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Luzes-Público Reivindicación del verbo borbonear

Uno de los más graves defectos de nuestra lengua gallega, y de la castellana, es que nuestras academias aun no incluyeron en los diccionarios el verbo «borbonear», a pesar de su más que secular vigencia.

Ilustración del término 'bormonear'.
Ilustración del término 'bormonear'. Xulia Pisón

Inútil buscarlo en los diccionarios de la RAG ni de la RAE. Es un verbo clandestino. Sin papeles. Sin legitimidad. Proscrito. Sin derechos.

Reivindico ante historiadores y escritores y animo a manifestarnos en pro de alcanzar, por lo menos, la galleguidad oficial para el verbo borbonear, pues nos ahorraríamos perezosos y molestos circunloquios que envilecen nuestro estilo.

Comprendemos, no obstante, que no será tarea fácil para las academias hacer hueco a tan necesario verbo en los diccionarios, pues borbonear es verbo ambicioso, invasivo y polisémico: ocupará más páginas que cualquier otro verbo de nuestro acervo idiomático. He reunido datos empíricos y científicos al respecto.

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Como filólogo, comparé en laboratorio la preeminencia del verbo borbonear frente a los dos verbos más intrusivos en ambas lenguas: ser y estar. Los resultados fueron contundentes: para borbonear es necesario ser y estar Borbón. Ninguno de los dos populares infinitivos, por separado, soportan el peso de un solo borbonear. No se puede ser Borbón o estar Borbón. Eso es algo que sabe incluso aquel que nunca fue ni será Borbón. La misma plebe.

De todos los borbones, el que más y mejor osó en la búsqueda de una definición definitiva para el verbo borbonear fue, sin duda alguna, el rey botsuanólogo Juan Carlos I, que indagó con enorme sacrificio económico y personal en las más peligrosas facetas del proceloso arte del borboneo. Su viril osadía por cometer y acometer todos los pecados borbónicos le llevó incluso a perder el reconocimiento y la paga de su hijo, lo que hace su sacrificio aún más digno de loa.

Como llamado por un destino artúrico, Juan Carlos I se sumergió desde la infancia en un decatlón borbónico de hazañas verídicas y leyendas inventadas. Hijo de un rey sin súbditos y algo vago, JC mostró de manera temprana su afición a borbonear incansaablemente. Cuando tenía apenas siete años, huyó de la tutela familiar y educativa del pazo de Estoril, donde vivía con el padre y los preceptores, y regresó al anochecer con un manojo de dólares en la mano.

Había pasado toda la jornada recogiendo, a cambio de propina, pelotas de tenis en las pistas de los ricos, obteniendo así sus primeros ingresos como comisionista.

No podía faltar en su biografía un capítulo trágico propio de rey de Shakespeare. Jugaba el futuro emérito a los 18 años (los biógrafos dicen que era un niño) con una pistola que se disparó accidentalmente y acabó con la vida de su hermano pequeño, Afonso. Juan Carlos estudiaba por entonces en la Academia General Militar de Zaragoza. Según cuentan los historiadores, el rey Juan sin Tierra obligó su hijo mayor a jurar, delante del cadáver, que no lo había matado a propósito. Toda una lección de borboneo, también. Un juramento de Santa Gadea 2.0.

Borbonear es sospechar siempre de tus iguales, los borbones. Cuando décadas más tarde, Juan Carlos le arrebató definitivamente el trono, el padre supo que su hijo ya lo había superado en el difícil arte del borboneo.

Aún en vida de Franco, está documentada la negociación de Juan Carlos con su amiguiño saudí, el rey Fahd (este emérito nuestro se llevaba estupendamente bien con sus homólogos más absolutistas), para garantizar la aportación de petróleo a nuestro país. A cambio de tan patriótica mediación, el entonces príncipe de España embolsó en su cuenta particular un patriótico 2% en comisiones, borboneo que sin duda mejoraba el practicado treinta años antes en las pistas de tenis de Estoril. El 23-F también fue muy borboneante: un golpe de estado frustrado para autopublicitarse. El bulo más grande de nuestra historia democrática solo podía discurrirlo el Gran Maestre Borboneador.

Así podríamos continuar década a década hasta hoy, hasta los dineros ocultos de Suiza y Corinna, sin cansarnos de enumerar los inabarcables campos léxicos que abarca el verbo borbonear.

Solo señalar, por último, que borbonear es acción u omisión que no se puede ni siquiera practicar en soledad, como el onanismo. Precisa de un pueblo y unos vasalos que contribuyan a la exaltación activa del borboneo. E, incluso en eso, Juan Carlos fue el mejor: pese la que los dioses del franquismo y de la Transición le concedieron por decreto todas las virtudes públicas, el Rey se rebeló contra ese nefando destino y consiguió cosechar todos los defectos. Aunque la frase suene a epitafio, no pretende ser esa su vocación.

Este artículo se publicó originalmente en gallego en la revista Luzes . Ahora Público lo reproduce como parte de un acuerdo de colaboración con la revista. Aquí puedes encontrar más artículos de Luzes en Público.