LUZES
Entrevista a Nadia Habash, arquitecta palestina"La arquitectura en Gaza se convierte en un acto de desafío y esperanza"
La arquitecta, activista y académica Nadia Habash, a quien Israel prohibió durante tres décadas salir de Cisjordania, reflexiona sobre la arquitectura como herramienta de resistencia, supervivencia y preservación de la identidad y la memoria de Palestina.

Reversas / Luzes
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Nadia Habash (Jerusalén, 1959) es una referencia en dos aspectos que solemos desconocer de la realidad de Palestina. La arquitectura como profesión y la educación universitaria. Antes de que el ejército israelí destruyera las que había en Gaza, Palestina contaba con 14 universidades. Habash se educó, y hoy es profesora, en la de Birzeit, una institución que tuvo una existencia obligadamente clandestina en varias etapas de su trayectoria, y que está situada cerca de Jerusalén, en Ramala, la actual capital de la Autoridad Palestina. Habash, que tiene un estudio de arquitectura en esa ciudad, y también tuvo que desarrollar su profesión entre el cúmulo de obstáculos impuestos por las autoridades israelíes: durante tres décadas le prohibieron salir de Cisjordania.
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¿Qué recuerda de su ciudad en la infancia? ¿Cómo es hoy en día?
Nací en Jerusalén, pero mi familia procede de Lydda. Mi padre, que era maestro en Lydda, fue detenido por las fuerzas sionistas durante la colonización de Palestina en 1948, en la conocida como Al-Nakba, la primera gran expansión israelí, y fue expulsado. Se reinstaló en Ramala, a unos 18 kilómetros al norte de Jerusalén, donde se casó y formó una familia. Desde entonces vivimos en Ramala. Más allá de la infancia, los recuerdos más vívidos que tengo de Jerusalén provienen de mis primeros años de vida profesional, especialmente durante la primera Intifada, en 1989. Como arquitecta voluntaria con el Comité Superior de Jerusalén, trabajé para apoyar la resistencia de los residentes palestinos del barrio de Aqabat Al-Khaldeyah que sufrían confiscaciones de viviendas y ataques violentos por parte de colonos. Renovamos y rehabilitamos sus casas para mejorar las condiciones de vida y fortalecer su capacidad para permanecer allí. Aún recuerdo muchas veces cómo éramos acosados y agredidos mientras trabajábamnos por colonos y soldados israelíes.
Me han denegado el acceso a Jerusalén y a las tierras ocupadas –lo que hoy se conoce como Israel– desde la primera Intifada. Conseguí entrar en secreto algunas veces, pero eso se tornó casi imposible después de la construcción del muro de segregación entre 2002 y 2004. Jerusalén fue dividida por primera vez en 1948: Jerusalén Occidental fue colonizada por el régimen sionista conocido como Israel, mientras que la Oriental quedó bajo control jordano. En 1967, tras la ocupación israelí del resto de Palestina, Jerusalén Este fue anexionada a Jerusalén Oeste y pasó a estar bajo dominio total de Israel. Desde entonces, está administrada por un ayuntamiento israelí y ha sufrido transformaciones demográficas y espaciales drásticas, tanto dentro como fuera de las murallas de la Ciudad Vieja.
Una de las realidades más alarmantes es el intento constante de judeizar Jerusalén. Esto incluye esfuerzos para cambiar su composición demográfica mediante la expansión de colonias ilegales israelíes, la demolición de viviendas palestinas, la revocación de derechos de residencia y el aislamiento de barrios palestinos mediante barreras físicas y leyes urbanísticas discriminatorias. El proceso también incluye la imposición del currículo educativo israelí en las escuelas palestinas y el cambio de nombres de calles y lugares para borrar la historia palestina e islámico-cristiana. El objetivo es redefinir la identidad de la ciudad y eliminar su carácter árabe y palestino. La amenaza contra la mezquita de Al-Aqsa es especialmente grave. Las excavaciones bajo el recinto nunca cesaron, y los intentos de debilitar sus cimientos o sustituirlo por un supuesto templo continúan con la protección de las autoridades israelíes. La red de transporte también ha cambiado de manera drástica. Si pudiera visitar Jerusalén hoy, sospecho que difícilmente reconocería las zonas fuera de las murallas de la Ciudad Vieja.
Con todo, Jerusalén sigue hondamente enraizada en el patrimonio cultural y religioso. Sigue teniendo una gran importancia para el turismo religioso, con lugares como la iglesia del santo sepulcro, la mezquita de Al-Aqsa y muchos otros que permanecen como testimonio de su relevancia histórica. No obstante, la ciudad sufre económicamente debido a cierres, restricciones y políticas dirigidas a marginar a la población autóctona. A pesar de todos esos desafíos, la riqueza arquitectónica y cultural de Jerusalén persiste, como muestra de la resiliencia de su pueblo y de su conexión inquebrantable con la ciudad.
"La arquitectura y el urbanismo no son disciplinas neutras, son hondamente políticas, especialmente en un contexto colonizado como el de Palestina"
Usted nació en la llamada Media Luna Fértil, uno de los principales orígenes de la civilización y de las primeras ciudades. Ahora es el escenario de un trágico episodio de la historia de la humanidad.
Como arquitecta e investigadora que ha estudiado la historia de los asentamientos humanos, mi trayectoria académica me llevó a investigar sobre Tell Las-Sultan, en Jericó, considerada la ciudad habitada de forma continua más antigua del mundo, que data del Neolítico, hace unos 10.000 años. Este lugar, situado en la actual Palestina, es una prueba irrefutable del desarrollo temprano de la civilización humana. La localización geográfica de Palestina es extraordinaria. Se encuentra en la intersección de África, Asia y Europa, lo que la convierte en uno corredor natural para la migración humana, el comercio y el intercambio cultural.
Lo que está sucediendo hoy en Gaza, un genocidio con operaciones de limpieza étnica sin precedentes en la historia moderna, junto con los ataques a ciudades y campos de refugiados en Cisjordania, será recordado como un capítulo brutal en esta larga lucha. Pero la historia también recordará cómo un pueblo, con armas sencillas, dignidad y hambre, se enfrentó a una poderosa maquinaria militar apoyada por los Estados Unidos. Recordará la firmeza del pueblo de Gaza, cómo se destruyeron hospitales, universidades y barrios enteros; cómo médicos, periodistas y familias enteras fueron deliberadamente atacadas y martirizadas. Y, aún así, el pueblo no cayó.
"El sionismo usó el urbanismo y la arquitectura como armas de sus objetivos coloniales. En la Nakba, más de 630 aldeas palestinas fueron destruidas y ciudades históricas como Jaffa, Haifa, Acre y partes de Jerusalén fueron despobladas o reestructuradas a la fuerza"
Desde su perspectiva, ¿cómo abordan la arquitectura y el urbanismo este desafío?
La arquitectura y el urbanismo no son disciplinas neutras, son hondamente políticas, especialmente en un contexto colonizado cómo Palestina. Para mí, son herramientas de resistencia, supervivencia y preservación de la identidad. Ante la ocupación, el desplazamiento y el borrado sistemático, la arquitectura se convierte en una manera de proteger la memoria, de reclamar el espacio y afirmar nuestro derecho a existir y permanecer.
Desde 1948, el proyecto sionista utilizó el urbanismo y la arquitectura como armas al servicio de sus objetivos coloniales. Durante la Nakba, más de 630 aldeas palestinas fueron destruidas y grandes ciudades históricas, como Jaffa, Haifa, Acre y partes de Jerusalén, fueron despobladas o reestructuradas a la fuerza. Tejidos urbanos que habían evolucionado de forma orgánica durante siglos fueron arrasados o transformados. En ciudades como Jaffa no solo se expulsó los residentes palestinos, sino que la expansión urbana fue deliberadamente replanificada para borrar el patrimonio arquitectónico árabe y sustituirlo con una nueva identidad alineada con los relatos sionistas. Se cambiaron los nombres de las calles, se derribaron barrios e incluso los edificios que sobrevivieron fueron rebautizados o privados de su contexto histórico. Este proceso tuvo como objetivo eliminar la identidad árabe-palestina y fabricar una nueva narrativa nacional sobre tierras robadas.
Como respuesta, los arquitectos y urbanistas palestinos asumimos la responsabilidad de la resistencia a través del diseño. Trabajamos para documentar y rehabilitar lo que queda de nuestro patrimonio construido, proteger viviendas y barrios amenazados, y diseñar nuevas intervenciones para priorizar las necesidades y la dignidad de las comunidades palestinas. Nuestro trabajo va mucho más allá de las estructuras: se trata de defender la verdad histórica, la memoria colectiva y el derecho al lugar. En Gaza, en los campos de refugiados y en las zonas amenazadas por la anexión, la arquitectura se convierte en un acto de desafío y esperanza. La usamos para combatir la injusticia espacial, apoyar la cohesión comunitaria y sentar las bases de una libertad futura.
El urbanismo también es central para imaginar la liberación. Nos permite visualizar la reconexión de territorios fragmentados, la recuperación de espacios expoliados y la creación de contornos inclusivos y sostenibles enraizados en nuestros valores culturales. En Palestina, cada estructura que conservamos, cada sitio que revivimos y cada plan que trazamos forma parte de una lucha más amplia por la justicia, el retorno y la continuidad nacional.
¿Cómo vive este desafío a través de su profesión? ¿Qué le llevó a convertirse en arquitecta?
Lo que me llevó a la arquitectura fue su capacidad única para combinar las humanidades, las ciencias y las artes, disciplinas que me apasionaban por igual y entre las que me resultaba difícil escoger. Pero más allá de eso, el hecho de provenir de una familia desplazada tuvo un impacto profundo, especialmente por la influencia de mi padre. Él hablaba con frecuencia de la Palestina anterior a la Nakba, de cuánto vibraba de vida y cultura, y describía la casa en la que había crecido, que solo pudimos visitar después de la ocupación de Cisjordania. Poco después, fue derribada, y en su lugar se construyeron edificios de apartamentos para acoger inmigrantes sionistas llegados de todo el mundo. Ser testigo de esta injusticia permanente me hizo ver con claridad la profunda conexión entre arquitectura y política. Desde muy joven comprendí que el espacio, la memoria y la identidad estaban constantemente amenazados.
"Me prohibieron salir de Cisjordania durante 29 años tras el Congreso de la Unión Internacional de Arquitectura en 1987. La acusación fue que yo era ‘influyente en la opinión pública'"
Mi carrera comenzó en la docencia, enseñando arquitectura en la Universidad de Birzeit, pero enseguida comprendí que, para servir realmente a mi pueblo, tenía que estar presente sobre el terreno. Fundé mi propio estudio, que se convirtió en una plataforma para proyectos centrados en la recuperación de la arquitectura vernácula, la preservación del patrimonio cultural y el fomento de un desarrollo sostenible y comunitario. Estas no eran simples elecciones de diseño, eran actos de desafío ante la destrucción y fragmentación impuestas por las políticas coloniales de planificación. Al mismo tiempo, mantuve mi compromiso con la docencia, porque creo que es vital mostrar a las nuevas generaciones que la arquitectura en Palestina no puede separarse de la política ni de la justicia. Se trata de preservar la identidad, de defender las comunidades e imaginar futuros, incluso en las condiciones más duras.
A lo largo de los años, he trabajado en la restauración de edificios históricos en aldeas amenazadas, en la revitalización de cascos urbanos tradicionales y en el diseño de espacios que alimentan la memoria colectiva en zonas marginales. He visto cómo la planificación se emplea como arma para desplazar y dividir, pero también cómo la arquitectura puede inspirar esperanza, reforzar la identidad y reconectar a la gente con su tierra. Para mí, la arquitectura es una relación dialéctica con la sociedad: las dos se moldean mutuamente. Es tanto mi profesión como mi forma de resistencia: una expresión de pertenencia, una defensa de la memoria y una contribución al camino de la liberación.
¿Cómo preservar la memoria del pasado para las generaciones futuras desde el exilio?
Si se refiere a mí personalmente, no estoy en el exilio. Aunque mi familia, incluida yo misma, ya no vive en nuestra ciudad de origen, Lydda, seguimos en Palestina. Después de 1967, nos vimos obligadas a huir temporalmente a Jordania para reunirnos con mi padre, que trabajaba allí, pero finalmente regresamos y continuamos viviendo en Ramala. Cuando un pueblo es arrancado de su tierra, el paisaje físico puede perderse o ser destruido, pero la memoria se convierte en la patria que el pueblo lleva consigo. En el contexto palestino, donde el exilio es una condición compartida por millones de personas, preservar la memoria no es un lujo: es una estrategia de supervivencia y una forma vital de continuidad cultural.
Como profesional políticamente activa viví la condición contraria al exilio: me prohibieron salir de Cisjordania durante 29 años consecutivos. Esto ocurrió después de mi participación en el congreso de la Unión Internacional de Arquitectura en 1987 en Brighton (Inglaterra). La acusación contra mí fue que yo era "influyente en la opinión pública". Recurrí tres veces al Tribunal Supremo israelí, y finalmente la prohibición se levantó en 2017. Con todo, aun hoy tengo prohibido entrar en Jerusalén y en los territorios ocupados en 1948. Esta fragmentación impuesta del espacio y el no acceso a mi propia tierra no hizo más que ahondar mi compromiso de emplear la arquitectura como medio para preservar la memoria, afirmar la identidad y resistir al olvido. Creo que la memoria vive en los lugares, en los materiales, en las formas y en las historias. Incluso cuando un sitio físico es inaccesible o fue demolido, su esencia puede conservarse mediante documentación, dibujos, reconstrucción digital, narraciones, historia oral y educación intergeneracional. Reconstruimos la memoria con mapas, maquetas, exposiciones y publicaciones que transmiten la verdad histórica y reafirman el derecho al retorno. Podemos regenerar edificios individuales o ciudades enteras a través de modelado 3D —físico y digital—, y reutilizando o adaptando elementos arquitectónicos tradicionales que encarnan nuestra identidad.
En el exilio, la arquitectura deja de ser puramente física para convertirse en simbólica. Un dibujo de una casa derribada, una fotografía de una aldea, un poema sobre una calle o una técnica tradicional de construcción transmitida de generación en generación, son todos actos de reconstrucción. Resisten el intento del colonizador de borrar, renombrar y reescribir nuestra historia. Estemos en Palestina o en la diáspora, debemos anclar nuestra identidad en la memoria colectiva, porque la memoria no solo nos conecta con el pasado: es la que guía nuestro futuro. Preservar la memoria en el exilio es negarse a desaparecer. Es declarar, una y otra vez: estuvimos aquí. Seguimos aquí. Volveremos.
Las religiones monoteístas tienen todas sus raíces en su tierra. En el esfuerzo por reconstruir el futuro, ¿eso es una carga o una oportunidad?
Yo lo veo como una honda oportunidad, que implica tanto responsabilidad como potencial. El hecho de que las religiones monoteístas tengan raíces históricas y espirituales tan profundas en Palestina hace de nuestra tierra un lugar único y poderoso en la historia de la humanidad. Mi padre nos contaba que, antes de 1948, musulmanes, cristianos y judíos vivían juntos en paz, como vecinos. Todos eran árabes palestinos, independientemente de su religión, hasta que el movimiento sionista estableció Israel, un Estado que se definió como exclusivamente judío, tratando el judaísmo no solo como una religión sino como una nacionalidad. A mi modo de ver, la religión fue utilizada como pretexto para justificar el objetivo imperialista de establecer Israel al servicio de los intereses estratégicos de las potencias globales en la región.
La verdadera solución pasa por establecer un Estado laico y democrático donde todas las personas sean iguales, independientemente de su religión u origen étnico, un Estado en el que prevalezcan la justicia y la igualdad. Al reconstruir el futuro, podemos inspirarnos en la riqueza espiritual e histórica de esta tierra para reafirmar valores universales: la dignidad, la justicia y la santidad de la vida. Lejos de ser un peso, este legado nos invita –a nosotros y al mundo– a imaginar un futuro basado no en la dominación ni en la exclusión, sino en el reconocimiento, en la responsabilidad y en la paz con justicia. Así que sí, lo veo cómo una oportunidad, que debe ser protegida de la explotación política y cultivada a través de la preservación cultural, de la planificación inclusiva y de un profundo compromiso con la verdad.
Como arquitecta, ¿cómo organizaría el retorno a su tierra?
Los arquitectos no somos quienes debemos determinar las prioridades del retorno. Se trata de una cuestión nacional, legal y política, y nosotros, como arquitectos, formamos parte de un colectivo más amplio que trabaja por conseguirlo.
El derecho al retorno no es negociable; es un derecho fundamental, inalienable, garantizado por todas las leyes y convenciones internacionales. Los legítimos propietarios de la tierra, los habitantes originales y sus descendientes, deben tener libertad para reclamar, usar o recibir una compensación justa no solo por sus propiedades, sino también por las décadas de desplazamiento, expolio y exilio forzado que sufrieron. Son ellos quienes deben decidir cómo ejercer ese derecho.
La cuestión es compleja, especialmente ahora que hablamos de terceras y cuartas generaciones nacidas después de la Nakba. Pero, en su esencia, el retorno significa restaurar el derecho de los que fueron perjudicados. Los pasos prácticos, los detalles y las variantes del retorno deben ser decididos por el propio pueblo, no impuestos desde arriba, y mucho menos reducidos a gestos simbólicos.
"El derecho al retorno no es negociable; es un derecho fundamental, inalienable, garantizado por todas las leyes y convenciones internacionales"
Desde una perspectiva espacial y de planificación, desmantelar el muro del apartheid sería probablemente una de las primeras acciones necesarias, para permitir la libertad de movimiento de los palestinos que regresan a sus villas y ciudades. Los campos de refugiados presentan una cuestión particularmente delicada: ¿deberían permanecer como testigos de décadas de desplazamiento forzado, o deberían ser sustituidos por viviendas dignas integradas en nuevos tejidos urbanos? Esta es una decisión que debe venir de los propios refugiados.
Reconstruir las aldeas destruidas puede ser, de hecho, uno de los pasos más viables, si el marco legal y político lo permite. El desafío será cómo equilibrar la autenticidad histórica con las necesidades actuales, asegurando que el retorno no sea un ejercicio de nostalgia, sino un proceso sostenible y empoderador.
La pregunta es difícil y con múltiples capas. Así que mi respuesta honesta es: que ocurra primero el retorno, dentro de un sistema justo, democrático y no racista. El retorno no es una idea sentimental; es un desafío legal, político y de planificación que debe ser abordado con cuidado, participación y justicia.
Los palestinos están siendo expulsados hoy de su tierra con una crueldad a escala industrial. Y quienes están cometiendo ese expolio son las hijas y los hijos de otro pueblo que sufrió esa misma crueldad hace menos de cien años.
La historia se repite con una tragedia irónica: aquellos que un día sufrieron un profundo padecimiento, ahora están imponiéndolo sobre otros. La crueldad a escala industrial que presenciamos hoy, especialmente en Gaza, no es solo un crimen contra el pueblo palestino, es una traición a la humanidad entera. Y aun así, frente a esta brutalidad, yo elijo hablar del futuro, porque lo que más importa no es la venganza, sino la justicia. Y la justicia significa restaurar derechos, poner fin a la opresión y permitir que todas las personas que viven en esta tierra, independientemente de su religión u origen, puedan vivir en igualdad, con dignidad y en paz. El futuro en el que yo creo es uno en el que los palestinos ya no sean expulsados, negados ni silenciados; en el que se respete y se garantice nuestro derecho a vivir libremente en nuestra tierra. Pero también es un futuro en el que nadie más sea deshumanizado en nuestro nombre.
Que este sea el mensaje grabado en la memoria: la justicia es el único camino posible. La igualdad es la única garantía de paz. La dignidad es el derecho de nacimiento de todos. Y ningún sistema basado en la dominación podrá nunca borrar la verdad ni extinguir la esperanza de un pueblo que sabe que tiene la razón.
* Reversas es un colectivo formado por mujeres arquitectas enfocado en transformar el entorno construido, promover el equilibrio territorial entre zonas rurales y ciudades e incidir en la arquitectura desde una perspectiva social y entusiasta. Forma parte del Observatorio 2030 del Consejo Superior de Colegio de Arquitectura de España (CSCAE).





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