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Europa busca, con urgencia, su identidad perdida

Las heridas abiertas por el Brexit, el repunte del nacionalismo, la actitud beligerante de Rusia y el triunfo del proteccionismo unilateralista de Donald Trump, no auguran buenos presagios para la construcción europea. Tampoco la compleja agenda electoral, con la extrema derecha al acecho en el corazón de la Unión. Pero Europa está obligada a forjar una nueva unidad de acción en economía, seguridad y Defensa.

La Comisión Europea en Bruselas. AFP

DIEGO HERRÁNZ

MADRID.- Angela Merkel calificó en primavera como la “ruptura más profunda” de la historia de la Unión Europea, el resultado del referéndum que decidió la salida de Reino Unido del club comunitario. Antes de emitir otro mensaje sin precedentes: “Nos enfrentamos al futuro de la UE […] a un destino de consecuencias imprevisibles, en el que los ciudadanos europeos tendrán que decidir si es posible prosperar unidos”.

Meses más tarde, ya en otoño, la estratégica relación con EEUU dio un vuelco con la victoria de Donald Trump y sus proclamas en contra del tratado de libre comercio transatlántico y sus críticas -veladas o no-, a la actual estructura financiera y militar de la OTAN y a la necesidad de que Europa eleve sus aportaciones presupuestarias a la Alianza. Por si fuera poco, los días previos a su toma de posesión, el presidente estadounidense dejó otros dos recados dramáticos para Europa. La Alianza Atlántica “está obsoleta” -dijo- después de décadas de escasa aportación financiera y militar de la UE por su parálisis económica e integradora. Y la política migratoria de Merkel ha sido “catastrófica”, aseveró.

En otras palabras, es como si Washington quisiera poner fin, súbitamente, a su histórica defensa de la libertad comercial y de seguridad en Europa.

“El Brexit ha sido el hito histórico más importante presenciado por el Viejo Continente desde la caída del Muro de Berlín”, aseguró Marine Le Pen

Ambos acontecimientos, el Brexit y la Administración Trump, han reforzado el euroescepticismo en los grandes países europeos. Hasta el punto de que Marine Le Pen, quizás la más emblemática representante de la extrema derecha antieuropea, se apresurara a asegurar que el Brexit “ha sido el hito histórico más importante presenciado por el Viejo Continente desde la caída del Muro de Berlín”. Y no le falta razón, explica Charles Grant, director del Center for European Reform (CER), think-tank europeísta y próximo al laborismo británico. Porque el Brexit y Trump han puesto a Europa en la disyuntiva de “desintegración o refundación hacia una mayor cohesión”, aclara.

Y la respuesta europea debe ser urgente.En parecidos términos se manifiesta George Alogoskoufis, profesor de la Escuela Fletcher de Derecho y Diplomacia de la Universidad Tufts, para quien el complejo 2017 en Europa es el fruto de una serie de fallos concatenados por las autoridades políticas de EEUU y Europa en los últimos años. A su juicio, la crisis financiera concentró la acción de los gobiernos en asuntos económicos, que no supieron impedir la generación de desigualdades en la distribución de la riqueza, lo que encendió la mecha del populismo y propagó el sentimiento contrario a la globalización y a la liberalización de los mercados.

Tampoco crearon instituciones capaces de repartir de forma más equitativa los beneficios o de conceder nuevas oportunidades a trabajadores no cualificados, jóvenes o desempleados de larga duración. Circunstancias que engendraron una clara lista de ganadores y perdedores que está detrás de las victorias electorales de un populismo que, en honor a la verdad -dice- “tiene bastante justificación”. Alogoskoufis cree que “es demasiado tarde para pararlo”. Pero, en cambio, “es el tiempo de combatirlo con acciones políticas”.

“Es demasiado tarde para pararlo, pero es el tiempo de combatirlo con acciones políticas”, afirma George Alogoskoufis

Europa tiene un papel crucial para neutralizar iniciativas peligrosas de la Administración Trump, compensar a los perdedores de la zona del euro y limitar los daños del Brexit con una negociación inteligente que impida a Londres “proclamar la victoria” del retorno de su soberanía, cuando su decisión, la de una economía que representa el 13,8% del PIB europeo, traerá consigo el restablecimiento de las barreras comerciales y un nuevo mapa financiero en el Viejo Continente. Grant cree que el pragmatismo será una carta clave de esta nueva identidad europea.

La que han sacado a relucir líderes conservadores como el presidente del Consejo Europeo, el polaco Donald Tusk, el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, para quien “no es el momento de visionarios en la Unión” o la propia canciller Merkel. Una retórica que reclama cautela a la hora de avanzar hacia un mayor centralismo, porque levanta demasiadas tensiones entre la ciudadanía europea, y que exige atemporar las voces socialdemócratas de Jean-Marc Ayrault y Frank-Walter Steinmeier, titulares de Exteriores del eje franco-alemán, en defensa de pasos rápidos y decididos de integración en materia de defensa, inmigración, fronteras exteriores, inteligencia, asilo y fiscalidad. O la de otras posiciones progresistas partidarias de un nuevo tratado de la Unión que contemple un auténtico gobierno -político y económico- europeo.

La empresa del pragmatismo, pues, no resulta baladí en un año en el que Europa vivirá peligrosamente. Al borde del precipicio. En marzo habrá comicios en la Holanda del líder ultraderechista Geert Wilders y en abril, primera vuelta de las presidenciales francesas con Le Pen bien posicionada para concurrir a la segunda contienda de mayo. Ambos líderes populistas defienden el Nexit y el Frexit en sus países, socios fundacionales de la UE. Casi sin razón de continuidad, en junio, habrá generales en Italia, donde el Movimiento Cinco Estrellas (M5S) desea convocar un plebiscito sobre la vuelta de la lira.

Mientras desde Turquía, Recep Tayyip Erdogan, podría poner el epílogo al acuerdo migratorio con Europa tras las críticas comunitarias por la hipotética involucración del partido del dirigente turco en el intento de golpe de Estado fallido en Ankara o la decisión de la Eurocámara de aparcar sine die la negociación de adhesión turca a la UE. Y Grecia, reavivar la crisis de su deuda con nuevos aplazamientos de pagos. Esta amalgama de desafíos políticos, migratorios y económicos también pasará factura, a buen seguro, en la campaña legislativa alemana, en otoño. Con la canciller al frente de los sondeos, pero con la irrupción de la extrema derecha de Alternativa por Alemania al quite de cualquier evento.

Como tras el atentado en el mercadillo navideño de Berlín. Un terreno abonado, el de la inseguridad, que no están dispuestos a dejar pasar por alto. La reunión del pasado fin de semana de grandes partidos de extrema derecha europea en la localidad alemana de Koblenz, así lo demuestra. De ahí que la reacción para que Europa se erija en protagonista y no en espectadora de las relaciones económicas y políticas internacionales, deba partir de Berlín. O, dicho de otro modo. Merkel es, quizás, la única líder capaz de recoger el mensaje de Trump de que Europa decida, de inmediato, qué clase de UE desea modelar para abordar el inminente nuevo orden mundial.

Ralf Welt afirma que Alemania nunca quiso la salida de Reino Unido

Ralf Welt, de la consultora Acumen Public Affairs, afirma que Alemania nunca quiso la salida de Reino Unido, socio al que le unía una misma concepción del mercado interior junto a la de los países nórdicos, Holanda y aliados centroeuropeos como Austria o Hungría. De hecho, el 74% de los alemanes se declaró contrario al resultado de la consulta del Brexit. Pero, al mismo tiempo, la ausencia británica del club europeo otorga un nuevo contrapoder a Berlín: su idea de más Europa. Eso sí, si antes, consiguen tejer una estrategia común made in Germany. Es decir, un consenso entre las tesis de la CDU/CSU de Merkel y el SPD la Izquierda y los Verdes, aue se dividen sin remedio en torno a la integración fiscal de los socios monetarios.

Entre la visión de Schäuble -el halcón de la CSU bávara- de eludir mayores dosis de centralismo en la Unión, su rechazo a la flexibilidad monetaria para mitigar los efectos de los socios del euro altamente endeudados o su defensa de la austeridad y el actual sistema de toma de decisiones inter-gubernamentales. Y la alternativa del vicecanciller Sigmar Gabriel y líder del SPD de armonizar tributos en la zona del euro, remodelar instituciones, flexibilizar los presupuestos, instaurar agendas reformistas contracíclicas y debatir sobre la mutualización de la deuda en torno al valor y la estabilidad del bono alemán. El resultado electoral marcará este punto de encuentro, advierte Welt, para quien el avance integrador siginificará, a los ojos de Berlín, aunque con independencia del mapa político, más federalismo en la UE.

El armazón que facilita la integración de los intereses de los distintos socios y que diluye, según la filosofía política germana, las excepciones y las posiciones minoritarias de los pequeños países que, a menudo, han impedido avances a la Unión. Porque, como acaba de asegurar el primer ministro holandés en la cumbre de Davos, el liberal Mark Rutte, “el viejo sueño fundacional de integración europeo, se ha desvanecido”, por lo que, ahora, “sólo queda trabajar por una economía que vuelva a funcionar de nuevo, sin las persistentes fisuras, y sentar las bases de la construcción de la Unión a través de reformas estructurales” de todo tipo.

Una constatación de que, en Europa, los grandes proyectos comunes han brillado por su ausencia desde la creación del euro y la adhesión de los socios del Este y que, desde entonces, en la última década del siglo pasado, se han sucedido los fracasos a la hora de armonizar impuestos, mercados laborales o salarios, de mutualizar la deuda europea o de confeccionar una política de seguridad y defensa frente a vecinos como Rusia -a quien Trump desea retirar las sanciones por su incursión militar en Ucrania- Oriente Próximo o los países del Magreb. Sin embargo, gran parte de este pragmatismo alemán pasa por la fortaleza de Francia tras su cita presidencial, por los efectos financieros del Brexit, la solidez del debilitado modelo bancario del euro o por el itinerario de desacoplamiento de Reino Unido y Europa.

Koenig apuesta por un plan de cooperación estratégica que “no deteriore la imagen de la soberanía británica, mantenga la autonomía de ambas partes y no dañe la capacidad de infuencia global de Europa”

En este último aspecto, Nicole Koenig, del Instituto Jacques Delors de Berlín, apuesta por el método Noruega Plus, base del vínculo entre Oslo y Bruselas y que apuesta por “fórmulas de inclusiones diferenciadas” en las que se definen actuaciones que benefician a intereses de las dos partes. Trasladado al Brexit, un plan de cooperación estratégica que “no deteriore la imagen de la soberanía británica, mantenga la autonomía de ambas partes y no dañe la capacidad de infuencia global de Europa”. Es decir, una entente cordial en esferas como la Seguridad, el Mercado Interior o la Inmigración. Sin establecer como prioridad la libre circulación de personas, pero fortaleciendo los compromisos de paz y estabilidad que desean las sociedades civiles europeas.

En paralelo, en el orden económico, aprovechar el curso de los acontecimientos también tiene que ver con asumir sin tapujos alertas como la de varios directivos de bancos y empresas japoneses que han hecho sabar a Londres que parte de sus departamentos estratégicos emigrarán de la City en los próximos seis meses para atender a las demandas de sus clientes europeos. O con dar nuevos pasos hacia la fusión de la Bolsa de Londres (LSE) y la de Fráncfort (Deutsche Börse) si se quiere configurar un auténtico centro financiero europeo.

En línea con programas políticos como el que promete instaurar Manuel Valls, candidato socialista al Elíseo, que ha moderado sus propuestas económicas y aboga ahora por refundar Europa, poniendo freno a su expansión territorial, reforzando las fronteras, e imponiendo un gravamen sobre productos importados de países que no respetan las leyes europeas de derechos sociales y medioambientales. Además de un salario mínimo europeo y una mínima armonización en los impuestos a las empresas.Almut Möller, analista de European Council on Foreign Relations (ECFR) comparte el criterio de que Europa debe reinventarse. Entre otras cuestiones, porque el Brexit y Trump han hecho tambalear los dos grandes pilares de la política Exterior alemana: la UE y la cooperación trasatlántica.

El Brexit y Trump han hecho tambalear los dos grandes pilares de la política Exterior alemana: la UE y la cooperación trasatlántica

En su opinión, la disyuntiva es nítida. O aislacionismo y nacionalismo, o nuevas formas de cooperación y colaboración ahora que Berlín ha perdido sus referencias esenciales con EEUU y Europa. En otras palabras, su road map ha quedado obsoleto y resulta necesario aplicar un nuevo eje geoestratégico. “Es el año de la política, con mayúsculas”, añade. Algo en lo que redunda Antonio Nestoras, del Institute of European Democrats (IED), quien incide en que “no necesitamos más Europa, ni menos. Lo que demandamos es una mejor Europa”. Una UE más gobernable, más transparente, más reconocible a los ojos de los ciudadanos y más efectiva en la resolución de problemas sociales y conflictos económicos y políticos.

Y, al únisono –señala Charles Grant (CER)-, una zona del euro que ejerza su liderazgo en el club. Con cambios de calado en cinco grandes. Por un lado, con políticas económicas contracíclicas que incluyan disciplina fiscal, pero con flexibilidad de acceso a financiación en épocas de recesión. Por otro, la creación de una auténtica unión bancaria con un único mecanismo de supervisión, con capacidad de sanción y resolución de problemas de solvencia y que opere con un fondo de recapitalización. Tercero: una institución que ejerza de prestamista de última instancia para restablecer la confianza de bancos, economías y empresas en crisis venideras. Una cuarta reforma encaminada a fortalecer y fiscalizar los criterios de convergencia de los socios monetarios. Y finalmente, exámenes más exhaustivos de ingreso en la zona del euro.

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