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Histórica protesta ultraortodoxa en Jerusalén contra la ley de reclutamiento

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Ataviado con pantalón gris y chaqueta de punto negra, Yacob Moshe tenía hoy una misión en Jerusalén: rezar junto a cientos de miles de ultraortodoxos judíos para pedir perdón a Dios y que Éste derogue el proyecto de ley que el Gobierno de Israel prepara para reclutar a los jóvenes de esta comunidad. "Hemos venido para pedir a Dios que anule el decreto. Porque no es un decreto del Gobierno, sino de Dios, quizá porque no estamos respetando el estudio", explica a Efe entre un oscuro mar de levitas y sombreros negros que este domingo colapsaron el acceso al centro de Jerusalén.

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"El objetivo es despertar a la gente, que se arrepientan, y en cierta manera advertir de que sin nosotros, sin el estudio de la Tora y sin la ayuda de Dios, no se puede mantener el país", agrega entre los aspavientos de los más devotos.

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Nacido en México hace 19 años y estudiante en una yeshiva de la localidad de Beit Shamesh, cercana a Jerusalén, Yacob fue uno de los cientos de miles de ultraortodoxos que acudieron a la oración de protesta convocada por los tres principales rabinatos de Israel, el Sefardí, el Lituano y el Hasídico. Bautizada "la marcha del millón de hombres", su objetivo era exigir la supresión del proyecto de ley que obligaría a los jóvenes haredim a prestar el servicio militar obligatorio como el resto de los israelíes.

De ser aprobada, la ley acabaría con el privilegio de excepción del que goza la comunidad ultraortodoxa desde la fundación del Estado de Israel en 1948, y que algunos sectores de la comunidad, en particular las laicos, consideran discriminatorio. La propuesta, sacada adelante a duras penas durante el último año y que debe ser votada este mes, establece también la suspensión de ayudas públicas a todo seminario que no aporte su cuota de cadetes. Del servicio sólo quedarán exentos unos 1.200 estudiantes por razones de salud y otros 1.800 considerados "sabios de la Tora", a los que se les permitiría seguir adelante con sus estudios en las aulas rabínicas.

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"Ellos quieren que vayamos al Ejército para que haya más gente y tengan más gente con la que guerrear, pero ellos no saben que con el estudio nuestro los estamos apoyando más que si estuviéramos ahí", argumentaba a Efe León, de 19 años, estudiante de la yeshiva Khalat Yisrael, en Jerusalén.

A un centenar de metros, y separadas por un pasillo creado de forma natural, Ester, una joven procedente de Tel Aviv, rezaba entre decenas de miles de recatadas mujeres, algunas tocadas con pañuelos y la mayoría con la preceptivas pelucas. Casada y madre de seis vástagos, soportaba con estoicismo los rigores del viento arenoso del desierto que hoy planeaba sobre Jerusalén para decir no al posible reclutamiento de sus hijas en los servicios sociales. "No queremos la guerra, no quiero a mis hijos con las armas en la mano y a mis hijas en lugares que no conozco, con gente que no conozco y que quizá no sean puros", afirmaba.

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El FMI advierte a Israel de que, para evitar crisis futuras, una de sus prioridades debe ser integrar a los haredim en el mercado de trabajo

Más allá de las consideraciones políticas y militares, la marcha de este domingo expone, sobre todo, la creciente fractura que existe en la sociedad israelí, con la altísima tasa de natalidad de la corriente ultraortodoxa como principal desafío. Según un reciente estudio de la Universidad Hebrea, los haredim constituyen el 11% de los cerca de 8 millones de habitantes que tiene Israel, y su número se duplicará en torno a 2020. Conocidos como "los temerosos de Dios" y dedicados exclusivamente al estudio del Talmud y la Torá, están al margen de la llamada cadena productiva: apenas trabajan y viven o de las subvenciones estatales o de las donaciones procedentes de otras comunidades, especialmente de EEUU.

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Las únicas que suelen trabajar son las mujeres, aunque lo hacen en labores muy poco cualificados, con salarios mínimos, lo que ha llevado al 59% de esta comunidad a vivir en los límites de la pobreza fijados por la ONU, según cifras del Banco de Israel. Sobre todo desde que el Gobierno ha optado por recortar algunas partidas y los fondos procedentes de las donaciones han sufrido un retroceso debido a la crisis mundial.

En su último informe, publicado en febrero, el Fondo Monetario Internacional volvía a advertir a Israel de que, para evitar crisis futuras, una de sus prioridades debe ser integrar a los haredim en el mercado de trabajo. Su forma de vida resulta igualmente un desafío para los laicos, en especial en Jerusalén, donde se expanden desde hace años e intentan imponer sus normas, como el cierre absoluto de la ciudad durante el Shabat. Aunque no todos son iguales: escindidos en varias corrientes, los más radicales, como los miembros de Naturei Karta, se niegan a ir al Ejército por otra razón: ni siquiera reconocen el actual Estado de Israel por ser una creación blasfema de los hombres.

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