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Rusia y China fortalecen sus lazos estratégicos

Las tensiones entre los dos enemigos acérrimos del bloque comunista se han diluido. El nuevo orden en el que se ha adentrado el mundo tras dos años de la doctrina trumpiana del America, first ha reconciliado a Moscú y Pekín. Es la Guerra Fría del Siglo XXI. En la que Rusia y China comparten intereses. En todos los órdenes. Desde el militar, al económico-comercial o el tecnológico hasta, por supuesto, la carrera desatada por el liderazgo geoestratégico mundial.

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El presidente ruso, Vladímir Putin, antes de su reunión este viernes con su Consejo de Seguridad para abordar, entre cotras cuestiones, la situación en Venezuela, en el Kremlin de Moscú, Rusia. En la reunión se reafirmó la posición de Rusia sobre la "inadmisibilidad de todo tipo de injerencia exterior en la situación política interna" en Venezuela. EFE/ Alexei Druzhinin

El mundo está cambiando. A velocidad de vértigo. Desde la victoria electoral de Donald Trump y el triunfo de su America, first, el planeta se ha vuelto más caótico. Los acontecimientos se han sucedido sin remedio en este bienio. Rusia ha recuperado su tono beligerante frente a EEUU, en gran medida por la compleja, ambigua y soterrada y nada transparente relación personal -y de negocios, más que probablemente- entre Vladimir Putin y Trump. Antes, durante y después de la carrera presidencial que llevó al republicano a la Casa Blanca. Con investigación judicial y del Congreso de por medio. Mientras, China ha expandido su influencia en Asia, afianzado su aval inversor y de cliente energético en América Latina y África.

Frente a una Europa asolada por el nacionalpopulismo y los nuevos riesgos globales -las guerras comerciales, el Brexit o el déficit reformista del euro- que se precipita, por momentos, hacia la desintegración. En medio de una regresión de la calidad democrática internacional. Y de una pérdida de capacidad económica de las potencias industrializadas, abanderadas de las libertades cívicas liberales, que han pasado a representar la tercera parte del PIB del G-20, cuando en 2007 acaparaban el 83% de la riqueza de este foro que comparte con los grandes mercados emergentes. Con la diplomacia americana dando tumbos y sin rumbo geoestratégico definido, y la proliferación de liderazgos extremistas por todas las latitudes: desde Brasil, a Turquía, pasando por Venezuela, Filipinas o Armenia. Este backstage ha engendrado una nueva Guerra Fría. La del Siglo XXI. Más tecnológica, con una renovada carrera armamentística. Más inquietante e incierta, porque ha perdido la condición de bipolar: China ha emergido como poder militar, económico y empresarial de primer orden.

En este contexto es en el que Rusia y China han hallado un campo abonado para su reencuentro con la historia. Sin disimulo. Ya no se autoimponen, como en el pasado, contactos ni diálogos soterrados, entre bambalinas. Hace unas semanas, el embajador ruso en Pekín, Andrei Denisov, lo pregonaba sin tapujos: "Las relaciones bilaterales deben desarrollarse abiertamente, en áreas especialmente dinámicas, como la ciencia, la tecnología o la exploración espacial y galvanizar así nuevos esfuerzos de cooperación mutua; en 2019 y los años venideros". Es decir, "trasladar la sintonía a una dimensión de entendimiento estratégico común".

China y Rusia "deben trasladar su sintonía a áreas dinámicas, como la ciencia, la tecnología o la exploración espacial, a una dimensión de entendimiento estratégico común"

Xi Jinping y Putin modelan este escenario de intereses compartidos. Sin prisa, pero sin pausa. Pero, ¿dónde se aprecian sus pasos? Al menos, en cinco grandes áreas de actuación.

1.- La siesta geoestratégica ha acabado

Las tres grandes potencias nucleares, sometidas a un nacionalismo cada vez más exacerbado en sus territorios, han dado por cerrada la tregua que ha gobernado el mundo desde la Caída del Muro de Berlín -el 9/11 … de 1989- hasta los atentados islamistas en EEUU -el 9/11 … de 2001- y el posterior periodo, hasta que el nuevo milenio se hizo mayor, de 18 años en los que la agenda mundial ha estado dominada por la lucha contra el terrorismo internacional. De hecho, James Mattis, el secretario de Defensa, es el encargado de esta reorientación de prioridades militares. Desde el contraterrorismo que ha dominado la esfera de la seguridad en los últimos decenios, hacia una competición geoestratégica sin límites con Rusia y China. En este contexto se enmarca la retirada de tropas de Afganistán, donde se ha iniciado la reconquista talibán y se ha detectado presencia militar china, y Siria, donde el Ejército ruso se ha hecho con el total dominio, hasta el punto de explorar armas electrónicas y de precisión, sin supervisión de EEUU. Al igual que en otros puntos candentes de Oriente Próximo. Para deleite de Moscú. Entre otros, el aislamiento económico a Irán, el apoyo al embargo a Qatar o el abandono de cualquier vínculo con Palestina.

Pero donde mejor se aprecia la disputa global es entre Washington y Pekín. Sus diferencias han obtenido un cariz irreconciliable. China pretende acabar con la presencia naval permanente de la Armada americana en el Pacífico Occidental, en el Este y el Sur del mar de China. Jinping está convencido de que es la extensión marítima de su país. Una táctica similar a la que EEUU utilizó desde finales del siglo XIX en el Caribe, y que fue la catapulta de hegemonía militar y económica durante toda la centuria pasada. El poder global de China empieza en el Mar de China. De hecho, el Pentágono considera al gigante asiático una amenaza mayor que Rusia. Entre otras razones, por su poderío tecnológico. Por su condición de dominio en la red 5-G, con Huawei poniendo en tela de juicio el negocio de las redes inalámbricas del futuro en países aliados de EEUU. Silicon Valley jamás cooperará con el Gobierno americano -dicen desde su cúpula militar- con la misma fluidez que lo hacen las grandes firmas chinas del sector con Pekín, que obliga a transferir datos relevantes a sus servicios secretos. Pero también se aprecia en la batalla comercial.

Nunca desde la visita oficial de Richard Nixon a China en 1972 cuando se restablecen los lazos diplomáticos, EEUU ha estado tan ausente de Asia. Fuera del acuerdo comercial -el Trans-Pacific Partnership- y sin una interlocución fluida con India, su contrapeso en la región más poblada y más dinámica del mundo, a la que la Casa Blanca acaba de retirar, como a Turquía, sus privilegios comerciales en plena confrontación con Pakistán, con derribo de cazas de por medio. Un asunto que, de puertas hacia adentro, choca con los demócratas y con buena parte de congresistas republicanos defensores del libre comercio cuando en el Capitolio se sigue escuchando el sónar del impeachment presidencial, con opciones de activarse si se detecta un mínimote giro de acontecimientos que haga tambalearse la frágil mayoría del Grand Old Party (GOP) en el Senado.

La errática diplomacia de Trump ha dado alas a Rusia y China. A la primera, con el repliegue en Oriente Próximo y, a la segunda, con la pérdida de influencia en Asia.

2.- Idilio militar a primera vista

Cincuenta años después del altercado armado entre China y el ejército soviético por el control de la Isla de Zhenbao, una porción de terreno irrelevante, en el Río Ussari, aunque de alto valor geoestratégico para Pekín, porque divide a las dos superpotencias en su frontera oriental, las relaciones entre Pekín y Moscú se han transformado. Hasta el punto de que se ha pasado página a la particular Guerra Fría que se instauró bilateralmente desde este incidente de 1969, que se saldó con varios centenares de militares de uno y otro bando fallecidos. Bajo un mismo criterio: la oposición a EEUU. En todos los ámbitos; pero, sobre todo, en el geopolítico y en el ideológico. Aunque el plano militar es el mejor camino para avanzar en estas posiciones.

La actual parece ser una estrategia perdurable. La compraventa de armas entre ambas naciones se ha intensificado exponencialmente, al tiempo que ambas superpotencias nucleares realizan maniobras conjuntas en el Báltico y en el Mar del Sur de China. Desatando las iras de la UE y la OTAN, que ven en la creciente influencia de Moscú entre sus antiguos socios de los Balcanes y entre los socios del Grupo de Visegrado -Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia- un intento de desunir y de desestabilizar Europa. Y de EEUU, porque se ha visto en la obligación de redoblar su presencia naval en el Índico y de acudir en auxilio de Taiwán, enclave al que Pekín sigue reclamando como territorio de su Mainland.

De la Gran China. Esta alianza militar se ha trasladado también a otros ámbitos. Como a la Operación Vostok, al Este de Siberia, a finales de 2018, las maniobras más importantes del Ejército ruso -que desplegó más de 300.000 efectivos- desde la Guerra Fría y que incluyó a 3.200 soldados del mayor ejército del mundo. Rusia, por su parte, ha elevado sus reservas de rinminbis -la divisa china en los mercados internacionales- de su banco central para hacer frente a las sanciones de EEUU. Pese a las dudas que aún suscita en Washington, la entente cordiale entre los otrora enemigos comunistas irreconciliables, no presenta fisuras. Expertos como Christopher Yung, que investiga la capacidad militar china para varios think-tanks de EEUU, creen que este reencuentro ruso-chino está calculado, que la política de triangulación de Henry Kissinger, en época de Nixon, y que se basa en el fortalecimiento de lazos diplomáticos bilaterales y directos para hacer aflorar las desconfianzas mutuas e históricas siguen siendo de suma utilidad, pero advierten un par de resquicios preocupantes. Por un lado, la solidez de este "alineamiento de intereses" y, por otro, el riesgo real de una supuesta alianza cibernética, ya que ambas naciones han dado sobrasas muestras de su capacidad de espionaje en la red. Luke McNamara, de FireEye, lo explica en los siguientes términos: "China es la más prolífica amenaza contra los intereses empresariales y geopolíticos occidentales, mientras Rusia demuestra su eficacia con ciberataques destructivos contra redes de infraestructuras cruciales". Hasta ahora -explica McNamara- "no hay evidencias de acciones conjuntas en esta área de actuación, sí de que cada país ha sido objeto de intentos de espionaje on line por parte del otro, pero no es descartable que inicien trabajos conjuntos que involucren a sus servicios de inteligencia y medios políticos y militares en estos operativos", lo que elevaría el nivel de riesgos sistémicos en las cancillerías de EEUU, de Europa, que ya ha endurecido el tono contra Pekín por sus ínfulas expansivas por los Balcanes y África, Japón, que ha iniciado la modernización de su Ejército y, en general, del resto del mundo anglosajón.

Los expertos admiten que la ‘entente cordiale’ ruso-china es sólida y podría desencadenar una amenaza de alto riesgo en Occidente si la traslada al ciber-espionaje

3.- El peso económico salta a escena

La batalla económica está servida. Los dos mayores PIB del planeta están en el disparadero y se arriesgan a perder músculo en años venideros.
EEUU, con un doble déficit desbocado. Ambos, fruto de la incongruente política de Trump. En primer término, por su subida arancelaria, que ha generado una brecha comercial desconocida desde 2008. Un 12,5% mayor que en 2017 y un 23% superior al que heredó de Barack Obama. El FMI calcula que las hostilidades comerciales restarán medio punto anual al crecimiento global y elevarán una deuda corporativa y soberana disparada, de 184 billones, más de dos veces la riqueza del planeta. En segundo lugar, por su rebaja tributaria -a rentas personales y beneficios empresariales- que está detrás de la merma notable de ingresos de los cuatro primeros meses del año fiscal 2019, iniciado en octubre, y que ha engordado el agujero presupuestario en un 77%. Derrapaje que tiene su deriva en un alza de los gastos federales del 9% -mayoritariamente destinados a Defensa- y en una caída de ingresos del 2% producida por la pérdida recaudatoria de Sociedades -drástica, del 20%-, y de los ingresos individuales, del 5%. El desequilibrio al cierre de cuentas federales del pasado año tributario alcanzó los 779.000 millones de dólares.

Tampoco la coyuntura en China es boyante. No sólo se aleja de los crecimientos de dobles dígitos de décadas recientes. Su PIB crecerá este año al 6,5% y el próximo, al 6%. El ritmo más reducido desde 1990, cuando apenas aumentó un 3,9%, debido a las sanciones por los acontecimientos de la Plaza de Tiananmen. La segunda economía global ha perdido fuelle. Nada más admitir la rebaja de previsiones, el Gobierno de Pekín anunció estímulos económicos. Pero los diagnósticos son más graves. El consenso del mercado empieza a poner sus ojos en la deuda que, oficialmente se valora en casi 6 billones de dólares, el 38,1% de su PIB, según el FMI. Pero que analistas de Standard & Poor’s elevan en otros 890.000 millones de dólares, la losa que añaden sus gobiernos municipales. Antes de advertir de que su escalada es "una de los mayores peligros globales", dentro de un círculo vicioso que ha elevado la deuda mundial hasta los 157 billones, el doble del PIB del planeta, si se suman los vencimientos conjuntos públicos y privados. En el caso de China -señalan- "el problema es la deuda oculta". Para S&P, Pekín sólo muestra "la punta del iceberg", porque sus pagos comprometidos llegarían al 60% del PIB. "Nivel alarmante" para un mercado emergente sin estatus reconocido por las agencias de rating de inversor internacional.

Aun así, los analistas dan por hecho que, en 2020, con independencia de si se produce o no un nuevo credit-crunch como auguran no pocos gurús económicos, China certificará el sorpasso a EEUU. También India. Dentro de un decenio. E Indonesia, Turquía, Brasil, Egipto y Rusia a Japón y Alemania, según el banco Standard Chartered. Entretanto, la economía rusa mantiene su ritmo, impulsado por el petróleo. Moscú es el productor de crudo que mejor se comporta ante los vaivenes del barril. Es el estabilizador de la cotización del oro negro en los mercados. Al que acude Arabia Saudí para gobernar a su antojo y de forma soterrada los pactos de cuotas de la OPEP. Mientras sortea las sanciones de EEUU por la invasión de Crimea y sus fortunas lavan sus multimillonarios capitales de procedencia ilícita a través de bancos europeos.

EEUU y China intensifican su pulso por el liderazgo económico mundial, mientras el petróleo ruso estabiliza una economía que, en 2030, superará a la de Japón y Alemania

4.- Cambio de cromos comerciales

Que la guerra comercial con EEUU no impida ver el bosque. El empeño de Jinping en la Nueva Ruta de la Plata nunca ha escondido el interés económico, político y para la seguridad nacional de Pekín. "Es por donde fluirán sus necesidades de materias primas y de energía, el pegamento de las infraestructuras que conectarán todas sus grandes urbes y el centro de operaciones de un gran mercado asiático, con ramificaciones por tierra más y aire con Europa, Oriente Próximo y África", reconocen desde varios think-tanks de estudios asiáticos. Entre sus pretensiones está el hacer de puente de entendimiento entre el Irán nuclear y la Arabia Saudí que es el principal suministrador de petróleo y piedra angular de su industria, alejada de los cánones ecológicos. Y su alianza con Rusia, a la que presta apoyo en Naciones Unidas para vetar conflictos como el de Corea del Norte, Siria o Irán, mientras fortalece su cooperación militar, económica y diplomática para contrarrestar el peso geopolítico de EEUU y Europa en sus cada vez más amplias zonas de influencia. Porque incluso Italia, seducida por el Belt and Road Initiative, ha irritado a Bruselas y a Washington. Mientras avanza el diálogo con EEUU sobre el rearme arancelario, el régimen de Pekín ha cubierto sus necesidades. Filipinas, Vietnam, India y Rusia han garantizado el ritmo de la demanda interna -consumo e inversiones empresariales- frente a la parálisis manufacturera y del sector exterior en EEUU y Europa.

La Nueva Ruta de la Seda colma las aspiraciones energéticas, políticas y económicas de China, que ha inmiscuido a Rusia en un proyecto de alto interés estratégico

5.- El lado oculto de la tecnología

Los intentos de Rusia y China por gobernar el mundo incluyen programas de hermanamiento en tecnología. Hace unas semanas, el Pentágono admitía que China y Rusia han desarrollado armas capaces de actuar como escudos anti-satélites. Dentro de su cooperación espacial. Lejos quedan los recelos del Kremlin por la posible copia de secretos tecnológicos, la doctrina que impidió las ventas de armamento a Pekín durante décadas. Pekín, por su parte, está transfiriendo a Moscú avances en Inteligencia Artificial y Big Data, sus dos grandes activos dentro de su política oficial de digitalización paulatina de grandes sectores productivos. La Revolución Industrial 4.0 sitúa a China entre las naciones a la vanguardia de la robotización. La transferencia de software desde su Ejército hacia la sociedad civil y sus empresas ha sido constante desde la crisis de 2008. Una guerra accidental por culpa de armas inteligentes no es descartable, acaba de decir la delegación china ante la ONU, después de destinar a varios miles de estudiantes de elevados coeficientes en ciencias exactas a sus programas de armas autónomas. Moscú y Pekín mantienen activos unos fondos de inversión, conocidos como RCIF, diseñados para tales fines.

La cooperación tecnológica entre China y Rusia ha llegado al espacio con el desarrollo de escudos anti-satélites