colisión parece que va más allá del Partido Republicano: a mediados de abril Biden emitió un anuncio para televisión en el que achacaba a Trump ser "demasiado blando" con China.

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