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Las personas intersexuales, un colectivo visible en la pionera Kenia

El pasado mes de agosto se convirtió en el primer país de África y de los primeros del mundo en contabilizar la letra "I" como un tercer marcador sexual en el censo poblacional. 

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Miembros de la Sociedad de Personas Intersexuales de Kenia tras un encuentro entre políticos y activistas intersexuales.

"¡Es un niño, es una niña!". Es quizás una de las primeras frases que, tradicionalmente, resuenan tras un parto, tanto en Kenia como en España, si bien la medicina hace tiempo que permite conocer el sexo de la criatura durante el embarazo. En este país de África oriental saber si el bebé será niño o niña no tiene solo una gran importancia cultural sino que resulta esencial para obtener documentos como el certificado de nacimiento o el documento nacional de identidad.

James Karanja desafió esta norma nada más nacer, en casa y en el rural condado de Nakuru (oeste), cuando ni su madre ni la partera supieron determinar su sexo a simple vista. Necesitaban saberlo no solo para registrarlo, sino para escoger qué ritual de bienvenida tocaba celebrar, marcado por el género. Tras recurrir a la abuela materna, a un curandero e, incluso, a un misionero cristiano, se rindieron. Nadie era capaz de interpretar el significado sexual de los órganos de Karanja.

De hecho, biológicamente, este joven que hoy tiene 27 años no encaja en ninguna de las dos categorías: es una persona intersexual, la desconocida letra "I" que a menudo se incluye en las siglas LGTBI. Esto significa que "sus características sexuales no pueden ser clasificadas en el binomio común de hombre o mujer debido a la mezcla de sus patrones inherentes, ya sean hormonales, gonadales, cromosómicos o anatómicos". Es decir, su cuerpo tiene características de ambos sexos, externas e internas.

Reconocimiento de la intersexualidad

Las personas intersexuales pueden tener, por ejemplo, una combinación de gónadas masculinas y femeninas (ovarios o testículos) o unos genitales ambiguos. Así lo definió en un informe publicado en marzo de este año el Grupo de trabajo impulsado por el gobierno keniano, tras una sentencia histórica que abrió la puerta al reconocimiento de la intersexualidad en el país.

La publicación de este informe por encargo del fiscal general del país sitúa a Kenia como pionera mundial en la celebración de este 26 de octubre, Día Internacional de la Visibilidad Intersex. El pasado mes de agosto se convirtió, además, en el primer país de África y de los primeros del mundo en contabilizar a las personas intersexuales con un tercer marcador sexual en el censo poblacional. El conteo, que se celebra cada diez años, permitirá arrojar algo de luz sobre el número y la localización de personas kenianas con esta condición.

Incomprensión social y trauma psicológico

El largo camino que ha recorrido el colectivo intersexual en Kenia empezó hace más de una década, en 2006. Entonces, varias organizaciones llevaron ante el Tribunal Constitucional el caso de un detenido, acusado de robo con violencia, del cual era imposible determinar el sexo. "Cuando lo desnudaron para registrarlo al ingresar en prisión, se dieron cuenta de que no cumplía las características del hombre típico", asegura Jedidah Wakonyo Waruhiu, miembro del Grupo de trabajo y abogada de la Comisión Nacional de Kenia para los Derechos Humanos (KNHRC por sus siglas en inglés), implicada en el juicio.

Richard - así se llamaba el preso - arrastraba el trauma psicológico que pesa sobre todas las personas intersexuales. También Karanja vio su infancia y su adolescencia marcadas. Mientras su físico visible encajó en el género femenino que le habían asignado, bajo el nombre de Mary Waithera, Karanja pasó desapercibido en la zona rural donde creció, pero todo se complicó con la pubertad.

"El primer año de instituto fue muy bien pero al segundo comenzaron los cambios biológicos: mis hombros se ensancharon, mi voz se hizo más grave…", explica, ahora con seguridad desde la modesta sede de la Sociedad de Personas Intersexuales de Kenia, fundada por él y por Ryan Muiriri, también intersexual, en 2016.

Llegaron a expulsarlo del colegio poco antes de los exámenes finales, cuenta, acusándolo de "promover el lesbianismo, porque algunas chicas se sentían atraídas por mí y me escribían cartas". El último día de clase fue también el último de su vida en que vistió falda y se llamó Mary.

El salto a la vida real, fuera de los muros protectores del centro, fue "liberador" y "traumático" al mismo tiempo. Esa valiente decisión lo enfrentó a la discriminación despiadada y la incomprensión social. "Una vez me llegaron a desnudar en público porque querían averiguar mi sexo. También usar los baños públicos era un desafío, por mi representación corporal, tan diferente de mi socialización".

La abogada Jedidah Wakonyo Waruhiu, miembro del Grupo de trabajo y abogada de la Comisión Nacional de Kenia para los Derechos Humanos.

Un documento de identidad que no refleja quiénes son 

La documentación supone otro gran obstáculo para las personas intersexuales kenianas. A veces, no pueden conseguirla porque resulta imposible encajarlos en el sexo binario y, otras, crecen con un documento de identidad que no refleja quiénes realmente son.

Karanja logró un DNI keniano con el nombre escogido por él mismo, el que realmente lo representa, poco antes de iniciar la carrera de Ciencias Políticas en Nairobi. Se bautizó como James y eso le permitió registrarse. Sin embargo, la universidad llegó a acusarlo de suplantación de identidad al ver que no coincidía con su certificado de nacimiento. "Creo que es el momento en el que me sentí peor, que una institución educativa no sea capaz de entender eso", revela. Al final, aquel primer caso de 2006 acabó en nada.

A pesar de que se plantearon por primera vez asuntos como el acceso a la educación o la salud, cuando se pronunció en 2010, la corte se acobardó "ante las acusaciones de que todo era una estrategia para introducir asuntos LGTB por la puerta trasera", lamenta Waruhiu. Y es que se trata del mismo país que el pasado mes de mayo decidió no descriminalizar las relaciones entre personas del mismo sexo. Así, aunque la sentencia reconoció el derecho de Richard a ver respetada su dignidad, según los jueces "nada demostraba que más personas tuvieran su mismo condición, así que no podían tratarlo como un caso colectivo".

El sexo, un signo de interrogación

La histórica sentencia que lo cambió todo no llegaría hasta 2013, con el famoso caso "Baby A". En esa ocasión, una madre parió en el hospital pero, a la hora de conseguir el certificado de nacimiento, se encontró una sorpresa: en la documentación clínica, los médicos habían marcado el sexo con un signo de interrogación.

Las mismas organizaciones implicadas en 2006 llevaron de nuevo ante el Tribunal Constitucional el caso, logrando esta vez una victoria sin precedentes en el país y en la región. "Por primera vez, un juez señaló al estado como principal responsable de proteger y promover los derechos de las personas intersexuales", rememora, emocionada, la abogada. Desde entonces, todo se ha movido a una velocidad pasmosa y sorprendente en un país tan conservador. 

Tras cerca de un año de investigación, el Grupo de trabajo elaboró una larga lista de recomendaciones entre las que destaca su caballo de batalla: acabar con las operaciones precoces que pretenden "corregir" la intersexualidad de los niños. Los cuerpos ajenos al tradicional binarismo hombre-mujer al que estamos acostumbrados son diferentes, sí, pero no enfermos desde un punto de vista médico.

Reformas contra la discriminación 

"Tenemos que dejar de eliminar órganos de cuerpos que no están enfermos", reclama, con contundencia, Waruhiu. En este sentido, el Senado keniano está discutiendo actualmente una ley que pretende defender a todos los niños intersexuales, así como asegurar que sea el estado quien cubra las pruebas necesarias para dictaminar el tipo de intersexualidadEl coste puede ascender hasta más de 1.200 euros, una cantidad inalcanzable para la inmensa mayoría de la sociedad keniana. 

Otras reformas recomendadas por el grupo de trabajo son crear un protocolo médico que asegure un trato correcto en todos los hospitales del país o, incluso, incluir el tercer marcador sexual en los documentos de identidad.

James Karanja mira al futuro con esperanza y sin complejos. Su simple existencia, como la de Richard y la de hasta un 1,7% de la población mundial, según estimaciones de la ONU, son desafíos vivientes al sistema binario que solo contempla la existencia de hombres y mujeres.

Vestido con una americana que le da un aire de dandy inglés, este joven politólogo keniano se reafirma y no necesita modificar su sexo para identificarse con el género hombre. "Mi cuerpo es perfecto tal como soy, no necesito que la sociedad justifique mi existencia", concluye.

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