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Muerte de Khashoggi Khashoggi: el dinero saudí puede otra vez a la moral occidental

El caso de la desaparición del periodista saudí Jamal Khashoggi revela la contradicción existente en Occidente entre los derechos humanos y el dinero. El poder del dinero está por encima de los principios morales que predican sin descanso Estados Unidos y Europa.

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El presidente de EEUU, Donald Trump, junto al rey de Arabia Saudí, Salmán bin Abdelaziz. | EFE

El primer viaje de Donald Trump al extranjero, después de entrar en la Casa Blanca, fue a Riad. No fue una elección caprichosa sino toda una declaración de intenciones. Se cerró una gigantesca operación de venta de armas. El contrato efectivamente se rubricó por un montante de 110.000 millones de dólares.

El presidente Trump dijo en su momento que ese contrato iba a crear decenas de miles de puestos de trabajo en Estados Unidos, dejando entrever que formaba parte de su promesa electoral de que primero atendería a los intereses de los ciudadanos de Estados Unidos.

Algunos expertos han indicado que en realidad montante del acuerdo es muy inferior a los 110.000 que figuran sobre el papel puesto que incluye numerosos pre-contratos que todavía no se han confirmado y que con toda seguridad nunca se confirmarán. Pero en cualquier caso se trata de muchos puestos de trabajo.

Se estima que el 60 por ciento de las armas de que dispone el ejército saudí son estadounidenses, mientras que casi todo el resto proviene de Europa. El principal vendedor europeo de armas a Arabia Saudí es el Reino Unido, a gran diferencia de los demás países. Aunque España ocupa una posición modesta, Madrid también se preocupa de los empleos que generan esas armas o los trenes del AVE a La Meca.

Los mismos países que fabrican las armas que causan una desastrosa situación de los civiles en Yemen no serán los que pongan fin a esa situación. Está claro que esos países se preocupan más por su propia economía que por las cuestiones morales que suscita una guerra que se desarrolla a miles de kilómetros de distancia, en un lugar muy remoto.

Lo que vale para Estados Unidos también vale para Europa. El caso de Arabia Saudí muestra con claridad cómo se hace la política internacional y explica por qué Occidente suscita tanto rechazo y desconfianza en amplias zonas del planeta. Occidente no puede predicar a favor de los derechos humanos puesto que es cuando menos una actitud hipócrita.

La policía forense turca analiza la azotea de la residencia del consul de Arabia Saudí. | Osman Orsal / Reuters

La política exterior saudí confía en Estados Unidos y por ahora los americanos no le están defraudando. Al contrario, la Casa Blanca está haciendo declaraciones que en realidad son favorables a la posición saudí, a pesar de que en el caso de Jamal Khashoggi se acumulan testimonios que no favorecen en nada a los saudíes.

El príncipe heredero y hombre fuerte del país, Mohammad bin Salman, cultiva relaciones especiales en Washington. No solo se ha reunido con el presidente Trump, sino que también tiene acceso directo a otros personajes que desempeñan un papel importante en la administración norteamericana.

Un personaje clave es Jared Kushner, el yerno de Trump, quien en más de una ocasión ha servido de correa transmisora entre Arabia Saudí e Israel, si hemos de hacer caso a lo que han publicado distintos medios en Oriente Próximo.

Bin Salman está desempeñando en la crisis de Khashoggi un papel secundario, al menos en público, y ha dejado que sea su padre, el monarca Salman, quien se entreviste o hable por teléfono con Trump y sus hombres. Bin Salman no quiere mancharse con la sangre de Khashoggi.

Sin embargo, el New York Times ha revelado que al menos nueve de los 15 saudíes que el 2 de octubre fueron al consulado saudí en Estambul e “interrogaron” a Khashoggi son miembros de los servicios secretos o funcionarios destacados que en ocasiones han sido filmados en actos públicos junto al príncipe Bin Salman.

Eso significa que Donald Trump o el rey Salman no fueron muy cuidadosos con la verdad cuando dijeron que probablemente los funcionarios que “entrevistaron” a Khashoggi en el consulado eran funcionarios “desafectos” que serán castigados.

Un policía forense turco examina la residencia del Consul de Arabia Saudí | Kemal Aslan / Reuters

Estamos viendo cómo la violenta muerte de un simple periodista disidente no es capaz de modificar la política de Trump con respecto a Arabia Saudí. Al fin y al cabo, Khashoggi no era ciudadano estadounidense, sino saudí, y aunque residía en Estados Unidos, sus vínculos con aquel país no eran demasiado estrechos.

Trump insiste en que no se prejuzgue a los saudíes, en que nadie se precipite a pesar de que las filtraciones que ofrecen los turcos son cada vez más horrorosas. El dinero que hay detrás de todo este asunto es tanto que seguramente los saudíes podrán salirse con la suya una vez más. De hecho, ya lo han conseguido durante las pasadas dos semanas.

El viaje de Trump a Arabia Saudí en mayo de 2017 dejó atrás una época de malentendidos, que en realidad eran malentendidos de poca monta, con el presidente Barack Obama. Lo que estamos viendo ahora es un espectáculo que muestra el enorme poder que tiene el dinero en las relaciones internacionales.

Mohammad bin Salman debe sentirse arropado por sus aliados en su política exterior, una política exterior muy agresiva y sin escrúpulos, como lo muestran los frentes que ha abierto en Yemen, Qatar y Líbano.