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El patriotismo obligatorio empieza por una flor en el ojal

LOURDES GÓMEZ

La amapola une y a la vez divide a los británicos. Brota cada noviembre en millones de reproducciones en papel con pétalos rojos y un punto central negro. En los colores se asienta la discordia. El rojo representa la sangre de los soldados derramada desde la I Guerra Mundial. El negro rememora su sacrificio por el bien del país y la sociedad civil.

La Real Legión Británica distribuye desde 1915 amapolas rojas -la popular red poppy- para honrar, cada 11 de noviembre, a los soldados caídos en el frente. Exclusivamente a las bajas militares sufridas por el Reino Unido en las dos guerras mundiales, en Malvinas, Bosnia, Irak, Afganistán...

Hay otra poppy artificial, la blanca, que la Legión se niega a secundar. Esta amapola nació en 1933 por iniciativa de una cooperativa de mujeres que recelaban de la guerra como "forma de transformar el mundo".

"Las naciones civilizadas nunca más deben recurrir al terrible e inútil método de la guerra para resolver disputas internacionales", declararon en su congreso de 1914.

Su estandarte implica pacifismo y sigue siendo "símbolo de duelo para todas las gentes de todas la nacionalidades, miembros de las Fuerzas Armadas y de la sociedad civil, que son víctimas de la guerra".

Omnipresente

Apenas se ven amapolas blancas en Londres este noviembre. La roja, en cambio, domina el horizonte. Luce en la solapa de políticos, deportistas, humoristas, jueces, celebridades y miles de ciudadanos corrientes. Adultos y adolescente, hombres y mujeres.

"Es una tradición tan extendida. Ni me lo cuestiono. Denota patriotismo y simboliza heroísmo, muerte, tristeza, locura", explica el editor literario Euan Cameron.

"Recordar con una flor roja el sacrificio que las tropas hacen por nosotros no supone defender la guerra. Irak es un desastre, pero los soldados han de estar allí y es importante apoyarlos", defiende Charles Beckett, de 27 años.

Este joven observa que los de su generación comienzan a ignorar la poppy en protesta por la guerra de Irak. "Mi abuelo combatió contra los nazis y me resulta más fácil disociar a los soldados de la política", añade.

"Siempre me invade un momento de duda y es posible que no compre más poppies en el futuro", dice Jane Wright. Con tres décadas de activismo sindicalista, Wright explica que "no quiero dar la impresión de apoyar guerras tontas como las Malvinas o ilegales como Irak. Tampoco soy del todo pacifista, así que no puedo ponerme una amapola blanca".

Presionados

La tradición de la poppy viene acompaña de cierta presión, aunque nadie lo admite abiertamente. "Me la pongo por decisión propia", asegura Beckett. "No me presionan en casa ni en el trabajo", señala Wright. Sin embargo, un sector de la sociedad demanda de las personalidades públicas solidaridad con la campaña de la Legión, que culmina hoy, domingo, en el Día en Recuerdo de los Caídos.

Rara es la persona que aparece en televisión sin una flor sangrienta en la solapa de su chaqueta. Y los que ignoran el simbolismo desatan un escándalo. Entre ellos está Jon Snow, presentador de las noticias de Channel 4, quien rechaza lucir la insignia de ninguna causa política, humanitaria o social en su actividad laboral.

"Hay un desagradable hervidero de fascismo poppy por ahí fuera", denunció el año pasado ante la avalancha de críticas que acusó por presentar su programa sin amapola. Este noviembre tampoco se la ha puesto y, de nuevo, ha azuzado el fuego. Alexander Chancellor le reprocha en su columna de The Guardian por no unirse a la "demostración del orgullo nacional".

La Legión ha distribuido 36 millones de poppies con los que espera recaudar unos 40 millones de euros. Los beneficios se destinan a los veteranos de guerra, incluidos los heridos en Irak o Afganistán. El coste humano de estas dos últimas guerras es altísimo. Los menores de 35 años que requieren ayuda de la organización han aumentado en un 30% en el último año.

Un grupo de ex generales y políticos ha unido fuerzas para reclamar al Gobierno un aumento del gasto en Defensa, fijado en el ejercicio actual en 34.000 millones de libras (unos 50.000 millones de euros) y equivalente al 2% del PIB. Más perspectivas de éxito tiene la campaña de la Legión para procurar "indemnizaciones justas" y una mejora en las prestaciones sanitarias, físicas y mentales a los soldados y sus familiares. 

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